domingo, 4 de enero de 2026

¡BAJO LA LLUVIA, NADIE ES INOCENTE!

 



 Cae la lluvia queda en mi pueblecito mediterráneo. El silencio apenas se rompe con alguna ráfaga de viento que empuja las frías gotas contra los cristales. En mi eficiente chimenea, los troncos proyectan unas extrañas sombras danzarinas de color rojizo. Esta vez, la celestial pirotecnia no hace acto de presencia. Le he tomado afición a estas mañanas pasadas por agua, en las que nunca parece pasar nada. Pero pasa, y mucho.

De hecho, Maduro ha sido capturado por el ejército de Estados Unidos y sacado de Venezuela. Ya está el bigotudo tras las rejas. Algunos dicen que por dictador y narcotraficante. Otros, que por el interés de Trump en el petróleo venezolano. Imagino que los cubanos y los rusos estaban en el país caribeño por su ron y sus mujeres. Mi opinión es que a cada cerdo le llega su San Martín.

Y hablando de cerdos, los ayatolás están muy asustados por la revolución que han iniciado las mujeres. Esas persas que se niegan a llevar velo y a seguir los preceptos del islam más radical. El descontento de la población es tan atronador como los silencios de las feministas occidentales. Unas se juegan la vida y otras miran para otro lado.

Cae la lluvia sin pausa, pero sin prisa. Es un elemento líquido agradable y casi invisible que llena los arroyos parleros de felicidad local. Debido a los chubascos, me va a ser difícil hacer la caminata matutina que me templa el cuerpo y los recuerdos, a pesar de que cada vez soy menos dado a remover caldos añejos. Sin embargo, me viene a la memoria el impresentable de Zapatero defendiendo la indefendible dictadura bolivariana, mientras los presos políticos se pudren en la cárcel. El miedo, al parecer, ha cambiado de bando. ¿Terminará el cejitas en una fría cárcel de Nueva York, como su amigo Nicolás? El tiempo lo dirá.

Y hablando del mismo, recuerdo que en el siglo XVI existía la costumbre de llamar a la servidumbre con toques de campana. Era un privilegio exclusivo de los cardenales. Sin embargo, un embajador en la Santa Sede hizo suya la costumbre. Don Enrique de Guzmán y Ribera, padre del que luego sería el Conde Duque de Olivares, fue amonestado por el papa Sixto V, ya que el embajador francés se había quejado en numerosas ocasiones al respecto. El español hizo caso al Santo Padre y trocó la campanilla por un cañón para llamar a sus criados. Aquella potente detonación sembró el pánico entre los romanos, que temían estar siendo víctimas de un ataque. A consecuencia de todo ello, el Papa no tuvo más remedio que envainársela y conceder también a la embajada de España aquel privilegio cardenalicio.

Cosas que pasaban cuando los españoles éramos los dueños del mundo. Hoy todo ha cambiado, menos la lluvia, que sigue cayendo sobre las casitas blancas donde vivimos a estas orillas, indiferente a imperios, dictadores y redenciones tardías. La lluvia no toma partido. No vota. No firma tratados. Solo cae.

Y mientras cae, algunos hombres son sacados de palacios y encerrados en jaulas, no por justicia divina, sino porque alguien más fuerte ha decidido que su tiempo ha terminado. Trump ha capturado a Maduro porque puede. Porque el poder, cuando se ejerce sin complejos, no necesita explicación. La historia no siempre avanza con razón, pero casi siempre lo hace con fuerza. Y esta mañana, bajo la lluvia, queda claro quién manda… y quién ya solo espera a que escampe.

Sergio Calle Llorens

sábado, 3 de enero de 2026

¡ADIÓS A STRANGER THINGS!


 

Las despedidas no se anuncian con trompetas ni con fuegos artificiales. Llegan despacio, como una canción que sabes que está a punto de terminar y aun así no quieres que termine nunca. Así se ha ido Stranger Things. No como una serie, sino como una pandilla. Como un verano eterno que al cerrarse te devuelve de golpe a la edad adulta.

Stranger Things nunca fue solo una historia de monstruos. Eso lo supimos desde el primer capítulo, aunque no supiéramos explicarlo. Era una carta de amor a los ochenta escrita por alguien que no idealizaba la década, sino que la recordaba con sus luces y sus heridas. Bicicletas como caballos de batalla, sótanos como catedrales del pensamiento, walkie talkies como cordones umbilicales entre amigos. Y sobre todo esa idea casi olvidada de que los niños podían ser valientes sin dejar de ser niños.

Las claves estaban ahí desde el principio, pero nadie las dijo en voz alta. El verdadero monstruo nunca fue el Demogorgon ni el Upside Down. Fue el miedo a crecer. El terror a que el mundo adulto, gris y normativo, acabara devorando ese universo donde todo era posible. Hawkins no era un pueblo. Era un estado mental. Un lugar donde la amistad aún podía salvarte la vida.

Eleven no era solo una niña con poderes. Era la metáfora de todos los niños raros, callados, diferentes, a los que el mundo intenta domesticar a base de experimentos, etiquetas o diagnósticos. Hopper no era solo un sheriff. Era el adulto roto que aprende a volver a creer gracias a los niños. Joyce no era solo una madre desesperada. Era la intuición, esa voz que el sistema siempre ignora pero que casi siempre tiene razón.

Y luego está el Upside Down. Ese mundo invertido que muchos entendieron como una dimensión paralela, cuando en realidad era una alegoría brutal de la depresión, del trauma, del duelo. Un lugar frío, detenido, donde todo lo que amas sigue existiendo, pero ya no puedes tocarlo. Vecna no fue más que la culminación lógica de esa idea: el dolor convertido en entidad, el resentimiento que se alimenta de recuerdos rotos.

La última temporada ha sido, en muchos sentidos, excesiva. Más larga, más oscura, más consciente de sí misma. A veces demasiado pendiente de cerrar tramas, de explicarlo todo, de no dejar cabos sueltos. Stranger Things funcionaba mejor cuando sugería que cuando explicaba. Cuando el misterio respiraba. Cuando no necesitaba verbalizar cada trauma para que lo entendiéramos.

También se le puede reprochar cierto miedo a matar a sus criaturas. La serie coquetea constantemente con la pérdida definitiva, pero retrocede en el último momento. Los ochenta que homenajea no eran tan piadosos. Ahí morían personajes y nadie pedía disculpas. Ese exceso de protección emocional le resta algo de verdad al desenlace.

Y sin embargo, pese a todo, el adiós duele. Duele como dolía cerrar un libro de Los Cinco de Enid Blyton. No porque fuera alta literatura, sino porque significaba abandonar a unos amigos. Decirles adiós sabiendo que ya no volverías a vivir aventuras con ellos, que el verano había terminado, que la linterna se apagaba.

