domingo, 11 de octubre de 2026

BLUE LIGHTS: BELFAST TAMBIÉN SABE HACER POLICÍAS!

 


En Estados Unidos un policía escucha un disparo, saca la pistola, pone cara de Clint Eastwood con estreñimiento y en menos de treinta segundos ha detenido a tres delincuentes, desactivado una bomba, salvado a un niño y pedido una hamburguesa con queso. En Belfast las cosas funcionan de otra manera. Aquí un agente puede tardar bastante más en decidir qué demonios está pasando, porque antes de sacar el arma tiene que pensar, hablar, medir el peligro y, si es posible, regresar vivo a la comisaría.

Bienvenidos a Blue Lights, una de esas series que demuestran que para hacer una magnífica ficción policial no hace falta trasladar Manhattan a cualquier parte del mundo ni llenar la pantalla de tipos con mandíbula de granito, músculos de gimnasio y una pistola del tamaño de un lanzagranadas.

La serie de los guionistas Declan Lawn y Adam Patterson nos lleva a Belfast y sigue a tres policías novatos durante su periodo de aprendizaje en una comisaría de la ciudad: Grace, una antigua trabajadora social; Tommy, un joven tímido al que le cuesta imponer autoridad, y Annie, una muchacha rebelde que parece haber interpretado el reglamento como una sugerencia.

Y ahí está uno de los grandes aciertos de Blue Lights: sus protagonistas no llegan a la policía sabiendo hacerlo todo. Aprenden.

Parece una obviedad, pero no lo es.

En demasiadas series policiales el protagonista aparece en pantalla como si hubiera nacido con una placa debajo de la almohada. Sabe disparar, conducir, interrogar, perseguir, investigar, pelear, hackear el Pentágono y probablemente preparar un buen arroz con bogavante. Aquí no. Aquí los policías se equivocan, sienten miedo, dudan, se bloquean, se enfadan y descubren que llevar un uniforme no convierte a nadie en Superman.

Y eso hace que resulten humanos.

Especialmente Grace, interpretada por una magnífica Siân Brooke, que consigue transmitir algo muy complicado: la tensión entre la persona que quiere ayudar a los demás y la policía que tiene que aprender a poner límites. Su pasado como trabajadora social no es un adorno del personaje, sino una parte fundamental de su manera de enfrentarse al mundo.

Y después está Katherine Devlin, que interpreta a Annie Conlon.

Esta mujer llena la pantalla.

No necesita montar una escena para hacerse notar. Tiene esa presencia que poseen algunos actores capaces de convertir una conversación aparentemente insignificante en algo que merece la pena mirar. Annie es impulsiva, desafiante, imperfecta y bastante incapaz de comportarse como se supone que debe hacerlo una policía recién llegada. Es decir, exactamente el tipo de personaje que uno quiere seguir viendo.

Luego está Tommy, interpretado por Nathan Braniff, cuya evolución resulta especialmente interesante porque parte desde el extremo contrario: no le sobra confianza, precisamente.

Los tres forman un grupo que funciona porque no son tres versiones del mismo policía.

Y alrededor de ellos aparece una colección de veteranos que aporta otra de las virtudes de la serie: experiencia, cansancio, humor, desencanto y una humanidad que pocas veces aparece en los policiales de cartón piedra.

Entre ellos está Richard Dormer, que interpreta a Gerry Cliff.

Dormer está magnífico.

Tiene esa capacidad para transmitir autoridad sin necesidad de levantar la voz. Su personaje pertenece a una generación de policías que ha vivido otra Belfast y que entiende perfectamente que el uniforme que lleva encima tiene una historia que pesa. Una historia que no desaparece porque alguien haya decidido que ahora estamos en una época distinta.

Porque Belfast es otro personaje de la serie.

Y menudo personaje.

La ciudad no aparece como una postal turística ni como un decorado intercambiable. Sus calles, sus barrios y sus heridas forman parte de la historia. Belfast tiene memoria. Y la policía también.

