La farmacia
está abarrotada de clientes. Cada uno se toma su tiempo en contar su achaque y
el diligente personal no puede hacer nada para evitarlo. A mi siniestra hay una
pareja de jovenzuelos con un bebé en el carrito. A mi diestra se encuentra una
bellísima mujer morena, de ojos negros, delgada y con unos pechos nutricios que
desafían la ley de la gravedad. Junto a ella, un niño con la palabra «peligro»
dibujada en el rostro. El chico no para quieto ni un instante. Desconozco la
razón por la que no está en el colegio a esas horas. Tal vez ha entrado en
una iglesia por error y el contacto con lo sagrado le ha provocado sarpullidos
y llagas. Sea lo que sea, no parece muy grave, porque no para de moverse a
una velocidad que ya quisiera para sí el mismísimo Spiderman.
De pronto,
una anciana se dirige a la pareja que acaba de sacar al bebé de la cuna para
exclamar una frase laudatoria.
—¡Qué cosa
más bonita!
Por unos
momentos, mis ojos abandonan la contemplación de la morena y mi atención se
concentra en un bebé arrugado y horripilante que su mami sostiene en brazos.
Confieso que ni siquiera Falete en bañador me produce más rechazo.
—Gracias
—responde la madre con tono de agradecimiento.
El hijo
del Diablo pone cara de póker al escuchar el piropo de la mujer y suelta una
frase impagable que suena como el cañonazo de un barco.
—Pero si es
muy feo.
La morenaza
le echa una mirada asesina que me recuerda a mi madre en el preciso instante en
el que fijaba su vista en nosotros para tirarnos la zapatilla. Ese calzado que
ella dominaba como un bumerán y que siempre impactaba en algún punto de
nuestras cabezas. Y es que, donde ponía el ojo, ponía la mala leche cuando se
enfadaba por alguna de nuestras travesuras.
—¿Qué es un
recién nacido? —pregunta la pizpireta anciana.
La madre,
que, como buena rusa, tiene la misma simpatía que un cactus en el desierto, se
limita a sonreír, pero no responde, porque para esto tenemos al niño de la
morena.
—Con lo feo
que es, en vez de recién nacido parece un recién fallecido.
La madre le
da un pescozón, pero yo no puedo evitarlo y suelto una carcajada.
—Sí, tú
anímalo y verás adónde termina la cosa —me dice entre risas la lozana andaluza.
Pero ya es
tarde. El niño ha contactado visualmente conmigo. Ha encontrado un aliado. Los
dos nos reconocemos. Los dos catalogamos al bebé como ser horripilante. Los dos
no paramos de reír. No importan los años. No importa que seamos de
generaciones diferentes. Solo somos dos individuos que han conectado. De
haber nacido en mi año, ese hijo de Satanás habría sido uno de mis mejores
amigos.
—¿A que es
muy feo? —susurra para no enfadar más a su madre.
—Más feo que
toser con diarrea.
En ese
momento, uno de los ancianos que es atendido por una de las farmacéuticas tiene
un ataque de tos y Andresito, que así se llama el hijo puta, comienza a reír
como un loco. Es una risa contagiosa. De esas que encienden faroles en el alma
de los demás. Y lo digo porque todos los presentes en la farmacia, menos el
anciano, cuya tos parece el cantar de una foca, estallan en carcajadas al
escucharlo, mientras Andresito repite
mi frase sin parar de reír.
—Más feo que
toser con diarrea.
Y el bebé
llora, y la pareja rusa no se entera de nada, y el anciano está a punto de
morir por la tos, y nosotros, de la risa.
Cuando
finalmente me llega el turno, compro la medicación para la tensión. Las risas
se han apagado un poco y el niño me espera para chocarme la mano, mientras su
madre, mujer que lleva la primavera escrita en la mirada y el sol en la piel,
me guiña un ojo.
A veces
basta encontrarse con una bella mujer y con un diablillo para volver a sacar al
niño que todos llevamos dentro.
Sergio Calle
Llorens
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