Las
despedidas no se anuncian con trompetas ni con fuegos artificiales. Llegan
despacio, como una canción que sabes que está a punto de terminar y aun así no
quieres que termine nunca. Así se ha ido Stranger Things. No como una
serie, sino como una pandilla. Como un verano eterno que al cerrarse te
devuelve de golpe a la edad adulta.
Stranger
Things nunca fue solo una historia de monstruos. Eso lo supimos desde el primer
capítulo, aunque no supiéramos explicarlo. Era una carta de amor a los ochenta
escrita por alguien que no idealizaba la década, sino que la recordaba con sus
luces y sus heridas. Bicicletas como caballos de batalla, sótanos como
catedrales del pensamiento, walkie talkies como cordones umbilicales entre
amigos. Y sobre todo esa idea casi olvidada de que los niños podían ser
valientes sin dejar de ser niños.
Las claves
estaban ahí desde el principio, pero nadie las dijo en voz alta. El verdadero
monstruo nunca fue el Demogorgon ni el Upside Down. Fue el miedo a
crecer. El terror a que el mundo adulto, gris y normativo, acabara devorando
ese universo donde todo era posible. Hawkins no era un pueblo. Era un estado
mental. Un lugar donde la amistad aún podía salvarte la vida.
Eleven no era solo una niña con poderes.
Era la metáfora de todos los niños raros, callados, diferentes, a los que el
mundo intenta domesticar a base de experimentos, etiquetas o diagnósticos.
Hopper no era solo un sheriff. Era el adulto roto que aprende a volver a creer
gracias a los niños. Joyce no era solo una madre desesperada. Era la intuición,
esa voz que el sistema siempre ignora pero que casi siempre tiene razón.
Y luego está
el Upside Down. Ese mundo invertido que muchos entendieron como una
dimensión paralela, cuando en realidad era una alegoría brutal de la depresión,
del trauma, del duelo. Un lugar frío, detenido, donde todo lo que amas sigue
existiendo, pero ya no puedes tocarlo. Vecna no fue más que la
culminación lógica de esa idea: el dolor convertido en entidad, el
resentimiento que se alimenta de recuerdos rotos.
La última
temporada ha sido, en muchos sentidos, excesiva. Más larga, más oscura, más
consciente de sí misma. A veces demasiado pendiente de cerrar tramas, de
explicarlo todo, de no dejar cabos sueltos. Stranger Things funcionaba mejor
cuando sugería que cuando explicaba. Cuando el misterio respiraba. Cuando
no necesitaba verbalizar cada trauma para que lo entendiéramos.
También se
le puede reprochar cierto miedo a matar a sus criaturas. La serie coquetea
constantemente con la pérdida definitiva, pero retrocede en el último momento.
Los ochenta que homenajea no eran tan piadosos. Ahí morían personajes y
nadie pedía disculpas. Ese exceso de protección emocional le resta algo de
verdad al desenlace.
Y sin
embargo, pese a todo, el adiós duele. Duele como dolía cerrar un libro de Los
Cinco de Enid Blyton. No porque fuera alta literatura, sino porque
significaba abandonar a unos amigos. Decirles adiós sabiendo que ya no
volverías a vivir aventuras con ellos, que el verano había terminado, que la
linterna se apagaba.
Stranger
Things ha sido eso. Un verano largo. Un refugio. Una serie que nos recordó que el
terror puede ser entrañable, que la nostalgia no es solo un ejercicio estético,
sino una forma de duelo. Dueles por lo que fuiste. Por quien eras cuando creías
que el mundo podía salvarse con una pandilla, una bici y una canción en
cassette.
Ahora toca
cerrar la puerta del sótano, apagar las luces de Hawkins y aceptar que
hemos crecido un poco más. Pero que nos quiten lo bailado. Porque durante unos
años volvimos a ser niños. Y eso, en este mundo, es casi un milagro.
Sergio Calle
Llorens
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