lunes, 5 de octubre de 2026

¡LA ZANGOLOTINA DE ZADACHENKOVA!

 


Yulia Zadachenkova es una ucraniana que llegó a España con muchas ganas de triunfar y poco cerebro. Una tipeja que nunca habría saltado a los medios de comunicación patrios sin la inestimable comparación de un plumilla del ABC en prácticas que, dicho sea de paso, no tenía otra cosa que hacer. Por eso decidió escribir un artículo en el que la mujer del Este criticaba la sanidad española.

¿Qué será lo próximo? ¿Crear un premio de periodismo en homenaje a Gonzalo Miró y a Carlos Jesús, llamado Raticulín?

En fin, que me lo he tomado como algo personal porque yo, durante muchos años, fui una máquina de escribir y ella siempre ha sido una máquina de decir sandeces.

Resulta, cuando menos, pintoresco escuchar determinadas cátedras improvisadas sobre la decadencia de la sanidad española cuando se mira el mapa y se consultan las cifras, que suelen tener la desagradable costumbre de no dejarse intimidar por las opiniones. Antes de la guerra, Ucrania no era precisamente la Suiza sanitaria de Europa: en 2019, su esperanza de vida rondaba los 73,3 años, frente a unos 83 años en España; el gasto sanitario por habitante era muy inferior y los pagos directos de los ciudadanos representaban aproximadamente la mitad del gasto sanitario. En España, en cambio, alrededor del 72 % del gasto sanitario procedía de fuentes públicas, frente a poco más de la mitad en Ucrania. Son datos anteriores a la invasión de 2022, por lo que atribuir esas diferencias a la guerra sería, además de cómodo, cronológicamente imposible.

Así que criticar defectos de la sanidad española —que los tiene, como cualquier sistema— es perfectamente legítimo; convertirlos, sin embargo, en prueba de que España disfruta de una sanidad desastrosa mientras se omite deliberadamente la situación de la que uno procede ya pertenece a ese género tan español de la comedia involuntaria. España tenía, antes de la guerra, unos diez años más de esperanza de vida, un sistema sanitario mucho más financiado públicamente y una carga de gasto directo para los pacientes muy inferior. La crítica es saludable; la memoria selectiva, bastante menos. Y cuando uno pretende dar lecciones de medicina comparada, conviene llevar algo más en el maletín que indignación, porque las estadísticas, esas antipáticas aguafiestas, tienen la costumbre de pedir el carné antes de entrar. Especialmente en un país como Ucrania, en el que, como pasa en la nación putinesca, los pacientes se saltan las listas de espera para ser operados sobornando a los galenos con regalos. ¿Pero cómo te atreves a criticar a España, hija del averno?

En verdad, me toca muy mucho la moral que una ucraniana a la que, como al resto de sus compatriotas, hemos dado refugio en hoteles de cuatro y cinco estrellas, comida, educación y servicios sanitarios gratuitos, escupa sobre la sagrada piel de toro que es nuestro país. Es una lástima que la señorita Zadachenkova —cuyo apellido, traducido al español, significa «lagarta de cuidado»— no conozca la lección que Sancho aprendió de don Quijote cuando este le dijo que el peor pecado que puede cometer un hombre es la ingratitud.

A la zangolotina de la Zadachenkova ni siquiera le ha pasado por la cabeza pensar que los millones de ucranianos a los que hemos acogido con los brazos abiertos han colapsado nuestro sistema sanitario. Un poco más tonta y nace con instrucciones de uso.

Hay opiniones que merecen ser escuchadas y otras que, por simple decoro, deberían marcharse por donde vinieron.

Sergio Calle Llorens

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