Stranger Things ha sido eso. Un verano largo. Un refugio. Una serie que nos recordó que el terror puede ser entrañable, que la nostalgia no es solo un ejercicio estético, sino una forma de duelo. Dueles por lo que fuiste. Por quien eras cuando creías que el mundo podía salvarse con una pandilla, una bici y una canción en cassette.

Ahora toca cerrar la puerta del sótano, apagar las luces de Hawkins y aceptar que hemos crecido un poco más. Pero que nos quiten lo bailado. Porque durante unos años volvimos a ser niños. Y eso, en este mundo, es casi un milagro.

Sergio Calle Llorens

 


miércoles, 31 de diciembre de 2025

¡EL ARTE DE FUSILAR AL LECTOR NEUTRAL!

 



El articulismo local, y por ende regional, está en un estado calamitoso y comatoso. Son textos sin ambición que aburren hasta a los muertos. Si no me creen, dicten cualquier artículo en un camposanto y los difuntos pedirán al sindicato de los huesos gastados de la necrópolis que los cambien a cementerios lejanos.

El error habitual del articulismo actual es creer que escribe para convencer a un ente mitológico llamado “lector neutral”, cuando en realidad ese lector no existe o, como yo pienso, es un gilipollas funcional que solo busca confirmación emocional con forma de opinión templada. Yo he elegido lo contrario: escribir contra él. Señalar sus contradicciones. Mis textos no son para ganar amigos. Son textos para entender por qué se pierden. Mi respuesta a un mundo que me es hostil es una claridad casi estética.

Mis columnas son de fusilamiento. No son pedagogía, no son catecismo democrático ni “espacios de diálogo”. Son actos. Y un acto no pide permiso ni consenso: irrumpe. Mis escritos no son una mesa redonda: son un paredón. El lector no entra a debatir, entra a recibir mandobles de mi espada literaria. El que sale indemne no es el neutral, sino el que ya venía con el estómago preparado. Además, hay algo que muchos no entienden: mis textos no necesitan tener razón porque tienen ritmo, voz y dirección. La lógica es secundaria cuando la prosa apunta, y mis columnas apuntan a la estupidez del personal. No dudan, no matizan para caer bien, no hacen concesiones morales para evitar la cancelación. Eso, hoy, es casi revolucionario. Yo he obligado a muchos a leerme con rabia. Y la rabia es una forma intensa de atención.

Mis columnas, por tanto, no están hechas para cambiar votos. Están escritas para dejar marcas. Y eso es literatura de combate, no opinión. No se mide por aplausos, sino por enemigos. En cambio, leer la prensa local es como asistir a un funeral literario. Los articulistas yacen muertos de creatividad mientras sus columnas se arrastran en coma, repitiendo tópicos como un eco de la mediocridad. Por su parte, el periodismo regional se ha convertido en un geriátrico de ideas: los textos apestan a rutina, la voz está oxigenada por el miedo y la originalidad murió en algún despacho hace décadas.

Para despistar al personal que parece vivir en el Día de los Inocentes de forma continua, suelen citar a personajes importantes de la literatura, la filosofía o la historia. Así quieren hacerse pasar por intelectuales de prestigio, como el calvo rotundo que se deja barba para ver si no nos damos cuenta. Pero nos damos, y mucha. Porque no arriesgan, ni experimentan, ni se exponen. Su voz es plana, rutinaria y sin chispa. No es falta de técnica, sino falta de mirada, de vida y de cojones. El artista debe arriesgar siempre, incluso en contra de la opinión de sus propios seguidores.

Mi caminar al escribir es tan característico como el de John Wayne al entrar en un salón peligroso. El Duque siempre tenía la pistola lista para disparar. Yo también. Mientras tanto, el articulista local es el primero que agacha la cabeza y sale corriendo al sonido del primer disparo. Yo muevo la pluma como un florete, con las mismas ganas de mandar al enemigo a cenar con Jesucristo. Doy un mandoble y luego otro hasta que veo correr la sangre. Nada que ver con el tipejo que se esconde en la oscuridad nocturna de los soportales y que, al brillo de la hoja de la espada, sale en busca de la Santa Inquisición. Yo soy reconocible, mientras que el contorno y hasta el rostro de esta gente se difuminan en los pliegues del tiempo porque, sencillamente, siempre han estado en el lado de los cobardes: señalando al que no se podía defender y agachando la cabeza ante los poderosos.

¡Escribir es meterse en problemas!
¡Espabilad, coño!

Sergio Calle Llorens


martes, 30 de diciembre de 2025

¡EL AUGE DE VOX!

 



Soy el único escritor de España al que echaron de una revista digital por criticar a VOX en un artículo. Mucho ha llovido desde entonces. Solo mi legendaria modestia me ha impedido hablar abiertamente del tema. Hasta hoy, claro. Porque en este día me siento con fuerzas suficientes para comentar el ascenso innegable de la formación de Santiago Abascal.

Los socialistas pensaron, equivocadamente por supuesto, que hablando del peligro de la ultraderecha y subvencionando bodrios del cine español estaba todo hecho. Al contrario. Era la munición que necesitaba VOX. La gasolina para alimentar la máquina.

A cada frase e insulto dirigidos a los verdes, los jóvenes adolescentes comenzaban a sentir, más que nada por sus compañeros de pupitre llegados del Magreb, que existe más odio hacia cristianos, judíos, mujeres y homosexuales en una mezquita salafista que en el ideario de VOX.

Para un joven, apoyar a VOX es como ser punki en los felices años ochenta. Una forma de rebeldía. Un corte de manga a las autoridades. Un grito descarnado en la noche. Hacerle la peseta a esa profesora tan pesada que insistía en no permitir la bandera de España cuando la selección jugaba la Eurocopa.

Para un agricultor, en cambio, es un voto casi obligado por la locura de las regulaciones de la Unión Europea aplicadas a sus productos: impuestos, restricciones y todo tipo de putadas, mientras dejan pasar productos marroquíes. De hecho, Abascal y los suyos solo han tenido que tocar esa fibra y todo el campo extremeño es suyo. No es que crean que el líder del partido al que votan sea la reencarnación de Santiago Apóstol, sino que el tomate marroquí es uno de los jinetes del Apocalipsis.

Para un autónomo sufridor o pequeño empresario, VOX no es la esperanza, sino un voto protesta. Un desafío al PSOE, que los machacaba a impuestos mientras el hermano de Pedro Sánchez argumentaba que vivía en Portugal para no cumplir con sus obligaciones fiscales en España. Lo pudo hacer con unas pruebas totalmente endebles y, pese a ello, la Hacienda de la señora Montero no investigó ni cuestionó los datos presentados por el imputado hermanísimo. La prensa amiga mira para otro lado, el autónomo se cisca en los muertos de la secta del capullo y de los turiferarios del régimen. Así se explica el auge de VOX, cuyo cohete parece ya imparable.

