sábado, 7 de febrero de 2026

¡UNTAMED/INDOMABLE!


 

Indomable se presenta como un thriller pausado, envuelto en la majestuosidad del Parque Nacional de Yosemite, y sostenido sobre una promesa clásica: la naturaleza como escenario donde la violencia humana cree poder esconderse. La serie, creada por Mark L. Smith junto a Elle Smith, apuesta por un relato contenido, emocionalmente cargado y visualmente deslumbrante. Y durante buena parte de su metraje cumple. Otra cosa es que sorprenda.

El punto de partida es potente: el cadáver de una joven, Lucy Cook, se precipita desde las alturas de El Capitán ante la mirada atónita de unos escaladores. Accidente imposible, caída sospechosa, violencia previa. El encargado de investigar el caso es Kyle Turner, agente del Servicio de Parques Nacionales, interpretado por un Eric Bana en uno de esos registros que le sientan bien: rostro cansado, mirada opaca y una tristeza que no necesita ser explicada.

Turner es un personaje moldeado por la pérdida. La muerte de su hijo, compartida con su exesposa Jill Bowden (una sólida Rosemarie DeWitt), no solo explica su aislamiento emocional, sino que funciona como el verdadero motor de la serie. Aquí no se investiga solo un crimen: se investiga una culpa que nunca termina de encontrar descanso. En ese sentido, Indomable es menos un thriller que un drama disfrazado de procedural.

El relato se completa con la llegada de Naya Vasquez (Lily Santiago),  ex policía de Los Ángeles reciclada como guardabosques, huyendo de una amenaza urbana que la serie dosifica con cierta torpeza. Su relación con Turner evita el romance explícito y se apoya más en la complicidad entre dos personajes dañados. Funciona, aunque también responde a un esquema reconocible.

Y ese es uno de los problemas de Indomable: la sensación constante de estar viendo una historia bien contada, pero demasiado conocida.

Para quien lleva demasiados años leyendo novela negra, viendo series de investigación y ejercitando las famosas little grey cells, el misterio se resuelve pronto. En mi caso, el asesino de la joven estaba identificado desde el primer episodio. No por genialidad deductiva, sino porque la serie juega con cartas marcadas. El abanico de sospechosos responde a un patrón tan reconocible que elimina cualquier verdadero sobresalto.

Además, Indomable no puede —ni quiere— traicionar ciertos dogmas contemporáneos. El personaje nativo americano, presentado como sospechoso potencial, está automáticamente blindado. Todos sabemos que no puede ser el culpable. No por pruebas, sino por corrección ideológica. La serie necesita señalarlo, tensar la cuerda, pero nunca romperla. El resultado es un falso suspense que resta fuerza al whodunnit y convierte parte de la investigación en un trámite.

A esto se suman algunos detalles visuales discutibles. Las escenas con animales, especialmente la muerte de los ciervos, resultan tan artificiales que sacan al espectador del relato. El uso de efectos digitales es comprensible por razones legales y éticas, pero aquí es tan evidente que roza lo descuidado. En una serie que se apoya tanto en la autenticidad del entorno, este tipo de fallos pesan más de lo deseable.

Eso sí, donde Indomable acierta sin reservas es en su atmósfera. Yosemite está filmado con una belleza casi obscena. El paisaje impone silencio, distancia y una sensación de pequeñez que dialoga perfectamente con el estado emocional de los personajes. La naturaleza no consuela ni castiga: simplemente está ahí, recordando que la tragedia humana es irrelevante a escala geológica.

Sam Neill, como jefe de los guardabosques y mentor de Turner, aporta solvencia y una autoridad serena que eleva cada escena en la que aparece. Su personaje refuerza uno de los temas centrales de la serie: la paternidad entendida no como refugio, sino como herida permanente. Indomable insiste en que educar no es domesticar, y en que traer hijos al mundo implica aceptar un riesgo que nunca se controla del todo.

El problema es que todo esto se articula dentro de una estructura demasiado previsible. El giro final cumple, pero no sacude. Se acepta más por inercia narrativa que por verdadero impacto. La serie parece consciente de ello y compensa con emoción, música y paisaje, confiando en que el espectador perdone lo que ya ha visto venir.

Indomable es, en definitiva, una buena serie. Honesta, bien interpretada, visualmente poderosa. Pero también es una serie cauta, excesivamente respetuosa con ciertos códigos contemporáneos y poco arriesgada en su resolución. Conmueve más de lo que sorprende. Se disfruta más por el camino que por la meta.

Una historia que se deja ver con placer en Netflix, que invita a la contemplación y al duelo, pero que difícilmente quedará grabada en la memoria de quienes esperaban algo más que un crimen bellamente envuelto. Porque todo funciona, todo encaja y nada descoloca demasiado. Quizá porque en estos tiempos es más fácil simular un ciervo con inteligencia artificial que engañar a un espectador con demasiadas horas de novela negra encima.

Sergio Calle Llorens


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