Los árbitros
españoles de fútbol y baloncesto no son tan malos si los comparas con la peste
bubónica y el ébola. De hecho, con sus delirantes actuaciones, el espectador
medio piensa que a veces te dan y otras te quitan. Quiero decir que a veces te
dan ganas de vomitar y otras te quitan las ganas de ver un partido.
Esencialmente porque su único objetivo es beneficiar al Real Trampas de
Madrid y perjudicar al resto.
Por cada
piscinazo hay una pena máxima para el equipo de Florentino. Por cada agresión a
los rivales, el VAR deja de funcionar. En el baloncesto pasa lo mismo y los
codazos de Tavares existen en el mismo plano metafísico que la honradez de Pedro
Sánchez. Ya hay estudios estadísticos que nos indican que es el equipo con
más penaltis a favor del mundo y el que más tiros libres lanza. Esos mismos
informes apuntan a que el Málaga es perjudicado por sus florentinezas
cada siete minutos.
El otro día,
en San Sebastián, el club de la capital de la Costa del Sol fue atracado
en un nuevo episodio de La Casa de Papel, pero aquí no pasa nada
y todo es muy bonito. En consecuencia, he decidido solo ver los partidos de Unicaja
Málaga en el Carpena, porque mi salud ya no resiste más injusticias ni más
corrupción.
Además, con
el deporte en nuestra nación me pasa como con la política: no soporto escuchar
a los tontos defendiendo lo indefendible. Porque siempre me topo con un patán,
al estilo Tomás Roncero, demostrando, un día sí y otro también, que hay
que volver a organizar el Día del Subnormal. Porque siempre hay un Manu
Sánchez hablando de Franco en un carnaval en la taifa del sur, pero que se
niega a mencionar, ni de refilón, a los cuarenta y siete muertos por un
accidente ferroviario provocado por la desidia y la inutilidad del ministro
socialista de turno.
Así, el
defensor de las esencias andaluzas calla mientras Tony Bolaños se
muestra alterado porque el Pequeño Marlaska se ha visto envuelto en otro
monumental escándalo. Un ministro cuyas exdirectoras de la Guardia Civil,
elegidas por él, están imputadas y, por si fuera poco, el número uno de la
Policía Nacional, que también fue nombrado por su feminista mano, ha dimitido
por estar imputado en un caso de agresión sexual a una subordinada.
El problema
es que este tipo de gente pretende que cuando Rüdiger hacía el gesto de
cortarle el cuello a la grada del Metropolitano estaba defendiendo la Alianza
de Civilizaciones y, a renglón seguido, cuando Bellingham mandaba a
paseo a un rival con un contundente fuck off, que todo hay que
decirlo, el inglés empleaba un término que la nobleza británica de alto
abolengo usa para saludarse.
Pensando en
la corrupción en el deporte y en la política, me viene a la memoria aquel viejo
lema de la criminal KGB soviética: “Pueblo de borregos, gobierno de lobos”.
Por eso, en España todo lo que cambie será a peor. Después de todo,
luchar contra las mafias es una actividad de riesgo.
Sergio Calle
Llorens
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