domingo, 30 de agosto de 2026

¡BLAKE Y MORTIMER: UNA INVITACIÓN A LA AVENTURA!

 


Aunque ya voy peinando abundantes canas —y a mucha honra—, todavía conservo intacta la capacidad de dejarme llevar por una buena aventura. Eso es precisamente lo que me sucede cada vez que regreso a Blake y Mortimer, una de esas series que no necesitan recurrir a la nostalgia para seguir fascinando. Basta abrir cualquiera de sus álbumes para que la imaginación se ponga en marcha y aparezcan misterios por resolver, conspiraciones internacionales, civilizaciones desaparecidas, científicos brillantes, viajes en el tiempo y amenazas capaces de poner patas arriba el mundo conocido.

Detrás de esta pareja extraordinaria se encuentra Edgar P. Jacobs, uno de los grandes nombres del cómic europeo y figura fundamental de la escuela franco-belga. En 1946 presentó en las páginas de Tintin a dos personajes destinados a convertirse en clásicos: el capitán Francis Blake, miembro del MI5, y Philip Mortimer, un científico de enorme talento. Desde entonces, ambos han protagonizado algunas de las aventuras más ambiciosas y reconocibles de la historieta europea.

Lo interesante de Blake y Mortimer es que Jacobs nunca necesitó convertirlos en personajes idénticos. Al contrario, su riqueza nace de la diferencia. Blake representa la acción, el espionaje, la estrategia y la disciplina; Mortimer aporta la ciencia, la inteligencia y una curiosidad prácticamente inagotable. Uno actúa mientras el otro analiza. Uno se enfrenta al peligro y el otro intenta comprenderlo. Juntos forman un mecanismo narrativo extraordinariamente eficaz.

Y frente a ellos, inevitablemente, el coronel Olrik. Pocos villanos del cómic europeo poseen una presencia tan reconocible. Inteligente, ambicioso y calculador, Olrik es mucho más que el enemigo de turno. Es una amenaza recurrente, una sombra que puede aparecer en Londres, en una aventura arqueológica, en un conflicto científico o incluso en los confines del tiempo. Su inteligencia obliga a Blake y Mortimer a estar siempre a la altura de las circunstancias.

Ahí reside una de las grandes virtudes de Jacobs: su capacidad para convertir una historia de aventuras en muchas historias al mismo tiempo. En sus álbumes caben el espionaje, la investigación detectivesca, la ciencia ficción, la arqueología, la historia y el misterio. El misterio de la Gran Pirámide, La marca amarilla, El enigma de la Atlántida, S.O.S. Meteoros o La trampa diabólica son títulos que permiten comprobar hasta dónde podía llegar aquella imaginación.

Particularmente fascinantes me resultan los viajes en el tiempo. La trampa diabólica juega con una de las grandes obsesiones del ser humano: la posibilidad de abandonar nuestra época y contemplar aquello que fue o aquello que todavía no ha sucedido. Siempre me ha atraído ese territorio en el que la ciencia y la imaginación se dan la mano. Jacobs comprendió que el viaje temporal no necesitaba ser únicamente un recurso espectacular; podía convertirse en una manera de preguntarnos por nuestra propia relación con la historia y con el futuro.

Algo parecido ocurre con El enigma de la Atlántida, donde una de las grandes leyendas de la humanidad sirve de punto de partida para una aventura que mezcla arqueología, ciencia ficción y misterio. La gracia está precisamente en que Jacobs consigue que el lector acepte durante unas horas la posibilidad de que aquello que pertenece a la leyenda pueda tener una explicación escondida. Esa capacidad para hacer creíble lo imposible es patrimonio de los grandes narradores.

Y después está La marca amarilla, probablemente uno de los álbumes más emblemáticos de la serie. El Londres nocturno, la investigación criminal, la atmósfera inquietante y la presencia de un enemigo misterioso convierten sus páginas en una auténtica novela policíaca dibujada. Jacobs demuestra aquí su enorme dominio del suspense y de la ambientación, además de una atención al detalle que se convertiría en una de las características de su obra. Norma Editorial — La marca amarilla

Porque Blake y Mortimer también son eso: atmósfera. Los edificios, los laboratorios, las máquinas, los vehículos y los escenarios están cuidadosamente documentados. Jacobs no parece tener ninguna prisa. Se toma su tiempo para explicar un mecanismo, desarrollar una investigación o mostrar un escenario. Hoy, cuando buena parte del entretenimiento exige velocidad constante, esa manera de narrar puede parecer casi anacrónica. A mí me resulta justamente lo contrario: refrescante.

Hay algo muy estimulante en un cómic que confía en la inteligencia y en la paciencia del lector. Jacobs no entrega siempre la respuesta inmediatamente. Deja pistas, construye hipótesis y permite que la imaginación complete aquello que las viñetas apenas sugieren. Por eso sus aventuras se leen, pero también se exploran.

La importancia de Blake y Mortimer dentro del cómic europeo se entiende mejor cuando observamos su capacidad para sobrevivir a su creador. Jacobs murió en 1987 dejando inconclusa Las tres fórmulas del profesor Sato. Bob de Moor completó posteriormente aquella historia y, después, diferentes guionistas y dibujantes continuaron desarrollando la serie. Norma reúne actualmente 33 álbumes, prueba de que aquellos personajes mantienen una vitalidad extraordinaria varias décadas después de su nacimiento. Norma Editorial — Blake y Mortimer

Naturalmente, ninguna continuación puede reproducir exactamente la personalidad de Jacobs. Cada autor aporta su propia mirada y es inevitable que el lector establezca comparaciones. Pero quizá ahí esté también el mejor reconocimiento que puede recibir una creación: que sus personajes sean capaces de continuar viviendo cuando su creador ya no está.

Lo que más me gusta de Blake y Mortimer, sin embargo, no tiene que ver con las cifras, ni con la longevidad de la serie, ni siquiera con su importancia histórica. Tiene que ver con algo mucho más sencillo: lo que sucede dentro de mi cabeza cuando leo sus páginas.

La imaginación empieza a correr.

Un pasadizo puede conducir a una civilización perdida. Una máquina puede abrir una puerta hacia otro tiempo. Un laboratorio puede esconder un descubrimiento capaz de cambiar el destino del mundo. Londres puede convertirse en el escenario de una conspiración internacional. Y un científico y un capitán británico pueden volver a ponerse en marcha para resolver un misterio que parecía imposible.

Eso es lo que sigo buscando cuando regreso a estos álbumes. No volver a ser niño, sino recuperar durante unas horas esa sensación extraordinaria de que el mundo todavía guarda secretos y de que, detrás de la siguiente página, puede comenzar una aventura.

Y quizá esa sea la verdadera grandeza de Blake y Mortimer: haber conseguido que varias generaciones de lectores comprendamos que la imaginación no tiene fecha de caducidad. Mientras existan historias capaces de hacernos mirar una viñeta y preguntarnos qué habrá al otro lado, siempre quedará un territorio por explorar.

Sergio Calle Llorens

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