martes, 18 de marzo de 2025

¡EL CASO DE LA ESCRITORA TRAMPOSA|

 



Mes amis, debo confesarlo: me han llamado para resolver un crimen literario. Como un fiel discípulo de Hércules Poirot, he tomado mi bigote más reluciente, mi gabardina más impecable y me he adentrado en el oscuro laberinto de la mente criminal de... ¡Agatha Christie! Sí, sí, la gran dama del misterio, la infalible arquitecta del crimen perfecto. Pero, ah, mis fieles lectores, ¿y si les dijera que ella misma, en más de una ocasión, se saltó sus propias reglas? ¡Mon dieu!

Nos han enseñado que en las novelas de Christie el lector siempre juega en igualdad de condiciones con el detective. Las pistas están ahí, esperando ser descubiertas, encajadas como piezas de un rompecabezas. Pero mis pequeñas grey cells han detectado algo sospechoso: hay momentos en los que la autora, con la astucia de un prestidigitador, se ha guardado un as bajo la manga. ¡Inaceptable! ¡Escandaloso! ¡Delicioso!

Tomemos, por ejemplo, "El asesinato de Roger Ackroyd". ¡Oh, amantes de la literatura criminal! Qué genio, qué osadía, qué descaro sublime. El mismísimo narrador es el asesino, y aunque todas las pistas están ahí, la forma en que se nos presenta la historia es un truco de alta escuela. La revelación nos hace dar un respingo, tirando la taza de té sobre el periódico matutino. Madame Christie, ¡esto es un golpe bajo! ¿No dijo usted que los lectores debían saber lo mismo que el detective? ¡Ajá, atrapada!

Y no olvidemos "Diez negritos". Aquí la trampa es tan brillante que uno casi se pone de pie y aplaude. Todos los personajes están encerrados en una isla, muriendo uno a uno, y cuando creemos que todo ha terminado, descubrimos que el asesino estaba más muerto que un arenque... ¡pero solo en apariencia! Un engaño tan perfecto que haría llorar de envidia al mismísimo Moriarty.

También tenemos “El misterio de la guía de ferrocarriles”, donde Poirot se encuentra con un asesino que juega con los patrones del crimen en serie para ocultar su verdadera motivación. Aquí la señora Christie nos hace mirar en la dirección equivocada, como un ilusionista que mueve una mano mientras oculta el truco en la otra. ¡Astuta como un zorro con monóculo!

Entonces, mes amis, ¿deberíamos acusarla de fraude literario? ¿Debería la ilustre dama del crimen ser llevada ante la justicia de los puristas del género? No, no, no. Al contrario, hay que rendirle homenaje. Porque si alguien tenía derecho a saltarse las normas del juego, era quien mejor lo conocía. Agatha Christie no solo las rompió: las reinventó, las manipuló y nos hizo disfrutar cada uno de sus engaños con una sonrisa de complicidad.

Así que guardo mi lupa, enderezo mi corbata y brindo con un buen cognac en honor a la mayor criminal literaria de todos los tiempos. Madame Christie, usted nos engañó a todos, y por eso la amamos aún más. C’est magnifique!

Sergio Calle Llorens


viernes, 14 de marzo de 2025

LOS ILEGALES!

 



Hay bandas que suenan a una época, y luego están aquellas que definen una era. Los Ilegales no son solo una banda, son una actitud, un bofetón en la cara de lo políticamente correcto, un acorde afilado que resuena desde los años ochenta y que aún hoy sigue electrizando a los que se atreven a escuchar. Y en el centro de esa tormenta musical, un hombre: Jorge Ilegal. Sarcástico, brutalmente honesto, dueño de una voz que arrastra la rabia de varias generaciones y de una guitarra que escupe electricidad.

Hablar de Jorge Martínez es hablar de la incorruptibilidad del rock. En tiempos en los que el panorama musical parece un parque temático de lo prefabricado, donde los artistas son productos de fábrica y las canciones se diseñan en despachos en lugar de en tugurios, Jorge sigue disparando con bala. Lo hace con sus letras, crudas, corrosivas, cargadas de desencanto y mala leche, pero también con su forma de estar en el escenario: sin trampa ni cartón. Mientras otros necesitan del auto-tune para afinar una melodía, Los Ilegales han demostrado que el rock solo necesita actitud y saber tocar. Porque si algo hay que dejar claro en este homenaje es que Ilegales jamás han sonado mal en directo.

