sábado, 3 de enero de 2026

¡ADIÓS A STRANGER THINGS!


 

Las despedidas no se anuncian con trompetas ni con fuegos artificiales. Llegan despacio, como una canción que sabes que está a punto de terminar y aun así no quieres que termine nunca. Así se ha ido Stranger Things. No como una serie, sino como una pandilla. Como un verano eterno que al cerrarse te devuelve de golpe a la edad adulta.

Stranger Things nunca fue solo una historia de monstruos. Eso lo supimos desde el primer capítulo, aunque no supiéramos explicarlo. Era una carta de amor a los ochenta escrita por alguien que no idealizaba la década, sino que la recordaba con sus luces y sus heridas. Bicicletas como caballos de batalla, sótanos como catedrales del pensamiento, walkie talkies como cordones umbilicales entre amigos. Y sobre todo esa idea casi olvidada de que los niños podían ser valientes sin dejar de ser niños.

Las claves estaban ahí desde el principio, pero nadie las dijo en voz alta. El verdadero monstruo nunca fue el Demogorgon ni el Upside Down. Fue el miedo a crecer. El terror a que el mundo adulto, gris y normativo, acabara devorando ese universo donde todo era posible. Hawkins no era un pueblo. Era un estado mental. Un lugar donde la amistad aún podía salvarte la vida.

Eleven no era solo una niña con poderes. Era la metáfora de todos los niños raros, callados, diferentes, a los que el mundo intenta domesticar a base de experimentos, etiquetas o diagnósticos. Hopper no era solo un sheriff. Era el adulto roto que aprende a volver a creer gracias a los niños. Joyce no era solo una madre desesperada. Era la intuición, esa voz que el sistema siempre ignora pero que casi siempre tiene razón.

Y luego está el Upside Down. Ese mundo invertido que muchos entendieron como una dimensión paralela, cuando en realidad era una alegoría brutal de la depresión, del trauma, del duelo. Un lugar frío, detenido, donde todo lo que amas sigue existiendo, pero ya no puedes tocarlo. Vecna no fue más que la culminación lógica de esa idea: el dolor convertido en entidad, el resentimiento que se alimenta de recuerdos rotos.

La última temporada ha sido, en muchos sentidos, excesiva. Más larga, más oscura, más consciente de sí misma. A veces demasiado pendiente de cerrar tramas, de explicarlo todo, de no dejar cabos sueltos. Stranger Things funcionaba mejor cuando sugería que cuando explicaba. Cuando el misterio respiraba. Cuando no necesitaba verbalizar cada trauma para que lo entendiéramos.

También se le puede reprochar cierto miedo a matar a sus criaturas. La serie coquetea constantemente con la pérdida definitiva, pero retrocede en el último momento. Los ochenta que homenajea no eran tan piadosos. Ahí morían personajes y nadie pedía disculpas. Ese exceso de protección emocional le resta algo de verdad al desenlace.

Y sin embargo, pese a todo, el adiós duele. Duele como dolía cerrar un libro de Los Cinco de Enid Blyton. No porque fuera alta literatura, sino porque significaba abandonar a unos amigos. Decirles adiós sabiendo que ya no volverías a vivir aventuras con ellos, que el verano había terminado, que la linterna se apagaba.

Stranger Things ha sido eso. Un verano largo. Un refugio. Una serie que nos recordó que el terror puede ser entrañable, que la nostalgia no es solo un ejercicio estético, sino una forma de duelo. Dueles por lo que fuiste. Por quien eras cuando creías que el mundo podía salvarse con una pandilla, una bici y una canción en cassette.

Ahora toca cerrar la puerta del sótano, apagar las luces de Hawkins y aceptar que hemos crecido un poco más. Pero que nos quiten lo bailado. Porque durante unos años volvimos a ser niños. Y eso, en este mundo, es casi un milagro.

Sergio Calle Llorens

 


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