Yulia
Zadachenkova es una
ucraniana que llegó a España con muchas ganas de triunfar y poco
cerebro. Una tipeja que nunca habría saltado a los medios de comunicación
patrios sin la inestimable comparación de un plumilla del ABC en
prácticas que, dicho sea de paso, no tenía otra cosa que hacer. Por eso decidió
escribir un artículo en el que la mujer del Este criticaba la sanidad española.
¿Qué será lo
próximo? ¿Crear un premio de periodismo en homenaje a Gonzalo Miró y a
Carlos Jesús, llamado Raticulín?
En fin, que
me lo he tomado como algo personal porque yo, durante muchos años, fui una
máquina de escribir y ella siempre ha sido una máquina de decir sandeces.
Resulta,
cuando menos, pintoresco escuchar determinadas cátedras improvisadas sobre la
decadencia de la sanidad española cuando se mira el mapa y se consultan las
cifras, que suelen tener la desagradable costumbre de no dejarse intimidar por
las opiniones. Antes de la guerra, Ucrania no era precisamente la Suiza
sanitaria de Europa: en 2019, su esperanza de vida rondaba los 73,3 años,
frente a unos 83 años en España; el gasto sanitario por habitante era
muy inferior y los pagos directos de los ciudadanos representaban
aproximadamente la mitad del gasto sanitario. En España, en cambio, alrededor
del 72 % del gasto sanitario procedía de fuentes públicas, frente a poco
más de la mitad en Ucrania. Son datos anteriores a la invasión de 2022, por lo
que atribuir esas diferencias a la guerra sería, además de cómodo,
cronológicamente imposible.
Así que
criticar defectos de la sanidad española —que los tiene, como cualquier
sistema— es perfectamente legítimo; convertirlos, sin embargo, en prueba de que
España disfruta de una sanidad desastrosa mientras se omite deliberadamente la
situación de la que uno procede ya pertenece a ese género tan español de la
comedia involuntaria. España tenía, antes de la guerra, unos diez años más
de esperanza de vida, un sistema sanitario mucho más financiado
públicamente y una carga de gasto directo para los pacientes muy inferior. La
crítica es saludable; la memoria selectiva, bastante menos. Y cuando uno
pretende dar lecciones de medicina comparada, conviene llevar algo más en el
maletín que indignación, porque las estadísticas, esas antipáticas aguafiestas,
tienen la costumbre de pedir el carné antes de entrar. Especialmente en un país
como Ucrania, en el que, como pasa en la nación putinesca, los pacientes se saltan
las listas de espera para ser operados sobornando a los galenos con regalos. ¿Pero
cómo te atreves a criticar a España, hija del averno?
En verdad,
me toca muy mucho la moral que una ucraniana a la que, como al resto de sus
compatriotas, hemos dado refugio en hoteles de cuatro y cinco estrellas,
comida, educación y servicios sanitarios gratuitos, escupa sobre la sagrada
piel de toro que es nuestro país. Es una lástima que la señorita Zadachenkova
—cuyo apellido, traducido al español, significa «lagarta de cuidado»— no
conozca la lección que Sancho aprendió de don Quijote cuando este le
dijo que el peor pecado que puede cometer un hombre es la ingratitud.
A la zangolotina
de la Zadachenkova ni siquiera le ha pasado por la cabeza pensar que los
millones de ucranianos a los que hemos acogido con los brazos abiertos han
colapsado nuestro sistema sanitario. Un poco más tonta y nace con instrucciones
de uso.
Hay
opiniones que merecen ser escuchadas y otras que, por simple decoro, deberían
marcharse por donde vinieron.
Sergio Calle Llorens
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