Desde aquel primer disco homónimo de 1983, con trallazos como "Tiempos nuevos, tiempos salvajes" o "Yo soy quien espía los juegos de los niños", hasta su último trabajo, cada canción de Los Ilegales es una lección de rock sin concesiones. Punk sin pose, rock and roll sin edulcorantes, letras que huelen a puñetazo en el estómago. En "El Norte está lleno de frío" Jorge nos canta sobre la desolación, en "Agotados de esperar el fin" sobre el nihilismo de una juventud desencantada, y en "Hola Mamoncete" deja claro que la irreverencia nunca se pierde con la edad.

Mientras los festivales de hoy se llenan de "artistas" que dependen de una base pregrabada y efectos visuales para llenar el vacío de su falta de talento, Los Ilegales siguen ahí, girando, atronando, recordándonos que el rock no ha muerto, sino que lo han intentado matar a base de mediocridad. Su directo es una prueba de resistencia para quienes creen que la música debe ser domada. En un mundo donde los escenarios parecen pasarelas de influencers, Jorge Martínez sigue siendo el último forajido de la carretera.

¿Quién más puede presumir de una carrera de más de cuarenta años sin haber bajado la guardia? Pocos, muy pocos. Pero ahí sigue Jorge, con su ironía filosa, su desprecio por lo superfluo, y su capacidad de escribir letras que, a pesar del paso del tiempo, siguen siendo dagas en la conciencia de quien las escucha. Los Ilegales no solo son un grupo de rock: son un refugio para quienes aún creen en la autenticidad, en la furia controlada de una guitarra que escupe fuego y en la poesía sucia de las calles.

Así que levantemos el vaso y brindemos por Jorge y Los Ilegales. Porque en un mundo de cartón piedra, ellos siguen siendo dinamita. Porque mientras haya un amplificador encendido y un acorde de Los Ilegales retumbando en algún garito, el rock aún no ha dicho su última palabra.

Sergio Calle Llorens


jueves, 13 de marzo de 2025

¡VINICIUS: EL BUFÓN QUE NUNCA SERÁ REY!


 


Dicen que el talento sin clase es como una espada sin filo: puede impresionar a los incautos, pero nunca ganará una batalla justa. Vinicius Junior, el diletante de las bandas, se empeña en demostrar que el arte de jugar al fútbol no siempre va acompañado del arte de comportarse como un profesional. Lo suyo es el teatro de la burla, la chabacanería de quien se sabe amparado por los mismos que convierten el reglamento en papel mojado y la justicia deportiva en un guión escrito por Santiago Segura.

Ya es costumbre: el Real Madrid gana envuelto en polémica, la afición rival hierve de indignación y, como colofón, Vinicius aparece en escena para ejecutar su enésima pantomima, con una risa de villano de serie B y una mueca que recuerda a los infames bufones de Shakespeare: personajes condenados a su irrelevancia mientras los verdaderos reyes deciden el destino del reino. Si al menos su gestualidad tuviera la elegancia de un Iago o la mordacidad de un Falstaff, podría resultar hasta entretenido. Pero lo suyo es la vulgaridad del que confunde provocación con carisma, del que cree que el desdén gratuito es una muestra de grandeza.

No es novedad que el brasileño se mueva entre la chulería y el victimismo, entre la arrogancia del protegido y el fingimiento del perseguido. Un día se ofende porque alguien le trata con la misma falta de respeto con la que él trata a los demás, y al siguiente se encarga de demostrar por qué las críticas a su actitud no son infundadas. Lo suyo es un monólogo sin matices, una sobreactuación sin dirección. Si el fútbol fuera cine, sería un extra que cree ser el protagonista; si fuera literatura, sería un personaje secundario convencido de que lleva el peso de la tragedia.

