miércoles, 3 de junio de 2026

¡SPIDER-NOIR!

 


Hay series que entretienen, series que sorprenden y series que intentan parecer inteligentes. Spider-Noir pertenece a una categoría mucho más rara: la de las obras que poseen una personalidad propia desde el primer fotograma. La adaptación televisiva del personaje de Marvel no se limita a trasladar los cómics a la pantalla; los utiliza como punto de partida para construir una declaración de amor al cine negro clásico, a las novelas pulp y a esa Nueva York imaginaria donde la lluvia parece caer incluso cuando no llueve. La decisión de permitir al espectador elegir entre la versión en color y la versión en blanco y negro es una genialidad. Sí, ambas funcionan, pero no resulta extraño que muchos espectadores prefieran la experiencia monocromática. Vista así, la serie parece escapada de una película perdida entre los fantasmas de El tercer hombre y las novelas de Raymond Chandler. Las sombras adquieren peso físico, el humo de los cigarrillos se convierte en parte de la escenografía y cada callejón parece esconder una traición.

Nicolas Cage ofrece probablemente una de las interpretaciones más inspiradas de toda su carrera reciente. No interpreta simplemente a un superhéroe envejecido; interpreta a un hombre derrotado por el tiempo, por los errores y por los recuerdos. Su Ben Reilly camina por la ciudad como uno de aquellos detectives privados de la literatura hard boiled que sabían que el caso estaba perdido antes incluso de comenzarlo. Cage entiende perfectamente que Spider-Noir no trata tanto sobre lanzar telarañas como sobre cargar con cicatrices. A su alrededor encontramos un reparto extraordinario. Lamorne Morris, en el papel del periodista Robbie Robertson, está sencillamente magnífico; aporta humanidad, inteligencia y una presencia que roba escenas sin esfuerzo. Li Jun Li convierte a su cantante de club nocturno en una figura magnética, una de esas mujeres que parecen haber salido directamente de una novela de los cincuenta, donde cada sonrisa oculta un secreto y cada mirada contiene una amenaza. Abraham Popoola, Brendan Gleeson y el resto del reparto construyen una galería de villanos, mafiosos y supervivientes que enriquecen constantemente el universo de la serie. No hay personajes de relleno. Todos parecen tener una historia detrás.

Lo más interesante para los lectores del cómic original es comprobar cómo la serie se atreve a separarse del material de partida. El Spider-Man Noir de Marvel era esencialmente Peter Parker trasladado a una realidad alternativa de los años treinta. Aquí, en cambio, los creadores toman riesgos y transforman la propuesta en algo más adulto y melancólico. La serie se acerca más a una novela detectivesca con ecos superheroicos que a una adaptación convencional de Marvel. Esa libertad creativa podría haber sido un desastre, pero termina siendo precisamente su mayor virtud. Spider-Noir no pretende copiar las viñetas; pretende capturar su alma. El resultado es una de las aproximaciones más elegantes y atmosféricas que se han hecho jamás al universo arácnido. Como habría escrito Chandler, las calles están llenas de sombras, los hombres llevan demasiados secretos encima y nadie es exactamente quien dice ser. En medio de toda esa oscuridad camina Nicolas Cage con sombrero, gabardina y una máscara que parece esconder mucho más que una identidad. Y durante ocho episodios uno tiene la sensación de estar contemplando no una serie de superhéroes, sino un sueño febril en blanco y negro del que no quiere despertar.

Sergio Calle Llorens


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