España atraviesa una de esas semanas en las
que la realidad debería imponer silencio en los despachos. Ceuta soporta una
presión migratoria extraordinaria, la frontera se convierte en el escenario de
una crisis política y humanitaria y Europa vuelve a descubrir que las
fronteras, esas líneas que algunos consideran una antigualla administrativa,
siguen teniendo la desagradable costumbre de existir. En medio de semejante
paisaje, uno esperaría escuchar al presidente hablar de seguridad, de recursos,
de diplomacia, de inmigración, de los ciudadanos de Ceuta o de qué
demonios piensa hacer el Gobierno. Pero la política contemporánea posee una
maravillosa capacidad para convertir cualquier tragedia en una oportunidad de lifestyle.
También podemos hablar de música. De libros. De viajes. De sensibilidad. De
la playlist presidencial.
Pedro
Sánchez lleva tiempo cultivando esa peculiar faceta del político convertido en influencer: presidente del Gobierno por la
mañana, crítico musical por la tarde. Rosalía, Extremoduro, Florence + The
Machine y demás forman parte de sus recomendaciones musicales. Nada que
objetar: un presidente tiene todo el derecho del mundo a escuchar lo que le
venga en gana. Incluso a escuchar canciones horribles, si ese fuera su gusto.
El problema comienza cuando el ciudadano contempla semejante escaparate
cultural desde el otro lado del cristal, mientras contempla también cómo una
crisis real golpea una de las fronteras españolas. Entonces la playlist empieza
a adquirir un significado involuntariamente cómico. Porque quizá no necesitamos
saber qué escucha el presidente. Quizá necesitamos saber si el presidente está
escuchando lo que ocurre.
La misma
transformación alcanza a algunos miembros de su Gobierno, convertidos en
prescriptores culturales de una ciudadanía que, francamente, quizá no estaba
esperando semejante servicio público. Yolanda Díaz también ha construido
alrededor de su figura ese territorio de libros, recomendaciones y sensibilidad
cultural que tan bien funciona en las redes sociales. Y repito: leer, viajar,
escuchar música y recomendar libros constituye una actividad perfectamente
saludable. Incluso recomendable. Lo verdaderamente extraordinario aparece
cuando la política empieza a confundirse con una revista de tendencias. El
poder deja de hablar como Gobierno y comienza a comunicarse como una cuenta de
Instagram con despacho oficial.
Mientras
tanto, el ciudadano contempla el espectáculo con una mezcla de estupor y
cabreo. Porque uno puede soportar que el presidente le recomiende una canción.
Lo que resulta bastante más difícil de digerir es que parezca existir una
enorme distancia entre la sofisticación cultural del mensaje y la crudeza de
los problemas que esperan fuera. Ceuta no necesita una banda sonora. Necesita
recursos, coordinación, seguridad, respuestas y una política migratoria capaz
de explicar qué pretende hacer España cuando la presión sobre sus fronteras
aumenta. Y los ciudadanos tampoco necesitan que un ministro les descubra su
libro favorito. Ya tienen librerías.
La ironía
definitiva consiste en que quienes ocupan el poder parecen empeñados en
enseñarnos a disfrutar de la vida mientras la vida real se empeña en
estropearles el decorado. Una canción para acompañar el verano. Un libro para
la mesilla de noche. Un restaurante imprescindible. Un destino maravilloso. Una
recomendación cinematográfica. Y, de fondo, una frontera sometida a una presión
extraordinaria. Todo perfectamente ordenado para que el algoritmo no detecte
que la realidad se ha colado en el encuadre.
Quizá el
problema no sea que Pedro Sánchez tenga una playlist. Quizá el problema sea
que, después de tantos años de política convertida en comunicación, uno empieza
a sospechar que algunos dirigentes han confundido gobernar un país con gestionar
su perfil de Spotify. Y cuando llegan los problemas de verdad, esos que no
caben en una fotografía cuidadosamente encuadrada ni admiten un filtro de
Instagram, queda una pregunta bastante más incómoda que cualquier recomendación
cultural: ¿quién está al mando cuando termina la música?
Sergio Calle Llorens
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