El respeto, como la reputación en "Otelo", se construye con hechos y se destruye con actitudes. Pero Vinicius nunca ha entendido esto, quizá porque ha crecido en una burbuja donde el aplauso fácil y la condescendencia le han hecho creer que la soberbia es una virtud y que la educación es un concepto prescindible. No lo es. El respeto es la moneda de cambio con la que los grandes futbolistas compran su inmortalidad. Zidane podía ser un artista, pero también sabía cuando callar. Iniesta no necesitó ridiculizar a nadie para conquistar el corazón de todo un país. Vinicius, en cambio, se ha convertido en un personaje indigno de su propio talento. No sabe ganar sin ser ruin, no sabe perder sin ser insufrible.

En un mundo justo, el Balón de Oro sería un premio reservado para quienes no solo destacan con el balón, sino también con su comportamiento. Vinicius, con su repertorio de desprecios y su alergia al fair play, no será nunca más que un actor de reparto en la historia del fútbol. Puede seguir riéndose de los demás, mofándose de las aficiones rivales y celebrando victorias empañadas por la polémica, pero la historia, esa jueza implacable, solo recordará que hubo un jugador con talento que nunca entendió lo que significa ser un caballero del balón. Y cuando se apague su estrella, cuando ya nadie le ría las gracias, solo quedará el eco de sus burlas resonando en un vacío que él mismo se ha labrado.

Sergio Calle Llorens


martes, 11 de marzo de 2025

¡EL ÚLTIMO BRINDIS DE ALVITE!

 



Si la noche tuviera un cronista, un detective de barra, un poeta con gabardina y mirada de naipe gastado, ese habría sido José Luis Alvite. Pero no lo fue, porque Alvite era más que todo eso. No era solo un escritor; era un tipo que escribía con la lucidez del que sabe que la vida es un piano bar a punto de cerrar. Y él, con un cigarro a medio consumir y un vaso que nunca llegaba a estar del todo vacío, era el último en salir.

De haber nacido en Los Ángeles en los años cuarenta, tal vez habría sido guionista para Bogart, escupiendo diálogos afilados como cuchillas de afeitar. Pero nació en España, y tuvo que conformarse con los periódicos, donde su pluma destilaba la misma mezcla de desencanto y elegancia que las rubias fatales que solo existen en las novelas de Chandler. Esas mujeres que te cruzas en un garito con luz tenue, que huelen a humo caro y a promesas incumplidas. Mujeres que, como la felicidad y la libra esterlina, son fugaces.

Alvite sabía que escribir era un oficio peligroso, como ser pianista en un club donde la clientela lleva más cicatrices que propinas. Se ganaba la vida con la palabra, pero sabía que la vida nunca paga lo suficiente. Quizá por eso escribía con esa mezcla de ironía y melancolía, como si cada columna fuese un último brindis con la madrugada. Sus frases eran golpes certeros, sentencias de un hombre que miraba el mundo con la resignación de quien ya ha perdido la cuenta de las veces que le han dado calderilla en lugar de gloria.

La vida le pasó como un tren nocturno que no para en la estación esperada. Enfermedad y tinta se mezclaron en sus últimos años, pero hasta el final siguió escribiendo como si le fuera la vida en ello. Porque le iba. Y cuando se fue, dejó tras de sí no solo un legado de ingenio, sino la sensación de que los buenos escritores son como los buenos detectives de novela negra: siempre llegan tarde a todo, excepto a su propia despedida.

Hoy, cuando la noche se hace larga y las luces de neón se reflejan en los charcos de la ciudad, parece que Alvite sigue ahí, en algún rincón de un bar con jazz de fondo, dejando caer una última frase mordaz mientras el camarero limpia los vasos. Porque los escritores como él nunca desaparecen del todo: siempre hay una historia más que contar, un último cigarro por encender, un brindis pendiente con la madrugada.

Sergio Calle Llorens


domingo, 9 de marzo de 2025

¡HERGÉ|

 


Georges Remi, conocido como Hergé, nació en 1907 en Etterbeek, Bélgica. Desde muy joven mostró un talento extraordinario para la ilustración y el relato gráfico. No es exagerado decir que Las aventuras de Tintín (publicadas entre 1929 y 1983) son el reflejo más fiel de su propia vida, sus obsesiones y contradicciones.

