lunes, 24 de agosto de 2026

¡EMIGRANTES, NO INVASORES: LA VERDAD QUE ALGUNOS PREFIEREN OLVIDAR!

 


Decían que los datos policiales eran falsos. Decían que las violaciones cometidas por argelinos y marroquíes no encabezaban la lista de delitos sexuales en España. Afirmaban que el hijab empoderaba a la mujer musulmana, pero muchas huyen de Marruecos por no poder quitárselo. Su huida a territorio civilizado confirma nuestras sospechas porque, finalmente, las marroquíes y subsaharianas violadas por manadas de magrebíes deben ser enviadas a la península para protegerlas de aquello que no sucedía. Ya ven, la realidad es tozuda.

Al parecer, esta pandilla de pánfilos saca también el recordatorio de la emigración española. Todo para ocultar la invasión del desastroso país de Mohamed Último. Aquí la verdad también es obstinada. Lean y aprendan:

Alemania: contrato y selección antes de salir

España y la República Federal de Alemania firmaron en marzo de 1960 un acuerdo específico sobre migración, contratación y colocación de trabajadores españoles. El sistema contemplaba que las empresas alemanas solicitaran trabajadores y que las autoridades españolas participaran en su selección y contratación. El IEE funcionaba como organismo de preselección y control; según el Instituto Cervantes, llegó a gestionar entre seis y siete de cada diez emigrantes españoles que marcharon a Alemania.

Así que, para un trabajador que emigraba por la vía oficial, sí: normalmente existía una oferta concreta y un proceso de contratación antes de viajar. No era una aventura completamente a ciegas. El acuerdo hispano-alemán incluso establecía que las autoridades españolas debían proporcionar al trabajador el pasaporte y los documentos necesarios para el viaje, mientras que la parte alemana expedía una tarjeta de legitimación al trabajador contratado que funcionaba como permiso de trabajo durante un período inicial.

Un ejemplo muy gráfico: los primeros españoles que llegaron a Alemania tras el convenio fueron 160 jóvenes andaluces contratados en 1960 por Brown Boveri & Cie., en Großauheim. Es decir, no llegaron allí y después preguntaron dónde podían trabajar: habían sido reclutados para una empresa concreta.

¿Y Suiza?

Aquí la historia es un poco más complicada. España y Suiza firmaron un acuerdo de contratación de trabajadores en 1961, pero los españoles ya estaban llegando antes. A finales de los cincuenta había diferentes vías de entrada: algunos trabajadores fueron reclutados mediante procedimientos privados, otros llegaron con mecanismos relacionados con el IEE y también hubo españoles que entraron oficialmente como turistas, aunque en realidad iban buscando trabajo. El Instituto Cervantes señala expresamente que los empresarios suizos preferían en ocasiones vías privadas de contratación, sin la mediación española.

Eso significa que no puedes aplicar exactamente el modelo alemán a todos los emigrantes españoles en Suiza. A partir del acuerdo bilateral de 1961, la contratación quedó mucho más estructurada, pero ya existía una corriente migratoria anterior. De hecho, los españoles residentes en Suiza pasaron de unos 1.200 en 1950 a más de 13.500 en 1960, antes del gran crecimiento posterior al convenio.

¿Y Francia?

Francia tenía una situación diferente porque existía una emigración española anterior y unas relaciones migratorias mucho más antiguas. Allí coexistieron emigración organizada, contratación nominativa y redes personales/familiares, por lo que tampoco conviene imaginar un único procedimiento obligatorio para todos.

Pero hay algo importante que suele perderse cuando hablamos de aquella emigración: el Estado español controlaba bastante la salida de trabajadores. La Ley de Bases de Ordenación de la Emigración de 1960 establecía que las oficinas de colocación debían registrar tanto a los españoles que querían emigrar con contrato de trabajo como las ofertas de empresas extranjeras que buscaban mano de obra española. También atribuía a los organismos españoles funciones de información y asesoramiento sobre los contratos y de intervención en las contrataciones colectivas.

Por tanto, sí existía una especie de circuito institucional: una empresa extranjera necesitaba trabajadores → formulaba una oferta → las autoridades españolas la canalizaban → se seleccionaban trabajadores → se formalizaba la contratación → se preparaba la documentación → y el trabajador viajaba al país de destino.

Pero había una segunda emigración, menos ordenada: gente que ya tenía familiares o conocidos fuera, gente que viajaba por su cuenta, trabajadores que entraban como turistas y después buscaban empleo, etc. En Suiza está documentado expresamente este fenómeno.

Y hay un detalle muy interesante para entender la época: España no era simplemente un país del que la gente salía libremente para buscarse la vida por Europa. El régimen franquista quería controlar la emigración, pero al mismo tiempo la fomentaba porque las remesas de los emigrantes eran una fuente importantísima de divisas. Por eso creó toda una estructura administrativa alrededor de ella. La emigración era, en cierto modo, una política económica organizada desde el Estado.

Así que la imagen de aquellos españoles llegando a una estación de Frankfurt, Zúrich o París con una maleta de cartón y empezando desde cero tiene una parte real, pero muchos de ellos habían salido de España con un destino laboral bastante concreto ya organizado. El verdadero salto al vacío no siempre era «¿encontraré trabajo?», sino «¿cómo será mi vida en un país cuyo idioma no conozco, en una fábrica o una obra que apenas puedo imaginar?».

Todos ellos terminaron integrándose. Todos ellos dieron lo mejor que tenían. Aprendieron a expresarse en otras lenguas. Respetaron las normas y la cultura de cada nación. No violaron a nadie. No asaltaron fronteras y una inmensa mayoría se comportaba de manera caballerosa. Nada que ver con los invasores.

Alguien tenía que decirlo.

Sergio Calle Llorens

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