Por eso resulta tan interesante que Blue Lights se desarrolle en Irlanda del Norte sin convertir los Troubles en una excusa para hacer otra serie sobre los Troubles.

El conflicto está ahí.

Se nota.

Pesa.

Aparece en la relación entre determinados sectores de la comunidad y la policía, en las desconfianzas heredadas, en los paramilitares y en esa sensación de que algunas heridas históricas no desaparecen porque hayan dejado de ocupar las portadas de los periódicos.

Pero la serie no necesita convertir cada episodio en una clase de Historia Contemporánea de Irlanda del Norte.

Hace algo bastante más inteligente: nos enseña cómo viven esa realidad quienes tienen que ponerse el uniforme todas las mañanas.

Y ahí aparece otra de sus grandes diferencias.

En Blue Lights la policía no es omnipotente.

No llega un coche patrulla, baja un tipo con gafas de sol y se acaba el problema.

A veces el problema empieza precisamente cuando llega la policía.

Hay vecinos que no quieren hablar. Hay delincuentes que conocen el terreno mejor que los agentes. Hay situaciones en las que la autoridad tiene que medirse con cuidado porque una mala decisión puede convertir un problema pequeño en uno enorme.

Y eso genera una tensión mucho más interesante que la simple persecución de un delincuente.

También hay humor.

Mucho.

Pero es un humor seco, británico, en ocasiones negrísimo, que aparece en los lugares más inesperados. No rompe la tensión; forma parte de ella. Porque incluso en una comisaría de Belfast hay momentos en los que alguien tiene que decir una barbaridad para soportar el día.

La serie tampoco necesita convertir cada intervención policial en una exhibición de violencia.

Aquí una pistola es una pistola, no un complemento de moda.

Los agentes tienen que valorar cuándo intervenir, cómo hacerlo y cuáles pueden ser las consecuencias. La violencia tiene un peso que no siempre tiene en el policial norteamericano.

Y eso me gusta.

Me gusta porque Blue Lights entiende que un policía no es una máquina de detener delincuentes.

Es una persona que vuelve a casa después del turno.

Y esa diferencia cambia completamente la manera de contar una historia.

La primera temporada ya dejaba claro que detrás de los tres novatos había una trama criminal de mayor alcance, con bandas locales y organizaciones paramilitares. En la segunda, los personajes han crecido y la serie amplía el mundo criminal que rodea a la comisaría.

Pero lo que me interesa de Blue Lights no es solamente descubrir quién delinque.

Me interesa descubrir qué le ocurre a la gente que tiene que enfrentarse todos los días a quienes delinquen.

Ahí está la diferencia.

Porque una serie policial puede preguntarte quién es el asesino.

Esta quiere preguntarte qué significa ser policía.

Y lo hace sin ponerse trascendente, sin repartir sermones y sin convertir a sus protagonistas en santos.

Por eso me ha gustado tanto.

Porque mientras buena parte de la televisión mundial sigue empeñada en demostrarnos que Estados Unidos puede resolver cualquier problema con una persecución, tres helicópteros y ocho cargadores de munición, Blue Lights nos recuerda que Europa también sabe contar historias policiales.

Y no necesita copiar a nadie.

Tiene Belfast.

Tiene unos actores extraordinarios.

Tiene personajes con defectos.

Tiene humor.

Tiene tensión.

Tiene una ciudad con memoria.

Y tiene algo todavía más importante: tiene gente dentro de los uniformes.

Después de ver las dos primeras temporadas, entiendo perfectamente que se haya convertido en un fenómeno en Reino Unido. La propia Movistar Plus+ la describe como un éxito de público y crítica, y la serie recibió el BAFTA TV a mejor drama en 2025.

Yo solo puedo decir una cosa.

Si todas las policías fueran como las de las series americanas, probablemente habría que emigrar.

Menos mal que existe Belfast.

Sergio Calle Llorens


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