Hergé era un hombre de múltiples facetas, a menudo en lucha consigo mismo. Tenía un espíritu meticuloso, con un gran sentido de la estética, pero también arrastraba sombras personales y dilemas morales. A través de sus personajes, canalizaba distintas partes de su personalidad.

Tintín es, en muchos sentidos, el hombre que Hergé habría querido ser: un aventurero, intrépido, justo y sin miedo. Representa la parte más luminosa del autor, su amor por los viajes, el misterio y la exploración. Hergé nunca fue un reportero como su personaje, pero a través de él pudo recorrer el mundo desde su mesa de dibujo, investigando cada detalle con una precisión obsesiva.

Curiosamente, a diferencia de otros personajes, Tintín no tiene un gran desarrollo emocional ni cambios profundos. Es un lienzo casi en blanco sobre el que se proyectan los demás personajes, lo que ha llevado a muchos a considerarlo una figura más funcional que emocional.

Si Tintín es el Hergé idealizado, el capitán Haddock es su yo más visceral. Alcohólico, gruñón, sentimental y lleno de debilidades, Haddock es el contrapunto perfecto al impoluto Tintín. Su evolución es especialmente interesante: en su primera aparición (El cangrejo de las pinzas de oro), es un borracho perdido, pero poco a poco se convierte en un personaje con más matices, hasta volverse casi el verdadero protagonista emocional de la serie.

Hergé siempre tuvo una relación compleja con el alcohol y una personalidad melancólica que, como en Haddock, a veces se expresaba con exabruptos de rabia y una vena casi teatral en su forma de hablar (sus insultos creativos son legendarios: “ectoplasma”, “bashi-bazouk”, “mameluco”...).

El castillo de Moulinsart, la residencia del capitán, representa una especie de refugio en la vida de Tintín y Haddock, pero también simboliza algo que Hergé buscó toda su vida: un hogar donde sentirse en paz.

Estos dos detectives torpes, que siempre hablan a la vez y se equivocan en todo, reflejan otra faceta del autor: la burocracia absurda, la repetición sin sentido y la imposibilidad de diferenciar lo importante de lo trivial. Se dice que representan el conflicto interno de Hergé, su mente dividida entre el orden y el caos, la rigidez y la espontaneidad. También podrían simbolizar la censura o el control social, algo que vivió en carne propia, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, cuando fue acusado de colaboracionismo.

La diva de la ópera, siempre irrumpiendo en la vida de los protagonistas con su voz estridente y su desbordante personalidad, representa el miedo de Hergé a lo femenino. Su vida amorosa fue complicada y marcada por la represión emocional. Su primer matrimonio con Germaine Kieckens fue más una relación de compromiso que de amor, y solo en su madurez pudo liberarse y vivir una historia más auténtica con Fanny Vlamynck.

Castafiore no es una villana, pero sí una presencia que rompe la estabilidad de Moulinsart, como si representara una fuerza que Hergé no sabía manejar.

Inspirado en el físico Auguste Piccard, Tornasol es la encarnación de la genialidad aislada del mundo. Representa el lado más obsesivo de Hergé, el hombre que se encierra en su trabajo y pierde la noción de la realidad. Pero también es un reflejo del Hergé que buscaba la espiritualidad y la paz interior en sus últimos años.

Hergé tuvo un pasado complicado durante la ocupación alemana de Bélgica en la Segunda Guerra Mundial. Publicó sus historias en un periódico controlado por los nazis (Le Soir), lo que le valió acusaciones de colaboracionismo tras la guerra. Sin embargo, él siempre se defendió diciendo que solo quería contar historias y que nunca tuvo intenciones políticas.

A lo largo de los años, pasó de ser un dibujante de cómics con una visión simplista del mundo (Tintín en el Congo, con su visión colonialista), a alguien que empezó a cuestionarse todo (Tintín en el Tíbet, donde explora la amistad y la espiritualidad).