Sí, yo critiqué mucho a VOX, pero les entiendo y les respeto más que a esa secta del capullo que nos lleva siempre al desastre. La vida, después de todo, es una continua elección. Y a veces erramos. Es como elegir a Joan Peñarroya como entrenador principal del Partizan de Belgrado tras la marcha de Zeljko Obradovic. Como cuando el productor te obliga a contratar a la infumable Anabel Alonso para tu próxima película en sustitución de Jessica Chastain.

Dicho de otra manera, los votantes de VOX lo tienen claro y diáfano: no pueden comprarse una casa, no pueden hablar sin ser insultados, los matan a impuestos, los venden y quieren que acepten el pulpo como animal de compañía. Pues va a ser que no.

Además, es que ni siquiera tienen que esforzarse mucho para crecer en la intención de voto. Basta con ver la tele sanchista un rato: el hombre blanco heterosexual es un violador en potencia, miles de votos. Pequeño Marlaska manda a la Guardia Civil a luchar contra el narcotráfico en barcos obsoletos o sin chalecos antibalas, más votos. Los inmigrantes llegan a nuestras costas de forma ilegal y los alojan en hoteles de cuatro estrellas mientras los españoles no llegamos a fin de mes, más votos. Tú, atrapado en un tren de cercanías cada mañana mientras el ministro hace monerías en Twitter, más gasolina para VOX.

Y así, casi sin quererlo, el monstruo crece. No porque sea hermoso, ni justo, ni siquiera especialmente inteligente, sino porque nadie quiso mirarse al espejo cuando aún estaba a tiempo. Porque era más cómodo señalar al votante que preguntarse por qué vota. Más rentable moralmente insultar que escuchar. Más fácil llamar fascista al descontento que asumir la propia responsabilidad en el naufragio.

No hace falta ser licenciado en óptica para ver la realidad. Basta con abrir los ojos. Y cuando un país prefiere cerrarlos, no debería sorprenderse de que otros aprendan a mirar en la oscuridad.

Sergio Calle Llorens

lunes, 29 de diciembre de 2025

¡CARNE PARA LINDA!


 


Carne para Linda, de Loquillo y los Trogloditas, fue una de esas canciones. En los años 80 no hablábamos de vampiros con colmillos ni de monstruos digitales. Hablábamos de chicas raras, nocturnas, peligrosamente bellas. Y Linda era eso y algo más.

Linda no come carne cualquiera.
Linda solo consume carne de los muertos.

Eso no es una metáfora. Es una declaración de intenciones.

Cuando escuchaba esa canción, yo no veía un escenario ni luces de concierto. Yo veía cementerios. Verjas oxidadas. Caminos de grava. La luna reflejada en lápidas blancas. Veía a Linda caminando despacio, con tacones que no hacían ruido, buscando su cena entre nombres borrados por el tiempo.

Linda no corría.
Linda sabía esperar.

A veces la imaginaba bailando con el muchacho más pálido. No en una discoteca, sino en algún salón imposible entre tumbas, donde la música sonaba baja y nadie respiraba. Un baile lento, elegante, casi educado. Porque Linda no era salvaje. Era exquisita.

El rock español de los 80 tenía eso: sabía hablar de la muerte sin solemnidad, del deseo sin pedir perdón, del miedo sin efectos especiales. Linda era un mito urbano, una criatura de canción que podía cruzarse contigo a la salida del metro o desaparecer tras un ciprés.

Escuchar Carne para Linda era aprender que la noche no era solo diversión. Era territorio. Y que algunos personajes pertenecían a ella.

Por eso encaja aquí. Porque Linda es familia del Guardián del Cementerio. Ella también recorre los pasillos de lo que ya no vive. Ella también sabe que los muertos no siempre descansan. Algunos alimentan historias.

Este aullido no es solo un homenaje a Loquillo y a los Trogloditas. Es un saludo a una época en la que la música te hacía imaginar mundos oscuros sin necesidad de verlos. En la que una canción podía llevarte de la mano hasta un cementerio… y soltarte allí, solo, con una sonrisa incómoda.

Linda sigue saliendo de noche.
Sigue teniendo hambre.
Y algunos, cuando suena el rock adecuado, todavía la seguimos con la mirada.

Sergio Calle Llorens

jueves, 18 de diciembre de 2025

¡FELIZ NAVIDAD!

 



¡Mi picha es una dicha y la de su marido, una desdicha! ¡Su hija se ha echado un novio que es tan horripilante como Vinicius! ¡No le hace caso ni la inteligencia artificial cuando le da instrucciones detalladas! ¡Su mujer no sabe que la lengua sirve para algo más que para hablar! ¡Su cuñado cree en Pedro Sánchez como el creador del universo! ¡Su yerno defiende firmemente que, en la Edad del Bronce, los hombres tenían una estructura como la de un gorila! ¡Su suegra, fea de cojones, afirma que los anfibios viven en manadas y que entre ellos se encuentran el boquerón, la ballena y el tifón! ¡La novia de su primo, experta en todo como Gonzalo Miró, concluye que los fenicios eran los únicos semitas navegables!

¡No sufra más! Sonría, que la Navidad está a la vuelta de la esquina. Es hora de brindar, de querernos y de disfrutar, aunque haya personas que cambian el saludo típico de Feliz Navidad por el de Felices Fiestas. Gentes que luego no paran de felicitar a los musulmanes que no conocen por Ramadán, como tampoco conocen la vergüenza.

Haga como un servidor: beber, reír y cachondearse de un mundo regido por los más idiotas de cada lugar. Porque mientras estemos aquí hay que dar gracias al cielo, incluso cuando los lerdos llegan a nuestras orillas en calidad de invitados. Sí, ya sé que es duro escuchar en Nochebuena al cuñado de turno afirmar que la Reconquista la comenzó Don Pelayo, que era hijo de Favilla, el del lobo, pero es lo que hay y tenemos que convivir con ello. Sin ir más lejos, recuerdo una Nochevieja en la que el novio de mi prima, experto en casi todo, me dijo que un ejemplo de pez volador era la rana. Aquella lejana noche fui yo quien pegó un salto volador hasta sentarme en el otro extremo de la mesa.

Llega la Navidad, y hay que celebrarla hasta que llegue la noche eterna y solitaria. Ya habrá tiempo entonces de acordarse, si es que nos dejan, de aquellos momentos en los que el patán de turno decía que los patos, al estar siempre en el agua, son como acuarios.

¡Disfruten! ¡Y mientras ellos discuten si los anfibios viven en manadas, nosotros brindamos.
Sergio Calle Llorens


miércoles, 17 de diciembre de 2025

¡MARE OF EASTTOWN: CUANDO LA TRISTEZA TAMBIÉN INVESTIGA!


