Aunque ya
voy peinando abundantes canas —y a mucha honra—, todavía conservo intacta la
capacidad de dejarme llevar por una buena aventura. Eso es precisamente lo que
me sucede cada vez que regreso a Blake y Mortimer, una de esas series
que no necesitan recurrir a la nostalgia para seguir fascinando. Basta abrir
cualquiera de sus álbumes para que la imaginación se ponga en marcha y
aparezcan misterios por resolver, conspiraciones internacionales,
civilizaciones desaparecidas, científicos brillantes, viajes en el tiempo y
amenazas capaces de poner patas arriba el mundo conocido.
Detrás de
esta pareja extraordinaria se encuentra Edgar P. Jacobs, uno de los
grandes nombres del cómic europeo y figura fundamental de la escuela
franco-belga. En 1946 presentó en las páginas de Tintin a dos personajes
destinados a convertirse en clásicos: el capitán Francis Blake, miembro del
MI5, y Philip Mortimer, un científico de enorme talento. Desde entonces, ambos
han protagonizado algunas de las aventuras más ambiciosas y reconocibles de la
historieta europea.
Lo
interesante de Blake y Mortimer es que Jacobs nunca necesitó convertirlos en
personajes idénticos. Al contrario, su riqueza nace de la diferencia. Blake
representa la acción, el espionaje, la estrategia y la disciplina; Mortimer
aporta la ciencia, la inteligencia y una curiosidad prácticamente inagotable.
Uno actúa mientras el otro analiza. Uno se enfrenta al peligro y el otro
intenta comprenderlo. Juntos forman un mecanismo narrativo extraordinariamente
eficaz.
Y frente a
ellos, inevitablemente, el coronel Olrik. Pocos villanos del cómic
europeo poseen una presencia tan reconocible. Inteligente, ambicioso y
calculador, Olrik es mucho más que el enemigo de turno. Es una amenaza
recurrente, una sombra que puede aparecer en Londres, en una aventura
arqueológica, en un conflicto científico o incluso en los confines del tiempo.
Su inteligencia obliga a Blake y Mortimer a estar siempre a la altura de las
circunstancias.
Ahí reside
una de las grandes virtudes de Jacobs: su capacidad para convertir una historia
de aventuras en muchas historias al mismo tiempo. En sus álbumes caben el
espionaje, la investigación detectivesca, la ciencia ficción, la arqueología,
la historia y el misterio. El misterio de la Gran Pirámide, La marca
amarilla, El enigma de la Atlántida, S.O.S. Meteoros o La
trampa diabólica son títulos que permiten comprobar hasta dónde podía
llegar aquella imaginación.
Particularmente
fascinantes me resultan los viajes en el tiempo. La trampa diabólica
juega con una de las grandes obsesiones del ser humano: la posibilidad de
abandonar nuestra época y contemplar aquello que fue o aquello que todavía no
ha sucedido. Siempre me ha atraído ese territorio en el que la ciencia y la
imaginación se dan la mano. Jacobs comprendió que el viaje temporal no
necesitaba ser únicamente un recurso espectacular; podía convertirse en una
manera de preguntarnos por nuestra propia relación con la historia y con el
futuro.
Algo
parecido ocurre con El enigma de la Atlántida, donde una de las grandes
leyendas de la humanidad sirve de punto de partida para una aventura que mezcla
arqueología, ciencia ficción y misterio. La gracia está precisamente en que
Jacobs consigue que el lector acepte durante unas horas la posibilidad de que
aquello que pertenece a la leyenda pueda tener una explicación escondida. Esa
capacidad para hacer creíble lo imposible es patrimonio de los grandes
narradores.
Y después
está La marca amarilla, probablemente uno de los álbumes más
emblemáticos de la serie. El Londres nocturno, la investigación criminal, la
atmósfera inquietante y la presencia de un enemigo misterioso convierten sus
páginas en una auténtica novela policíaca dibujada. Jacobs demuestra aquí su
enorme dominio del suspense y de la ambientación, además de una atención al
detalle que se convertiría en una de las características de su obra. Norma
Editorial — La marca amarilla
Porque Blake
y Mortimer también son eso: atmósfera. Los edificios, los laboratorios,
las máquinas, los vehículos y los escenarios están cuidadosamente documentados.
Jacobs no parece tener ninguna prisa. Se toma su tiempo para explicar un
mecanismo, desarrollar una investigación o mostrar un escenario. Hoy, cuando
buena parte del entretenimiento exige velocidad constante, esa manera de narrar
puede parecer casi anacrónica. A mí me resulta justamente lo contrario:
refrescante.
Hay algo muy
estimulante en un cómic que confía en la inteligencia y en la paciencia del
lector. Jacobs no entrega siempre la respuesta inmediatamente. Deja pistas,
construye hipótesis y permite que la imaginación complete aquello que las
viñetas apenas sugieren. Por eso sus aventuras se leen, pero también se
exploran.
La
importancia de Blake y Mortimer dentro del cómic europeo se entiende mejor
cuando observamos su capacidad para sobrevivir a su creador. Jacobs murió en
1987 dejando inconclusa Las tres fórmulas del profesor Sato. Bob de Moor
completó posteriormente aquella historia y, después, diferentes guionistas y
dibujantes continuaron desarrollando la serie. Norma reúne actualmente 33
álbumes, prueba de que aquellos personajes mantienen una vitalidad
extraordinaria varias décadas después de su nacimiento. Norma
Editorial — Blake y Mortimer
Naturalmente,
ninguna continuación puede reproducir exactamente la personalidad de Jacobs.
Cada autor aporta su propia mirada y es inevitable que el lector establezca
comparaciones. Pero quizá ahí esté también el mejor reconocimiento que puede
recibir una creación: que sus personajes sean capaces de continuar viviendo
cuando su creador ya no está.
Lo que más
me gusta de Blake y Mortimer, sin embargo, no tiene que ver con las cifras, ni
con la longevidad de la serie, ni siquiera con su importancia histórica. Tiene
que ver con algo mucho más sencillo: lo que sucede dentro de mi cabeza
cuando leo sus páginas.
La
imaginación empieza a correr.
Un pasadizo
puede conducir a una civilización perdida. Una máquina puede abrir una puerta
hacia otro tiempo. Un laboratorio puede esconder un descubrimiento capaz de
cambiar el destino del mundo. Londres puede convertirse en el escenario de una
conspiración internacional. Y un científico y un capitán británico pueden
volver a ponerse en marcha para resolver un misterio que parecía imposible.
Eso es lo
que sigo buscando cuando regreso a estos álbumes. No volver a ser niño, sino
recuperar durante unas horas esa sensación extraordinaria de que el mundo
todavía guarda secretos y de que, detrás de la siguiente página, puede comenzar
una aventura.
Y quizá esa
sea la verdadera grandeza de Blake y Mortimer: haber conseguido que
varias generaciones de lectores comprendamos que la imaginación no tiene fecha
de caducidad. Mientras existan historias capaces de hacernos mirar una viñeta y
preguntarnos qué habrá al otro lado, siempre quedará un territorio por explorar.
Sergio Calle Llorens
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