Cada personaje de Tintín contiene una parte del alma de su creador. Tintín es su yo ideal, Haddock su yo imperfecto, Tornasol su lado más ensimismado y Castafiore la fuerza que no sabía cómo encajar. Hergé fue un genio atrapado entre el perfeccionismo y la duda, entre el deseo de aventura y la búsqueda de estabilidad.

Murió en 1983 sin haber podido terminar la última aventura de Tintín (Tintín y el Arte-Alfa), dejando un final abierto, como si él mismo siguiera buscando respuestas.

Así que, cuando leemos Tintín, en realidad estamos explorando el alma de Hergé, un hombre lleno de luces y sombras, igual que sus personajes. En cualquier caso, Tintín y sus amigos serán siempre un faro al que mirar en el oscuro mar de la vida.

Sergio Calle Llorens



miércoles, 5 de marzo de 2025

¡EL HÉROE CANSADO!

 



Los cómics de Corto Maltés son mapas de un mundo que ya no existe o que, quizás, nunca existió fuera del papel y la tinta de Hugo Pratt. Las Célticas es una de esas obras que nos atrapan en su atmósfera de libertad, de destinos inciertos y de mares abiertos, con un protagonista que, más que un héroe, es un hombre errante, cansado pero incapaz de abandonar su vagabundeo por la historia y la geografía.

Porque Corto Maltés nunca ha sido un héroe al uso. No busca gloria ni medallas. No es un patriota, ni un hombre de causa. Es, en todo caso, un espectador que a veces interviene, pero sin la certeza de que su intervención cambie realmente el curso de los acontecimientos. En Las Célticas, como en el resto de su periplo, se mueve entre espías, revolucionarios y soñadores, sin comprometerse del todo con ninguno, pero sintiendo siempre la llamada de la libertad, el único principio que parece regir su vida.

Irlanda es el escenario de algunas de las historias más evocadoras del álbum, y es allí donde el espíritu de Corto se encuentra con la lucha por la independencia, con personajes que, a diferencia de él, han elegido un bando y están dispuestos a morir por él. Pero la suya es una guerra en la que el romanticismo y la tragedia se entrelazan, en la que la certeza de la derrota no impide seguir luchando. Corto observa, comprende, ayuda cuando cree necesario, pero siempre con la melancolía de quien sabe que la Historia devora a los soñadores.

El viento sopla sobre los verdes campos irlandeses, y la lluvia golpea las piedras antiguas de un país que carga con siglos de dolor y resistencia. En este escenario de fábulas y leyendas, Corto se cruza con figuras que encarnan la pasión y el sacrificio, con ideales que le recuerdan que, aunque él mismo prefiera no atarse a banderas ni fronteras, hay quienes encuentran sentido en esa entrega absoluta. En Irlanda, los cuentos de hadas y la pólvora conviven, y la poesía de Yeats se mezcla con el sonido de las balas en la noche.

El mar, eterno compañero de Corto, está presente como un recordatorio de lo inabarcable. Representa la única patria que realmente tiene, el refugio donde siempre puede volver cuando la tierra firme se vuelve demasiado estrecha, demasiado llena de promesas rotas. En Las Célticas, como en todas sus historias, el mar es un personaje más: a veces tempestuoso, a veces plácido, pero siempre invitando a seguir adelante, a buscar nuevas costas donde tal vez no haya respuestas, pero sí nuevas preguntas.

El mar no es solo una vía de escape, sino también un símbolo de su esencia errante. A diferencia de quienes luchan por una causa o por un país, Corto pertenece al agua y a su eterna incertidumbre. Como un marinero de otros tiempos, como un Ulises moderno, navega sin prisas y sin rumbo fijo, guiado más por el azar y la intuición que por mapas o brújulas. En sus viajes, encuentra historias y destinos cruzados, como si el océano fuese un gigantesco escenario en el que la Historia y el mito se entrelazan una y otra vez.

Corto Maltés, con su media sonrisa irónica y su aire de hombre que ya ha visto demasiado, es el arquetipo del héroe cansado. No es que haya renunciado a los ideales, sino que ha aprendido a vivir sin certezas absolutas. En un mundo que se desmorona y se reconstruye a cada paso, él elige el camino de la duda, de la independencia, del viento en la cara y la brújula sin norte fijo.