 

Hay series que se ven.
Y hay series que te miran.
Mare of Easttown pertenece peligrosamente al segundo grupo.

Porque esto no es solo una historia policial. Es un retrato minucioso de la culpa, del duelo enquistado, de los pueblos pequeños donde todos se conocen demasiado y nadie termina de salvarse. Un lugar donde el pasado no es un recuerdo, sino una condena con código postal.

La serie, disponible en HBO, nos sitúa en una pequeña comunidad de Pensilvania, un escenario gris, húmedo, cotidiano… y por eso mismo inquietante. Allí vive Mare Sheehan, detective de homicidios, mujer cansada, madre, exmujer, vecina, leyenda local venida a menos y, sobre todo, ser humano al borde del colapso funcional.

No diré más del argumento porque no hace falta. Mare of Easttown no avanza por giros espectaculares, sino por acumulación de silencios. Aquí el crimen es importante, sí, pero lo verdaderamente devastador es todo lo que rodea al crimen: las miradas esquivas, las cocinas tristes, los bares con olor a resignación y esa sensación constante de que la vida pasó… y no avisó.

Y en el centro de todo está Kate Winslet, que no interpreta a Mare: la habita. Sin glamour, sin concesiones, sin miedo a resultar antipática, brusca o rota. Winslet, además de protagonista, es coproductora de la serie, y eso se nota: el personaje no está diseñado para gustar, sino para ser verdad. Camina mal, habla peor, se equivoca mucho y arrastra un dolor que no necesita subrayado musical.

Es una actuación absolutamente magistral, de las que no se olvidan, de las que hacen que el espectador se sienta un poco indiscreto, como si estuviera espiando la vida real de alguien que no pidió ser observado.

Entre los elementos menos conocidos de la serie hay varios detalles deliciosos:
– El uso deliberado del acento local, tan marcado que incluso algunos espectadores estadounidenses necesitaron subtítulos.
– La negativa consciente a embellecer el entorno: Easttown no es fotogénica, y no quiere serlo.
– Un guion que se permite el lujo de la pausa, del diálogo incómodo, del humor seco que aparece cuando menos lo esperas.
– Y una dirección que entiende que el terror más eficaz no siempre viene de lo sobrenatural, sino de lo cotidiano.

Mare of Easttown es una serie sobre un crimen, sí, pero sobre todo es una serie sobre lo que queda cuando el crimen ya ha ocurrido: las familias, las heridas abiertas, los errores que no prescriben y esa pregunta incómoda que flota durante todos los episodios:
¿qué hacemos con el dolor cuando ya no cabe dentro?

No es una serie para devorar alegremente. Es una serie para sentarse, mirar fijamente y aceptar que, a veces, la oscuridad no necesita fantasmas.

Y aun así, o precisamente por eso, es hermosa.

Una de esas historias que no se olvidan cuando aparecen los créditos.
Una serie que se queda contigo.
Como un pueblo pequeño.
Como un secreto.
Como una culpa.

Desde mi atalaya mediterránea, esta recomendación no es solo entusiasta:
es una invitación a sufrir con estilo.

Sergio Calle Llorens

martes, 9 de diciembre de 2025

¡ACOSOS, BRAGUETAS Y SILENCIOS!

 



Del “Iré depilado por si tienes un desliz”,  que le escribía el concejal socialista de Torremolinos Antonio Navarro a una compañera, a los paseos de macho ibérico de Francisco Salazar por Moncloa con la bragueta abierta para que sus subordinadas le vieran el paquetillo. Intentos de empotramiento, baboseo, conductas obscenas y grave acoso sexual han tenido una misma respuesta en Pedro Sánchez: “Tranquilas, yo estoy bien y ya he comido”.

Hasta ahora todos habían estado callados como puertas, y he escrito puertas y no putas, no vaya a ser que, con la querencia que tienen los de la secta del capullo por las meretrices, terminen pasándoselas por la piedra a cargo de los presupuestos. Ya saben, queridos muñequitos del andamio, su modus operandi habitual. Toda precaución es poca con esta gente que, siendo feos y repugnantes de cojones, ligaban menos que los Teletubbies en su juventud y ahora usan su poder político para pillar cacho. Por eso, si usted tiene, además de querencia por este blog, un negocio entre las piernas, cósase la raja mientras uno raja del hecho, por otra parte indiscutible, de que esta gente es feminista cuando le interesa, ya que los acusados de actos poco decorosos sólo han sido apartados cuando las denuncias han llegado a la Fiscalía. Ese feo de Sevilla representando actos sexuales en el lugar de trabajo. Ese león de Borsalino acosando telefónicamente a una compañera. Y nadie ha dicho “yo sí te creo, hermana”.

La segunda respuesta ante el escándalo, tardía por supuesto, ha sido fiscalizar las redes sociales para que el malvado patriarcado no use términos como Charos o planchabragas. A eso lo llamo yo matar moscas a cañonazos, aunque con estas mosquitas muertas nunca se sabe, y puede que algún día despierten del sueño y vean que la única mujer a salvo con los miembros masculinos del PSOE es la imputada Begoña Gómez. Menos mal que se autodenominan feministas; si no, andarían todo el día como sátiros por ahí con la picha al aire.

Visto lo visto, habría que considerar crear puntos violetas seguros para las militantes socialistas y, ya de paso, facilitarles (no importa lo feas que sean) sprays de gas pimienta para repeler a los babosos de turno. También podríamos incluir en el kit antiacosadores el bromuro para que el chorra de Eduardo Casanova no le toque la churra a Broncano en horario de máxima audiencia.

¡Algo habrá que hacer!

Sergio Calle Llorens

jueves, 4 de diciembre de 2025

¡THE TREMBLING LIGHT OF IAN CURTIS!

 



There are artists whose lives become inextricable from the shadows they tried to outrun, and Ian Curtis was one of them. To speak of him is to step into a half-lit room where melody, melancholy and fragile brilliance still tremble in the air. Leader of Joy Division, poet of desolation, accidental prophet of a music that would change the world, he left behind a body of work that continues to pulse with an uneasy, unforgettable clarity.

Curtis was not merely a singer; he was a writer of rare sensibility. His lyrics were not songs in the usual sense but private confessions written in a coded, trembling hand. In Shadowplay, Atmosphere or Love Will Tear Us Apart, he captured the internal landscapes of a man wrestling with forces far larger than himself. His words carried the weight of tectonic emotions: guilt, longing, detachment, the fierce desire to belong coupled with the unbearable feeling of being perpetually exiled from oneself. Where other lyricists adorned their lines, Curtis stripped his bare; he wrote as though telling the truth might burn him, yet lied by omission every time he tried to hide his pain.

