Indomable se presenta como un thriller
pausado, envuelto en la majestuosidad del Parque Nacional de Yosemite, y
sostenido sobre una promesa clásica: la naturaleza como escenario donde la
violencia humana cree poder esconderse. La serie, creada por Mark L. Smith
junto a Elle Smith, apuesta por un relato contenido, emocionalmente cargado
y visualmente deslumbrante. Y durante buena parte de su metraje cumple. Otra
cosa es que sorprenda.
El punto de
partida es potente: el cadáver de una joven, Lucy Cook, se precipita desde las
alturas de El Capitán ante la mirada atónita de unos escaladores.
Accidente imposible, caída sospechosa, violencia previa. El encargado de
investigar el caso es Kyle Turner, agente del Servicio de Parques
Nacionales, interpretado por un Eric Bana en uno de esos registros que
le sientan bien: rostro cansado, mirada opaca y una tristeza que no necesita
ser explicada.
Turner es un
personaje moldeado por la pérdida. La muerte de su hijo, compartida con su
exesposa Jill Bowden (una sólida Rosemarie DeWitt), no solo explica su
aislamiento emocional, sino que funciona como el verdadero motor de la serie.
Aquí no se investiga solo un crimen: se investiga una culpa que nunca termina
de encontrar descanso. En ese sentido, Indomable es menos un thriller
que un drama disfrazado de procedural.
El relato se completa con la llegada
de Naya Vasquez (Lily Santiago), ex policía de Los Ángeles reciclada
como guardabosques, huyendo de una amenaza urbana que la serie dosifica con
cierta torpeza. Su relación con Turner evita el romance explícito y se apoya
más en la complicidad entre dos personajes dañados. Funciona, aunque también
responde a un esquema reconocible.
Y ese es
uno de los problemas de Indomable: la sensación constante de estar viendo una historia bien
contada, pero demasiado conocida.
Para quien
lleva demasiados años leyendo novela negra, viendo series de investigación y
ejercitando las famosas little grey cells, el misterio se
resuelve pronto. En mi caso, el asesino de la joven estaba identificado desde
el primer episodio. No por genialidad deductiva, sino porque la serie juega con
cartas marcadas. El abanico de sospechosos responde a un patrón tan reconocible
que elimina cualquier verdadero sobresalto.
Además, Indomable
no puede —ni quiere— traicionar ciertos dogmas contemporáneos. El personaje
nativo americano, presentado como sospechoso potencial, está automáticamente
blindado. Todos sabemos que no puede ser el culpable. No por pruebas, sino por
corrección ideológica. La serie necesita señalarlo, tensar la cuerda, pero
nunca romperla. El resultado es un falso suspense que resta fuerza al whodunnit
y convierte parte de la investigación en un trámite.
A esto se
suman algunos detalles visuales discutibles. Las escenas con animales,
especialmente la muerte de los ciervos, resultan tan artificiales que sacan al
espectador del relato. El uso de efectos digitales es comprensible por
razones legales y éticas, pero aquí es tan evidente que roza lo descuidado.
En una serie que se apoya tanto en la autenticidad del entorno, este tipo de
fallos pesan más de lo deseable.
Eso sí,
donde Indomable acierta sin reservas es en su atmósfera. Yosemite
está filmado con una belleza casi obscena. El paisaje impone silencio,
distancia y una sensación de pequeñez que dialoga perfectamente con el estado
emocional de los personajes. La naturaleza no consuela ni castiga: simplemente
está ahí, recordando que la tragedia humana es irrelevante a escala geológica.
Sam
Neill, como jefe de los guardabosques y mentor de Turner, aporta solvencia y una autoridad
serena que eleva cada escena en la que aparece. Su personaje refuerza uno de
los temas centrales de la serie: la paternidad entendida no como refugio, sino
como herida permanente. Indomable insiste en que educar no es
domesticar, y en que traer hijos al mundo implica aceptar un riesgo que nunca
se controla del todo.
El problema
es que todo esto se articula dentro de una estructura demasiado previsible. El
giro final cumple, pero no sacude. Se acepta más por inercia narrativa que por
verdadero impacto. La serie parece consciente de ello y compensa con emoción,
música y paisaje, confiando en que el espectador perdone lo que ya ha visto
venir.
Indomable es, en definitiva, una buena serie.
Honesta, bien interpretada, visualmente poderosa. Pero también es una serie
cauta, excesivamente respetuosa con ciertos códigos contemporáneos y poco
arriesgada en su resolución. Conmueve más de lo que sorprende. Se disfruta más
por el camino que por la meta.
Una historia
que se deja ver con placer en Netflix, que invita a la contemplación y
al duelo, pero que difícilmente quedará grabada en la memoria de quienes
esperaban algo más que un crimen bellamente envuelto. Porque todo funciona,
todo encaja y nada descoloca demasiado. Quizá porque en estos tiempos es más
fácil simular un ciervo con inteligencia artificial que engañar a un espectador
con demasiadas horas de novela negra encima.
Sergio Calle Llorens
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