Hay algo
particularmente malagueño en cocinar bien. Una especie de naturalidad
insolente. Como si en otros lugares tuvieran que reunirse tres cocineros,
consultar cuatro libros y convocar un congreso para decidir cuánto comino
poner, mientras en Málaga alguien, sin hacer demasiado ruido, prueba la
salsa con una cuchara y dice: «Le falta algo».
Ese «algo»
es una ciencia.
Porque los
caracoles exigen equilibrio. La salsa debe tener carácter, pero no puede
ocultar al protagonista. Tiene que ser sabrosa, aromática, ligeramente picante
si procede, profunda y capaz de adherirse al caracol con esa dignidad untuosa
que convierte el pan en una herramienta gastronómica imprescindible.
Unos
caracoles mediocres son una decepción.
Unos
buenos caracoles son un acontecimiento.
Y unos
caracoles extraordinarios son capaces de provocar esa escena tan española en la
que todos empiezan diciendo que no tienen demasiada hambre y, veinte minutos
después, están disputándose discretamente el último trozo de pan.
Porque el
secreto no está solamente en el caracol. Está en la salsa.
Ahí se
conoce a un restaurante.
Un
restaurante puede tener una carta interminable, una vajilla preciosa, camareros
que describen cada plato como si estuvieran presentando una tesis doctoral y
una cuenta capaz de provocar una experiencia religiosa. Pero ponga delante unos
caracoles y veremos qué sabe hacer.
La cocina de
verdad no siempre necesita productos aristocráticos. También se puede demostrar
talento con algo humilde, terrestre y aparentemente insignificante. El lujo,
en gastronomía, no siempre consiste en añadir ingredientes caros. A veces
consiste en conseguir que un plato sencillo tenga profundidad, equilibrio y
memoria.
Eso
Málaga lo entiende especialmente bien.
Porque aquí
existe una manera de cocinar que no necesita pedir permiso. Una cocina que
conoce el producto, respeta la tradición y, cuando hace falta, sabe darle una
vuelta sin convertirlo en una extravagancia.
Y esa es, a
mi juicio, una de las grandes superioridades culinarias de Málaga: la
capacidad de hacer extraordinario lo que otros considerarían simplemente
cotidiano.
No hace
falta disfrazar un caracol.
Hay que
cocinarlo bien.
Que la salsa
huela antes incluso de llegar a la mesa. Que el primer bocado tenga ese punto
de especias que despierta el apetito. Que la carne salga con facilidad de la
concha. Que uno pueda concentrarse en el plato durante unos segundos y pensar,
con absoluta seriedad, que quizá la civilización haya alcanzado aquí uno de sus
pequeños momentos de perfección.
Y entonces
llega el pan.
Ese gran
olvidado de las críticas gastronómicas.
El pan no
pregunta. El pan comprende.
Se introduce
en la salsa con discreción y sale convertido en una prueba irrefutable de que
Dios, si existe, probablemente también moja pan.
Lo
maravilloso de los caracoles es que obligan además a comer despacio. No admiten
la vulgaridad de la prisa. Cada uno requiere su pequeño ritual. Se coge, se
extrae, se saborea y se vuelve a por otro. Es una gastronomía pausada, casi
meditativa, aunque la meditación suele terminar cuando alguien descubre que
quedan tres en la cazuela.
Y entonces
aparece la verdadera naturaleza humana.
«Ese es
mío».
La alta
cocina puede hablar de texturas, emulsiones, reducciones y técnicas
ancestrales. Todo muy respetable. Pero yo sostengo que existe una forma mucho
más sencilla de medir la felicidad gastronómica: poner una cazuela de buenos
caracoles en el centro de una mesa y observar cómo desaparece.
Ahí no hay
esnobismo.
No hay
postureo.
No hay
discurso.
Hay hambre,
memoria y placer.
Y Málaga,
una vez más, sabe hacerlo.
Por eso,
cuando unos buenos caracoles llegan a la mesa con una salsa bien hecha,
caliente, aromática y generosa, uno comprende que la grandeza culinaria no
siempre está en lo complicado. Está en saber hacer bien aquello que parece
sencillo.
Los
caracoles, además, tienen una última virtud: son probablemente los únicos
comensales que llegan al restaurante con la casa puesta.
Y aun así,
después de probar la salsa, son ellos los que terminan diciendo que quieren
volver al hogar.
Sergio Calle Llorens
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