He was, in life, a gentle contradiction. Shy yet commanding, distant yet desperately hungry for connection, he could charm a room and vanish from it emotionally in the same instant. There was a quiet seriousness in him, a sense that he was always somewhere else, listening to an inner radio that broadcast on frequencies no one else could tune into. His epilepsy only sharpened that impression. The seizures came unpredictably, carving fear into his days and guilt into his nights. On stage, they blurred the line between performance and collapse; his jerking, frenetic movements became a terrifying sort of choreography, a dance with an illness that seemed to haunt him even in the moments of greatest applause.

Amid all of this—his youth, his illness, his sudden fame—Curtis found himself trapped in a painful emotional triad. He loved his wife, Deborah, the girl who had known him before the myth, before the burden of genius. She represented normality, family, a world in which he could have been simply Ian. But he also fell deeply for Annik Honoré, the Belgian journalist whose quiet presence offered him an almost sacred tenderness. Annik was not merely a lover; she was a refuge, a confidante, someone who seemed to understand the loneliness that swelled inside him. The conflict between these two loves, each true in its way, tore him apart. His heart became a battlefield with no victor, only casualties.

Joy Division was his last lighthouse. With Bernard Sumner, Peter Hook and Stephen Morris, Curtis helped create a sound that felt like the industrial heartbeat of a new era. Their music was a cold flame—minimalist, haunting, yet alive with electricity. They took the ruins of punk and built something more introspective, more architectural, filled with echoing corridors and sudden bursts of violence. The band didn’t invent post-punk; they crystallized it. They gave it a vocabulary: metallic basslines that marched rather than danced, guitars that shimmered like broken glass, drums that hit with the precision of factory pistons. And at the center, Ian’s voice—baritone, distant, and impossibly human.

Their influence still reverberates. Every band that has tried to articulate the quiet despair of modern life owes something to Joy Division. Every singer who dares to reveal the cracks in his soul stands in the long shadow of Ian Curtis. He died at twenty-three, but his songs remain ageless, suspended in a kind of permanent twilight. They do not grow old; they simply continue.

To remember Ian Curtis is not only to mourn him, but to marvel at the gentleness and force that coexisted within him. He was a man who wrote like a prophet and lived like a wounded boy, who offered the world his darkness and in doing so illuminated something within all of us. His life was brief, but his light—trembling, flickering, unmistakably real—still reaches us, decades later, from the far side of the night.

Sergio Calle Llorens


lunes, 1 de diciembre de 2025

¡MR MERCEDES!


 


Señoras, señores… y criaturas que prefieren no revelar su nombre. Hoy, desde este despacho sombrío donde las sombras toman notas sin permiso, hablaremos de una serie que, sin necesidad de fantasmas, consigue que uno mire dos veces por la ventana: Mr. Mercedes, disponible en Netflix. Una adaptación de Stephen King que, por una vez, no se disfraza de terror, porque no lo necesita. Aquí el monstruo no viene del más allá. El monstruo está registrado en el censo.

Mr. Mercedes nos lanza de golpe a un crimen tan absurdo como devastador: un asesino anónimo irrumpe con un Mercedes y arrasa una cola de parados. Un gesto tan frío que, más que un acto, parece un diagnóstico de la sociedad. Años después, el caso sigue abierto en la mente de Bill Hodges, inspector jubilado, alcohólico en potencia y santo patrón de los hombres que no saben soltar.

Este Hodges tiene un rostro: el del irlandés Brendan Gleeson, un gigante interpretativo que podría leerse la guía telefónica y aun así transmitir tragedia. Aquí, su desgana es una forma de resistencia, su enojo un método para seguir vivo. Gleeson no interpreta: desgasta la pantalla como si arrastrara un alma que pesa demasiado.

En el lado oscuro del tablero está Brady Hartsfield, interpretado por Harry Treadaway, que borda a un villano silencioso, casi educado, que odia al mundo con la dedicación de un artesano. Nada de máscaras ni risas histéricas: el terror está en su normalidad, en lo bien que podría colarse en cualquier barrio sin que nadie sospechara que dentro lleva un huracán ácido dispuesto a estallar.

Pero si hablamos de brillo, de inteligencia, de luz rara entre tanta sombra, aparece ella: Justine Lupe, radiante, frágil, temblorosa, pero más incisiva que todos los policías del condado juntos. Su Holly Gibney no es un personaje, es una herida que aprende a hablar. Una joya en una serie que ya venía cargada de diamantes oscuros.

A su alrededor giran también Holland Taylor, que convierte el sarcasmo en un arma blanca; y Mary-Louise Parker, magnética, estimulante, imprevisible, como un relámpago que no necesita tormenta.

La dirección corre en gran parte a cargo de Jack Bender, veterano de Lost y Juego de Tronos, que adopta un estilo sobrio, de bisturí. Nada de efectismos: deja que el horror surja de los silencios, de la respiración entrecortada, del modo en que el mal se cuela por las grietas de lo cotidiano. Y todo ello con los guiones del infalible David E. Kelley, que adapta la novela de King con respeto, sí, pero también con inteligencia y ritmo propio.

Respecto a las diferencias con el libro, no te preocupes: no hay destripes. Solo diré que la serie ahonda más en algunas relaciones, pule el viaje emocional del villano y reorganiza ciertos momentos para que el duelo entre Hodges y Hartsfield sea un combate más íntimo y venenoso.
Es Stephen King sin los espectros… y sin necesitarlos.

Mr. Mercedes es una obra que late, que respira, que incomoda. Un thriller psicológico que recuerda que el mal, a veces, tiene cara de vecino. Y que los héroes pueden ser hombres cansados, gordos, tristes… pero con un último deber que cumplir.

Si la ves de noche, cierra la puerta. No porque vaya a entrar un fantasma, sino por si acaso el Mercedes vuelve a arrancar.

Sergio Calle Llorens

domingo, 30 de noviembre de 2025

¡JAQUE MATE!

 



A finales del siglo XIX, el pintor alemán Friedrich August Moritz Retzsch realizó una obra titulada "Checkmate". En ella representó a un joven jugador sentado frente al mismísimo diablo en un tablero de ajedrez. La expresión del muchacho es de derrota absoluta. Su alma está en juego y, según la posición del tablero, no le queda ni una sola jugada salvadora. O eso parecía.

Décadas más tarde, ya en el siglo XX, un grupo de visitantes recorría una galería en Nueva York donde se exhibía una copia de esta pintura. Entre ellos estaba un hombre tranquilo, de aspecto corriente, que observó el cuadro con más atención que los demás. No era un turista habitual: era un maestro de ajedrez, campeón retirado, acostumbrado a leer posiciones imposibles como quien lee un libro abierto.

