jueves, 27 de agosto de 2026

¡COBARDES!

 


Soy de la opinión que Dios siempre bendice a los intrépidos. Porque el valiente no es el que no tiene miedo, sino el que vence a ese temor. El Altísimo conoce ese sufrimiento interno e ilumina su camino vital para verter sobre el mismo todas sus bendiciones. Le aleja de ese proceso por el cual el valeroso vive hasta que el cobarde quiere.

Porque el miedo siempre ha estado ahí. Esperando. Agazapado en algún rincón oscuro del alma, aguardando el momento en que la voluntad flaquee y el hombre decida que es más cómodo vivir de rodillas que morir de pie. La valentía, sin embargo, no consiste en desconocer el miedo, sino en mirarlo de frente cuando todo invita a bajar la mirada.

Ser valiente es morir una vez y ser cobarde es morir millones de veces en vida.

No hay mayor condena que traicionarse a uno mismo. No hay derrota más amarga que aquella que se produce en silencio, cuando nadie nos ve, cuando nadie aplaude, cuando nadie conoce la batalla que se libra dentro de nosotros. Hay hombres y mujeres que vencen en público y pierden en privado. Otros, en cambio, pierden muchas batallas, pero conservan intacta la única bandera que importa: la de sus principios.

Ahí tienen a Esther González, exfutbolista del Real Madrid, que ha borrado de las redes sociales las fotos de su mujer e hijo tras fichar por un equipo de Arabia Saudí. La pasta por encima de su defensa de los derechos del LGTBI. Nada queda ya de la emancipación de las mujeres ni de los derechos de las lesbianas. Tan solo el color verde de los billetes.

La jugadora ha agachado la cabeza sin saber que los gestos importan mucho más que las declaraciones vacuas. Porque hay momentos en los que una decisión pesa más que mil discursos. Momentos en los que basta un gesto para saber de qué está hecho alguien. Y cuando llega la hora de elegir entre la comodidad y los principios, entre el aplauso y la dignidad, entre el dinero y aquello que un día se defendió con orgullo, ya no sirven las palabras.

Otra farsante.

Otro jugador, en este caso del PSG, pide que su compañero no abra una botella de buen champán francés por respeto a su religión tras ganar la Supercopa.

El gesto, insisto, es importante; porque debería ser el musulmán el que respetara las costumbres y hábitos de la vieja Europa. No al contrario.

Puede parecer una tontería, pero no lo es tanto porque nos estamos jugando el futuro que debe ser alejado de las ideas tercermundistas.

Las civilizaciones también se defienden en los pequeños detalles. En aquello que parece insignificante. En una copa que se abre, en una costumbre que se mantiene, en una tradición que no se abandona por miedo a incomodar a nadie. Porque lo que hoy parece una concesión inocente puede convertirse mañana en costumbre, y la costumbre, con el paso del tiempo, puede terminar convirtiéndose en ley.

Personalmente, yo me negué a darle la mano a un corrupto que me denunció porque mis principios estaban por encima de mis intereses.

Sin ir más lejos, me negué a que mis estudiantes entraran en mi clase a rezarle a Mahoma.

La explicación que les trasladé fue simple: esta aula es mi templo y yo soy su sumo sacerdote.

Mi casa, mis reglas.

Hay frases que no necesitan discursos. Hay fronteras que no necesitan mapas. Hay líneas que, una vez trazadas, solo pueden respetarse o cruzarse. Y yo decidí trazar la mía.

Nunca nadie pudo convencerme de que cambiara de parecer. A resultas de todo esto, tuve grandes problemas con la injusticia española. Pagué las consecuencias de mis decisiones, pero jamás di un paso atrás.

Porque todo principio tiene un precio. Y quien no está dispuesto a pagarlo acaba vendiendo aquello que juró defender.

Sencillamente, tomé mi viejo sable y tracé una línea en el suelo mientras decía:

Por aquí no pasan.

Y oigan, nadie ha osado jamás cruzarla.

Quizá porque una línea dibujada en el suelo no es solamente una línea. A veces es una frontera. A veces es una declaración de guerra. A veces es el último refugio de quien ha decidido que podrá perderlo todo menos su dignidad.

En mi vida he llegado a conocer a muchos valientes de boquilla, pero en las distancias cortas, en la penumbra de los callejones y lejos de despachos de abogados carísimos, eran incapaces de defender ni la honra ni la vida.

Los he visto hablar con la voz de los héroes cuando no había peligro y encogerse cuando la tormenta aparecía en el horizonte. Los he visto levantar la bandera de sus convicciones mientras soplaba el viento a favor y arriarla en cuanto llegaron las primeras dificultades.

Porque la valentía no se demuestra cuando todo está ganado.

Se demuestra cuando todo puede perderse.

Aléjense de esta gentuza porque la cobardía, como suele ocurrir con la ignorancia, suele ser contagiosa.

Y recuerden que, cuando llegue la hora de la verdad, cuando desaparezcan los aplausos, cuando se apaguen las luces y solo quede uno frente a sus propias decisiones, nadie podrá luchar por ustedes.

Entonces solo quedarán sus principios.

Y la línea que decidieron no cruzar.

Sergio Calle Llorens

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