En el siglo
XXI, el fútbol se ha convertido en una modalidad deportiva de once contra once
en la que siempre ganamos los españoles. Por eso, España ha vuelto a vencer
en la Copa del Mundo. Un torneo que empezó de verdad en cuartos porque,
tristemente, a la FIFA se le ocurrió convertir el Mundial en una serie de
Netflix: diversidad, selecciones infumables y equipos que estarían jugando
en Primera Federación. Infantino incluso ha amenazado con ampliar el número de
selecciones. Un día veremos a un combinado del barrio de la Victoria
compitiendo para que todos se sientan incluidos. Strange times indeed.
Sí, España
acaba de sumar una nueva estrella a su camiseta. Treinta y nueve partidos sin
conocer la derrota y, cuando hinca la rodilla, es en los penaltis, porque nadie
tiene la destreza ni el gen competitivo español para derrotarla en el tiempo
reglamentario.
España
jubiló a Cristiano Ronaldo —otro que se une a la larga lista de grandes jugadores que nunca han
ganado un Mundial—, a Messi, a Deschamps y a De Bruyne. Grandes
selecciones que han ido claudicando y aceptando la superioridad hispana. Todas
menos Argentina, cuyas entradas en el campo no es que rocen el límite del
reglamento, sino el Código Penal.
En la final,
España era la clase. Tocaba y tocaba, y las ocasiones se sucedían mientras los
argentinos homenajeaban la película Karate Kid: dar cera, pulir
cera. Seguro que el profesor Miyagi se sintió orgulloso desde el cielo.
Más henchidos de felicidad nos sentimos los españoles al ver cómo Ferran Torres
le daba el segundo Mundial a nuestra selección con un gol antológico que hizo
saltar de alegría al planeta fútbol. La gente ama la belleza y detesta a los
matones de barrio que hablan con acento porteño.
Por cierto, durante semanas algunos como Jordi
Évole buscaron identidades, porcentajes y etiquetas. Mientras contaban
melaninas y apellidos, España contaba victorias. Debe de ser que el fútbol
sigue teniendo la mala costumbre de decidirse sobre el césped y no en una
tertulia.
Hoy hemos
amanecido felices porque nos sentimos imbatibles y victoriosos. Después de
todo, la selección de Luis de la Fuente ha batido todos los récords e,
incluso en regiones como Cataluña y el País Vasco, el seguimiento y el apoyo
han sido masivos. El mensaje que España ha lanzado al mundo ha sido este:
juntos somos más fuertes y casi invencibles.
Enhorabuena.
Sergio Calle
Llorens
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