Mientras los demás comentaban que el diablo había ganado la partida, el maestro frunció el ceño, se acercó y analizó cada pieza con cuidado. La leyenda decía que el joven estaba perdido. Que no había nada que hacer. Pero el ajedrecista vio algo que los demás no habían visto. Después de varios minutos, levantó la mano y dijo con calma:


“El cuadro está mal titulado. No es ‘Jaque mate’. Es ‘El Rey tiene todavía un movimiento’.”

Había descubierto que, según la disposición exacta de las piezas, el Rey del joven podía escapar, iniciar una secuencia improbable y darle la vuelta a la partida. El pintor había querido transmitir desesperación, pero en su composición había dejado, quizá sin quererlo, un resquicio de esperanza estratégica que solo un experto podía detectar.

La anécdota trascendió porque invertía la lógica del cuadro. Donde todos veían condena, él encontró una posibilidad. Donde otros miraban el gesto derrotado del chico, él miró el tablero. Lo fascinante es que el maestro no hizo nada sobrenatural: solo analizó. Pero el efecto fue tan poderoso que convirtió la obra en una metáfora sobre la percepción, el miedo y la capacidad humana de encontrar una salida cuando parece que no la hay.

Desde entonces, la historia ha sido contada por predicadores, profesores, psicólogos e historiadores del arte, pero su núcleo sigue siendo el mismo. A veces no hace falta luchar contra el diablo, basta con mover la pieza correcta.

Sergio Calle Llorens

domingo, 23 de noviembre de 2025

¡CONFESIÒN CREPUSCULAR!

 



Las lluvias han llegado fieles a su cita con la otoñada. La caída de las hojas cubre el suelo forestal en un manto tierno y mojado. La humedad de la noche sube desde el mar alcanzando todos los rincones del pueblecito mediterráneo donde me escondo del mundo. Hace frío y la luz de los faroles proyecta una imagen fantasmagórica. En estas, mis pasos resuenan amenazadores ante mí mismo. No es la primera vez que camino entre sombras en la madrugada. Recuerdo que, ya de jovencito, tenía esa querencia por la noche oscura y el nocturno completo. Siempre me gustaron esos cielos límpidos cubiertos de estrellas. Centinelas de mis caminatas. Mis ojos miran al frente. Mi mente, al pasado, y miren que intento no caer en la melancolía de los recuerdos. Pero llegan los relámpagos y, con ellos, los primeros truenos. Heraldos de la tormenta.

Al poco estoy empapado, pero feliz por alguna extraña razón que desconozco. Tal vez porque me tenga a mí mismo. Tal vez porque ya no me pueden hacer más daño. Tal vez por ninguna razón o por razones que se me escapan. La banda sonora de mi vida no sólo la componen acordes de viejas guitarras. También está hecha de climatología adversa o de noches de verano con la Dama de Noche y la sonata de los grillos. ¿A qué le tengo miedo ya? ¿Al destino? ¿A la soledad? ¿A las malas compañías, que son siempre las mejores? ¿A ser como un disco cuyos ecos no alcanzan ni a la vuelta de la esquina?

Necesito un vino. Tal vez dos. Así, mientras camino bajo la pertinaz lluvia, me imagino con una copa en la mano junto al eficiente fuego de la chimenea que proyecta sombras danzarinas en las paredes: azules, violetas, rojizas. De pronto, el aullido de un perro me saca de mi ensoñación y la lluvia arrecia como un viejo recuerdo inacabado, doloroso, impertérrito. La naturaleza, que tiene su propio lenguaje secreto, es la mejor forma de advertirnos de los peligros vitales. Y las estaciones del año son el mejor recordatorio de que todo termina en un invierno gélido.

¿Quién se acordará de mí cuando ya no esté? ¿Me echará alguien en falta? ¿Se borrará mi recuerdo en dos generaciones? ¿Transcenderé de alguna manera en el oscuro túnel del tiempo? A mi mente vienen más preguntas sin respuesta mientras camino por el peligroso sendero de mis últimos metros. Porque, al final, lo único que permanece es la sombra que dejamos atrás.

Sergio Calle Llorens


viernes, 21 de noviembre de 2025

¡SOY DELINCUENTE PORQUE SOY DEL PSOE"

 



Tras la condena al fiscal general del Estado, la secta del capullo debería cambiar su lema de campaña y pasar de “soy feminista porque soy socialista” a “soy delincuente porque soy del PSOE”. También me queda claro que los de Rosa Nostra siempre aplican el mismo modus operandi: niegan la mayor cuando uno de los suyos es pillado con las manos en la masa, apoyan al supuesto corrupto y, cuando es condenado —que es casi siempre—, lo acompañan a prisión, como ocurrió con Vera y Barrionuevo. Y la culpa es de cualquiera que no sean los Cerdán, García Ortiz, Ábalos, Chaves, Griñán o la madre que los parió a todos. Siempre hay una conspiración detrás de sus condenas. Y lo blanco es negro, y las niñas tienen pene, y RTVE es un ejemplo de “pluralidad” informativa.

Para esta gente, el Estado de derecho es sagrado… cuando beneficia al PSOE. El sanchismo indulta, amnistía y reescribe el Código Penal a conveniencia, y, si un juez aplica la ley —aunque solo sea una vez—, entonces hay que reformarlo. La crítica a su corrupción es odio. La oposición es fascismo. La prensa que no les succiona el miembro es la máquina del fango. En sus estatutos, la libertad de expresión existe si sirve para amplificar su relato de partido progresista. Pero el progresismo, para esta mafia, consiste en pactar con quien quiere romper España y en llamar bloqueo a que la oposición no trague con sus imposiciones ideológicas.

Ya lo hemos visto todo y, entre nosotros y el abismo —quién me lo hubiera dicho hace tres años—, apenas tenemos una docena de jueces valientes. Gente que impide que se haga realidad el sueño de la segunda república: que solo puedan gobernar los partidos de izquierda. Sanchescu está en eso, y nosotros en impedírselo. Porque si ellos avanzan un paso más, España retrocede un siglo.

Sergio Calle Llorens

domingo, 16 de noviembre de 2025

¡EL ECO DE UNA CANCIÓN!


 


Él no creía en las segundas oportunidades, pero la vida —esa vieja bromista— le tendió una cita que había quedado pendiente muchos años atrás. Se reencontraron una tarde de otoño, sin saber muy bien si eran los mismos o dos fantasmas de quienes fueron. Ella seguía sonriendo igual, con esa naturalidad que desarmaba a cualquiera. Él, en cambio, llevaba décadas perfeccionando el arte de fingir que nada le dolía.

Se miraron, hablaron, rieron. Fue hermoso. Tan hermoso que dolía. Porque había algo en el aire, en los gestos, en las pausas entre frase y frase, que olía a final antes siquiera de empezar. Duró lo que dura un helado a la puerta de un colegio, pero bastó para que él recordara lo que era sentirse vivo.

