Decían que
los datos policiales eran falsos. Decían que las violaciones cometidas por
argelinos y marroquíes no encabezaban la lista de delitos sexuales en España.
Afirmaban que el hijab empoderaba a la mujer musulmana, pero muchas huyen de
Marruecos por no poder quitárselo. Su huida a territorio civilizado confirma
nuestras sospechas porque, finalmente, las marroquíes y subsaharianas violadas
por manadas de magrebíes deben ser enviadas a la península para protegerlas de
aquello que no sucedía. Ya ven, la realidad es tozuda.
Al parecer,
esta pandilla de pánfilos saca también el recordatorio de la emigración
española. Todo para ocultar la invasión del desastroso país de Mohamed Último.
Aquí la verdad también es obstinada. Lean y aprendan:
Alemania:
contrato y selección antes de salir
España y la
República Federal de Alemania firmaron en marzo de 1960 un acuerdo específico
sobre migración, contratación y colocación de trabajadores españoles. El
sistema contemplaba que las empresas alemanas solicitaran trabajadores y que
las autoridades españolas participaran en su selección y contratación. El IEE
funcionaba como organismo de preselección y control; según el Instituto
Cervantes, llegó a gestionar entre seis y siete de cada diez emigrantes
españoles que marcharon a Alemania.
Así que,
para un trabajador que emigraba por la vía oficial, sí: normalmente existía
una oferta concreta y un proceso de contratación antes de viajar. No era
una aventura completamente a ciegas. El acuerdo hispano-alemán incluso
establecía que las autoridades españolas debían proporcionar al trabajador el
pasaporte y los documentos necesarios para el viaje, mientras que la parte
alemana expedía una tarjeta de legitimación al trabajador contratado que
funcionaba como permiso de trabajo durante un período inicial.
Un ejemplo
muy gráfico: los primeros españoles que llegaron a Alemania tras el convenio
fueron 160 jóvenes andaluces contratados en 1960 por Brown Boveri & Cie.,
en Großauheim. Es decir, no llegaron allí y después preguntaron dónde podían
trabajar: habían sido reclutados para una empresa concreta.
¿Y Suiza?
Aquí la
historia es un poco más complicada. España y Suiza firmaron un acuerdo de
contratación de trabajadores en 1961, pero los españoles ya estaban llegando
antes. A finales de los cincuenta había diferentes vías de entrada: algunos
trabajadores fueron reclutados mediante procedimientos privados, otros llegaron
con mecanismos relacionados con el IEE y también hubo españoles que entraron
oficialmente como turistas, aunque en realidad iban buscando trabajo. El
Instituto Cervantes señala expresamente que los empresarios suizos preferían en
ocasiones vías privadas de contratación, sin la mediación española.
Eso
significa que no puedes aplicar exactamente el modelo alemán a todos los
emigrantes españoles en Suiza. A partir del acuerdo bilateral de 1961, la
contratación quedó mucho más estructurada, pero ya existía una corriente
migratoria anterior. De hecho, los españoles residentes en Suiza pasaron de
unos 1.200 en 1950 a más de 13.500 en 1960, antes del gran crecimiento
posterior al convenio.
¿Y
Francia?
Francia
tenía una situación diferente porque existía una emigración española anterior y
unas relaciones migratorias mucho más antiguas. Allí coexistieron emigración
organizada, contratación nominativa y redes personales/familiares, por lo
que tampoco conviene imaginar un único procedimiento obligatorio para todos.
Pero hay
algo importante que suele perderse cuando hablamos de aquella emigración: el
Estado español controlaba bastante la salida de trabajadores. La Ley de
Bases de Ordenación de la Emigración de 1960 establecía que las oficinas de
colocación debían registrar tanto a los españoles que querían emigrar con
contrato de trabajo como las ofertas de empresas extranjeras que buscaban
mano de obra española. También atribuía a los organismos españoles funciones de
información y asesoramiento sobre los contratos y de intervención en las
contrataciones colectivas.
Por tanto, sí
existía una especie de circuito institucional: una empresa extranjera
necesitaba trabajadores → formulaba una oferta → las autoridades españolas la
canalizaban → se seleccionaban trabajadores → se formalizaba la contratación →
se preparaba la documentación → y el trabajador viajaba al país de destino.
Pero había
una segunda emigración, menos ordenada: gente que ya tenía familiares o
conocidos fuera, gente que viajaba por su cuenta, trabajadores que entraban
como turistas y después buscaban empleo, etc. En Suiza está documentado
expresamente este fenómeno.
Y hay un
detalle muy interesante para entender la época: España no era simplemente un
país del que la gente salía libremente para buscarse la vida por Europa. El
régimen franquista quería controlar la emigración, pero al mismo tiempo la
fomentaba porque las remesas de los emigrantes eran una fuente importantísima
de divisas. Por eso creó toda una estructura administrativa alrededor de ella.
La emigración era, en cierto modo, una política económica organizada desde
el Estado.
Así que la
imagen de aquellos españoles llegando a una estación de Frankfurt, Zúrich o
París con una maleta de cartón y empezando desde cero tiene una parte real,
pero muchos de ellos habían salido de España con un destino laboral bastante
concreto ya organizado. El verdadero salto al vacío no siempre era
«¿encontraré trabajo?», sino «¿cómo será mi vida en un país cuyo idioma no
conozco, en una fábrica o una obra que apenas puedo imaginar?».
Todos ellos
terminaron integrándose. Todos ellos dieron lo mejor que tenían. Aprendieron a
expresarse en otras lenguas. Respetaron las normas y la cultura de cada nación.
No violaron a nadie. No asaltaron fronteras y una inmensa mayoría se comportaba
de manera caballerosa. Nada que ver con los invasores.
Alguien
tenía que decirlo.
Sergio Calle Llorens
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