No tengo
ninguna prueba, pero tampoco ninguna duda: el origen real del burka no
es religioso, sino mucho más mundano. Un tipo de la península arábiga se casó
con una mujer fea de cojones. Y claro, harto de que sus vecinos se cachondearan
de la fealdad de la muchacha, decidió cubrirla por completo. Aquella decisión
terminó extendiéndose por muchas desgraciadas tierras hasta llegar a nuestros
días.
Otra
práctica que sigue vigente en nuestro tiempo, a pesar de la salvajada que
supone, es el matrimonio infantil. Todo comenzó cuando el arcángel
Gabriel, que debía de estar algo ocioso aquel día, se le apareció en sueños
a un tal Mahoma para mostrarle la imagen de una niña de seis añitos y
comunicarle que sería su esposa. Y dicho y hecho, porque el pastor consiguió
esposarse con ella —de ahí viene el término «esposas», un instrumento que se
utiliza mucho para detener a los sospechosos—. El caso es que, tres años más
tarde, la desvirgó.
Y digo yo
que ya podría el citado arcángel hacerme una visita para revelarme mi
futura unión carnal con la bellísima Jessica Chastain. Sin embargo,
mucho me temo que mi ardiente deseo carnal no se hará realidad. Qué le vamos a
hacer.
El veto
al cerdo también
tiene un origen curioso. Los judíos se dieron cuenta de que esos animales
rosados eran tan difíciles de controlar como los afiliados del PSOE en
un congreso de prostitutas. Además, en un tiempo en el que no existían
frigoríficos, su consumo hacía enfermar al personal. Resumiendo: al final lo
prohibieron con una justificación un tanto extraña: el cerdo es un animal
impuro.
Sorprendente,
porque este animal de cuatro patas, con forma de barril y con el hambre de un
sindicalista de la UGT, está equipado con un radar nasal de alta precisión y
comparte el noventa y ocho por ciento del ADN de los humanos. La
prohibición hebraica fue imitada por los musulmanes porque estos tienen memoria
de pez para aprender algo bueno, pero copian todo lo malo a la primera. Con lo
buena que está Jessica Chastain… Digo, la carne de cerdo.
En España
también había costumbres muy raras que, hasta hace muy poquito, se daban por
buenas. Una de ellas consistía en tirar una cabra desde lo alto de un
campanario antes de celebrar las fiestas patronales de pueblos como… Guarromán.
A pesar de que yo soy una persona muy leída, me ha sido imposible encontrar
quién fue el lumbreras que comenzó la tradición.
En fin,
tirando del hilo de la historia, se puede decir que un hombre se tira a una
niña y aquella abominación, con el tiempo, adquiere rango de precepto
religioso. Un grupo de humanos se harta de las monerías de los gorrinos y toma
una decisión: prohibición al canto. Y un lugareño tira a la cabra al vacío y el
resto de sus conciudadanos llena el pueblo de aplausos.
Supongo que
mucha gente no estará de acuerdo con la tesis que hoy presento en mi columna de
fusilamiento. Empero, antes de que me tiren piedras para lapidarme —otra
tradición salvaje—, voy a tirar de una cita literaria de mi admiradísimo Sherlock
Holmes para intentar convencerles:
“When you have eliminated the impossible. Whatever
remains, however improbable, must be the truth”.
Sergio Calle
Llorens
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