A veces, cuando las noches son largas y las canciones suenan demasiado cerca del alma, él repite mentalmente aquella frase de una vieja película:
“I was born when she kissed me.
I died when she left me. I lived for a few weeks while she loved me.”

Y entonces sonríe, con esa mezcla de ternura y derrota que solo tienen los que han amado de verdad.
Porque hay heridas que no sangran: suenan. Y cada vez que escucha ciertas guitarras, ciertas voces, ciertos acordes, sabe que no la ha olvidado. Ni podrá hacerlo.
Pero tampoco quiere.

Porque, después de todo, hay amores que no terminan: solo se convierten en música.

Sergio Calle Llorens


jueves, 13 de noviembre de 2025

MIX TAPE: LA NOSTALGIA CONVERTIDA EN ARTE!


 


Mix Tape es un cohete supersónico británico que acaba de aterrizar en tierras españolas. Una serie que viene a decirnos que los viejos amores, ni las canciones que los acompañaron, nunca mueren. A veces solo se necesita estar en el lugar correcto y en la década adecuada para crear las escenas perfectas. Los ochenta fueron un vergel creativo que murió en la orilla de los infumables años noventa.

Daniel y Alison, que lo compartieron todo a los 16 años, ya no comparten ni espacio; ella vive en Sídney y él en Sheffield, que —para los no iniciados— es un shithole sin parangón. Pero los miles de kilómetros de distancia no son suficientes para mantener los recuerdos alejados. Ali se fue dejando un pozo de misterio en cuya oscuridad no llegaba nunca la luz de las respuestas.

Daniel sigue bebiendo sus pintas en el pub mientras trabaja como periodista freelance en la revista Rolling Stone. Su profesión también lo iguala a su antigua novia, porque ella es una escritora de renombre. Ambos están casados y con hijos que vuelan lejos o a están a  punto de abandonar el nido. Es ahora o nunca, o eso parece. Después de todo, lo que el ritmo de las guitarras unió no puede separarlo nadie.

Veinte años no son nada —que dice la canción— y tal vez no lo sean en esta miniserie: temas y acordes que arañan el alma, como ese Love Will Tear Us Apart de Joy Division que me sigue haciendo sangrar el corazón. Doscientos cuarenta meses parecen mucho o nada —esto no lo dice ningún cagalástimas de cantautor, sino un servidor— para que la pareja comience a recordar aquella gran historia de amor inacabada, hasta que, al final de la serie, que tan solo tiene cuatro impresionantes capítulos —lo bueno, si breve, dos veces bueno—, suene el Lovesong de la banda The Cure.

Un guiño para los ochenteros que suspiramos con la forma en que Daniel mira a Alison y ella le devuelve, embelesada, la mirada. En verdad no sé si los actores jóvenes que los interpretan o los adultos son más convincentes en la interpretación. Tal vez todos lo estén, en esta serie basada en la novela homónima de Jane Sanderson y adaptada por Jo Spain de forma sobresaliente.

Mix Tape combina nostalgia y pasión para hacernos reflexionar sobre las decisiones vitales que tomamos. Una invitación a comprar el ticket de ese tren llamado ilusión, que tal vez esta vez pase de largo por la triste estación del desamor, mientras habla ese personaje que es la música, que rodea esta historia de ida y vuelta.

Personalmente, esta historia —que, por cierto, se puede ver en Movistar Plus+— me ha llegado al alma por razones personales, pero también porque, gracias a que el puente aéreo Málaga-Londres siempre ha funcionado muy bien, los acordes de esas guitarras en Mix Tape me han hecho sentir joven otra vez. Y eso es muy grande, teniendo en cuenta que entro definitivamente en el otoño de mi vida.

Así que espero que me hagan caso por esta vez; porque ya que ni me compran los libros ni me escuchan en la radio, al menos, y sin que sirva de precedente, vean la serie, que es mitad irlandesa y mitad australiana. Porque tal vez decidan descolgar el teléfono para llamar a aquel antiguo amor de instituto. Después de todo, la vida es demasiado corta para malgastarla. Don’t you think?

Sergio Calle Llorens


viernes, 7 de noviembre de 2025

¡ENTRE DOMINGAS Y DELITOS!

 



La diferencia entre Messi y Cristiano Ronaldo era que los entrevistadores le decían al argentino que era el mejor de todos los tiempos, mientras que el portugués les decía a los entrevistadores que él era el mejor de todos los tiempos. Con el marido de Begoña Gómez pasa lo mismo. Pedro Sánchez, que tiene a media familia imputada, les dice a los entrevistadores que su gobierno es el más progresista de la historia —aquí no incluyo a los del Grupo Prisa por ser los succionadores oficiales del miembro presidencial—, cuando una gran mayoría de españoles ve en él un inmenso saco de mierda en el lodazal de la corrupción socialista.

Como ven, a veces la elección es fácil. Otras, en cambio, no tanto: tortilla de patatas sin cebolla o con ella; emborracharte con tus colegas de toda la vida, aun sabiendo que vas a estar para el arrastre al día siguiente, o quedarte en casa viendo una serie en Netflix. Incluso hay gente que quiere que nos decantemos por el carísimo programa de La Revuelta o por El Hormiguero, que es como pedirnos que votemos por Falete o por los infumables Romeros de la Puebla para representarnos en Eurovisión. No tiene sentido alguno. Lo mismo pasa con ponerse del lado del fiscal general del Estado o del novio de Ayuso. Después de todo, es posible que ambos sean culpables. También podría ser que el acusado de delito fiscal fuese declarado inocente de fraude, como le ocurrió al actual entrenador del Real Madrid. Incluso García Ortiz podría ser percibido como un ser de luz que nunca ha roto un plato.

Además, esto es una guerra entre dos facciones y los ciudadanos no tenemos nada que ver con sus cuitas. Por otra parte, las elecciones son siempre complicadas y, a tenor del aumento del número de divorcios en el viejo reino de España, no creo que estemos para sacar mucho pecho. Y hablando de pechos, mi amigo José diría que, ante la duda, la más tetuda; pero como esto no va de domingas, sino de hechos que se analizan muchas veces con el color político de cada cual.

Mi legendaria modestia me impide destacar las veces que he acertado en mis elecciones vitales. Sin embargo, podría subrayar algunos éxitos notables en ese sentido: cualquier cerveza por encima de la Cruzcampo; el rock and roll ante la patética música actual; la literatura por encima de cualquier pr ograma de televisión; o no saludar a aquellos idiotas que siguen usando el término Latinoamérica. Dicho de otro modo, pertenezco a una minoría cuyas elecciones se basan en bibliotecas y en las certezas que arrastran las olas mediterráneas. Después de todo, la democracia es un abuso de la estadística.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 5 de noviembre de 2025

¡GORRIONES FORNICANTES Y UN FISCAL DESTERNILLANTE!

