Marruecos
ha vuelto a demostrar al mundo que no tiene capacidad para organizar ningún
evento internacional de renombre. La Copa de África de fútbol es otra prueba más: estadios
medio vacíos, precios prohibitivos para la población local y una final
bochornosa, digna del esperpento más castizo, ese que Valle-Inclán habría
ambientado sin dudarlo entre árbitros vendidos y reyezuelos de opereta. Nada
que ver con el ideal de fair play que Occidente predica desde Coubertin
y viola solo cuando le conviene. Ese Senegal abandonando el campo por un
penalti injusto (¿qué deberían haber hecho los equipos de la liga española
durante estos más de cien años de atracos del Real Madrid?). Esos
recogepelotas agrediendo al portero suplente de Senegal, al que trataban de
robar la toalla del guardameta titular, como si el reglamento de la FIFA
hubiera sido sustituido por el código penal de un manicomio abierto. Ese
hermano del reyezuelo marroquí que se niega a entregar la copa a los
vencedores, confirmando que la monarquía alauí no ha leído ni a Montesquieu ni
falta que le hace. Esos magrebíes quemando los negocios de los senegaleses
tras caer en la prórroga del partido. Esa turba atacando a los subsaharianos en
un intento repugnante de purgar la frustración colectiva de un país cochambroso
cuyo gobierno se ha gastado millones de dólares en levantar estadios mientras
su economía real se cae a pedazos, como un decorado de cartón piedra.
Si
alguien en Marruecos quería mostrar la verdadera imagen del país, lo ha logrado
con creces. Ahora
todo el planeta sabe que la población marroquí sigue viviendo en el medievo, no
el romántico de Eco ni el ilustrado de Huizinga, sino el de la ley del más
fuerte y la razón del palo. Un país que no respeta no puede ser respetado. Una
nación que aspira a ganar títulos comprando árbitros no merece sentarse en
nuestra mesa, esa mesa occidental donde al menos se finge jugar limpio. Unos
seguidores que parecían haberse escapado de los manicomios cercanos no deberían
volver a entrar en un estadio de fútbol. Bien mirado, Marruecos entero es
una inmensa casa de locos, una versión africana de Alguien voló sobre el
nido del cuco, pero sin Nicholson ni guion. De hecho, pareciera que el
contacto con esa fauna fue lo que trastornó a Brahim para tirar un
penalti a lo Panenka al final del tiempo reglamentario. No se me ocurre
otra explicación. También es verdad que su manera de lanzar la pena máxima es
la forma que habría elegido todo buen español para fallarlo, y por ello le
damos las gracias, como se agradece al torpe involuntario que arruina el plan
del villano.
En verdad
debe de ser duro ser marroquí, esperando ganar un título que se juega cada dos
años, y ni por esas. Y ahora, más de setenta años después, su selección
protagoniza el más espantoso de los ridículos. Pero no solo por perder teniendo
a los colegiados de su lado, sino porque ganar como quería Marruecos no merecía
la pena en absoluto. Lo sabemos los europeos, expertos en hipocresía
reglamentada. Lo conocen los japoneses y hasta los canguros australianos, que
daban saltos de alegría al ver las lágrimas de Mohamed VI y compañía,
como quien asiste al tercer acto de una tragedia griega mal representada.
En
definitiva, la Copa de África ha servido para explicar al planeta entero
las razones por las que los marroquíes no son bienvenidos en ningún sitio. Si
de mí dependiera, la FIFA debería expulsar de cualquier competición
deportiva a gente tan poco civilizada, por mucho que se disfracen de modernidad
y propaganda institucional. En el futuro, el único evento que deberían
organizar en Rabat sería el de un congreso de chorizos. Seguro que Pedro Sánchez estaría
dispuesto a subvencionar los juegos de los mangutas. Y es que ambos grupos, los
socialistas y los marroquíes, no son de tirar la toalla, sino de robarlas. Ahí
son imbatibles.
Sergio Calle
Llorens
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