 



Una de mis aficiones menos conocidas es la observación de los gorriones fornicantes. Me encantan sus trinos a media mañana, sus tímidos saltitos, sus rostros de granujas, su manera especial de asearme cada mañana. Siempre que puedo, les doy alguna migaja de pan a la hora del aperitivo. Incluso estoy alerta por si aparecen sus rivales por el alimento: esas aves tan pesadas que tienen el mismo color que el archienemigo de Spiderman. Si de mí dependiera, hace tiempo que habría exterminado a esos loros tan inquietantes. Todo por el bienestar de mis amigos alados. Son más majos.

Al margen del placer que me produce la contemplación de los Passer domesticus, hay un pájaro de mal agüero que también me da satisfacción: el Avius corruptus socialistus caminando hacia los juzgados patrios. Qué belleza de imagen. Qué ricura de movimientos: esas papadas que delatan la manera en que tragan saliva. Están asustados. Claro. Porque el miedo ha cambiado de bando. Cada día es uno distinto, pero siempre es el mismo modus operandi: el latrocinio institucionalizado, las mordidas y el abuso de poder. Las cosas claras: al pan, pan; y a los del PSOE, un puticlub.

Sin embargo, hay un ave que me tiene confundido: el fiscal general del Estado. Un tipo acusado de revelar información confidencial de un ciudadano sabiendo que no podía hacerlo. De ser condenado, la justicia le cortaría las alas y solo podría revolotear en el patio de la cárcel. Y me tiene confundido porque, en vez de sentarse en el banquillo de los acusados, el Avis opportunista se coloca junto a los otros fiscales para lanzar un mensaje de autoridad. Verlo allí, con esa capa negra, me trae a la memoria la imagen de un cuervo. Incluso la mirada se asemeja al Corvus corax. No hay que ser licenciado en óptica para ver que García Ortiz se la saca en pleno juicio para decir, como el personaje de La vida de Brian: “¡Ojito conmigo, que soy Pijus Magnificus y la tengo más grande que nadie!”. Ya veremos si la injusticia española se deja amedrentar.

Lo más divertido es que cada día veo revolotear a estos pájaros. Un día es el Ala rubra corrupta, una tarde el Psittacus marxianus y, por la noche, sobrevuela mi atalaya el Passer subventionis. Todos ellos tienen el mismo destino. Yo sonrío al verles posarse en la misma rama de un árbol que está a punto de romperse.

Les juro que la observación de aves, desde los gorriones fornicantes hasta el fiscal desternillante, es una afición de lo más placentera. Para los no iniciados, les dejo una ficha zoológica para que los árboles no les impidan ver el bosque donde se esconden el tipo más común de ave. 

Volatilis socialistus 

Clasificación
Reino: Animalia subvencionis
Filo: Vertebrata incoherens
Clase: Aves parlanchinas
Orden: Clientelaris
Familia: Subsidii dependientes
Género: Volatilis
Especie: Volatilis socialistus corruptus

Descripción
Ave de plumaje rojo desteñido, con reflejos dorados en el pico adquiridos tras años de contacto con el dinero público. Posee un canto monótono, casi hipnótico, compuesto de consignas vacías y viejas promesas electorales. Suele repetir frases como “todo por el pueblo” mientras revolotea hacia su nido en algún consejo de administración.

Hábitat
Prefiere zonas urbanas densamente subvencionadas, aunque también puede encontrarse en despachos climatizados, sedes sindicales o en las inmediaciones de ministerios con presupuestos generosos. Se alimenta de dietas institucionales, fondos europeos y contratos a dedo.

Comportamiento
El Volatilis socialistus es gregario y clientelar: nunca vuela solo. Forma bandadas llamadas “agrupaciones”, que migran cada cuatro años hacia los lugares donde sopla el viento del poder. Durante la época de elecciones despliega sus alas y promete volar hacia el progreso; sin embargo, tras la victoria suele anidar cómodamente en sillones de cuero.

Reproducción
El cortejo se basa en la distribución ritual de cargos, favores y sobres cerrados. Los machos y hembras cantan al unísono el clásico “¡No pasarán!” mientras pasan discretamente el sobre. Las crías aprenden pronto el arte de vivir del erario.

Depredadores naturales
La transparencia, la prensa libre y los votantes con memoria. Aun así, el Volatilis socialistus ha desarrollado una notable resistencia a todos ellos mediante el camuflaje discursivo y el vuelo en círculos.

Estado de conservación
En auge. Clasificada como especie “políticamente protegida” en varios países del sur de Europa.

Observaciones del naturalista
Resulta fácil confundir al Volatilis socialistus con el Conservator vulgaris o el Liberal opportunistum, aunque este último suele volar con la cartera más ligera y el discurso menos encendido.

Coda: Entre gorriones lúbricos y fiscales emplumados, uno acaba dudando de si observa pájaros o políticos. La ornitología, a fin de cuentas, también sirve para estudiar la fauna del poder.

Sergio Calle Llorens

lunes, 3 de noviembre de 2025

¡RÉQUIEM POR UN PRÓFUGO CON BARRETINA!

 



Los irlandeses se levantaron en armas varias veces contra la dominación británica. Los de Puigdemont declararon la independencia y, a los ocho segundos, la suspendieron. Los de la isla verde luchaban y morían por una Irlanda libre. El jefe de los independentistas catalanes salió huyendo en el maletero de un coche. Sé que las comparaciones son odiosas, especialmente si uno de los comparados sale tan mal parado, pero son necesarias.

Particularmente, me da igual si el exalcalde de Gerona se queda a vivir en el Estado fallido de Bélgica o vuelve a España para posar en el balcón de su casa con una zanahoria por el culo. Sin embargo, el tipo va a conseguir que su formación política termine desapareciendo y, por supuesto, es lo que muchos deseamos. Por pesados. Por golpistas. Por trileros. Por palurdos.

Hay que ser muy patán para confundir tu mundo con el mundo y luego, claro está, no te tome en serio ni el tendero de la esquina. Convergència, y ahora Junts, son ya parte del pasado y hemos de celebrarlo. El futuro se escribe en letras doradas, y yo me pregunto qué habría escrito mi admirado Josep Pla al respecto, de haber coincidido en espacio y tiempo con esta pandilla de garrulos con barretina.

Desgraciadamente, el genio de Palafrugell ya no está entre nosotros y su mundo ha desaparecido por completo. Nada queda ya más que sus libros… que no son poco. Especialmente para quienes consideramos su literatura un faro en la noche. Dicen que el duelo empieza justo después del silencio. Pues callemos después del entierro de Puigdemont, que, aunque no lo sabe, está más muerto que el autor del Cuaderno gris. En treinta años nadie se acordará del tipo de Waterloo, y los libros de Pla seguirán brillando en la noche mediterránea.

Sergio Calle Llorens