Es un personaje que encarna la nostalgia de lo que nunca fue, de un tiempo perdido que quizás nunca existió más allá de los relatos que contamos. Es un hombre que camina por la frontera entre la realidad y la leyenda, entre la historia y la ficción, sin pertenecer del todo a ninguna de ellas. Su cansancio no es solo físico, sino también espiritual, el peso de haber visto demasiado y de saber que, por mucho que el mundo cambie, las pasiones humanas siguen siendo las mismas: la ambición, la traición, el deseo de libertad y la eterna búsqueda de algo inalcanzable.

Las Célticas es, en definitiva, una carta de amor a esa libertad que no está en las banderas ni en los discursos, sino en la elección de cada uno de ser quien quiere ser, aunque eso implique navegar sin puerto fijo. Y quizás, en el fondo, todos quisiéramos tener un poco de esa brisa marina en nuestras vidas, un poco de ese espíritu de Corto, errante y libre hasta el final.

Las viñetas de Hugo Pratt nos invitan a soñar con un mundo donde el horizonte nunca es el final, donde siempre hay una nueva aventura esperándonos al otro lado del océano. Y en cada página de Las Célticas, sentimos ese anhelo de lo desconocido, de la historia aún por contar, de la libertad que solo aquellos que no pertenecen a ningún sitio pueden conocer realmente. Corto Maltés no es solo un personaje: es un susurro en el viento, una sombra en el puerto al amanecer, un recuerdo de lo que significa ser verdaderamente libre.

Sergio Calle Llorens


martes, 4 de marzo de 2025

¡EL ÚLTIMO ADIÓS|

 



Hay novelas negras, y luego está El largo adiós. No es solo un misterio; es un whisky ahumado servido en vaso helado, con el toque exacto de nostalgia para hacerte olvidar que lo estás bebiendo demasiado rápido. Raymond Chandler, el poeta de los detectives, nos regala en esta obra maestra algo más que una intriga: nos ofrece un viaje al corazón desencantado de Los Ángeles, donde las sombras son largas y los finales nunca son felices… solo inevitables.

Philip Marlowe sigue siendo el caballero errante de una ciudad sin alma, un tipo con más principios que suerte, demasiado listo para su propio bien y con una lengua afilada como una navaja bien aceitada. Pero esta vez, el misterio que se le planta delante no es un simple caso de asesinato o chantaje. No. Es una historia sobre la amistad, la traición y el precio que pagamos por aferrarnos a nuestra integridad en un mundo donde todo se vende.

Los Ángeles de Chandler no es solo un escenario; es un personaje en sí mismo, lleno de piscinas iluminadas por la luna, clubes donde el dinero huele a perfume barato y mansiones donde la decadencia se disfraza de glamour. Su prosa, afilada como un disparo en la noche, convierte cada diálogo en un duelo y cada descripción en una pincelada de cine en blanco y negro.

Leer El largo adiós es como aceptar una copa de un desconocido carismático: puede que te arrepientas, puede que te duela, pero sabes que será una experiencia inolvidable. Porque aquí, la verdad importa menos que la manera en que se cuenta, y Chandler la cuenta con un estilo que nunca deja de sorprender.

En el centro de la historia está, por supuesto, Philip Marlowe, el último caballero andante de Los Ángeles, un hombre que se empeña en jugar limpio en una ciudad donde la ética es solo un chiste que se cuenta en voz baja en los bares. Marlowe es más que un detective: es un hombre solitario, desengañado, pero con un código moral inquebrantable. No es un héroe ni pretende serlo, pero tampoco es un cínico sin remedio. En su mundo, los hombres honestos no viven demasiado, pero alguien tiene que hacer lo correcto, aunque nadie se lo agradezca.

Esta vez, su misión no consiste solo en resolver un crimen o seguir a un sospechoso. Lo que tiene entre manos es algo más enredado, más turbio, más humano. Un amigo en problemas, una historia que no encaja, y un laberinto de mentiras que lo arrastrará por la alta sociedad y los bajos fondos de Los Ángeles. En este caso, la verdad no es un premio al final del camino, sino un callejón sin salida.

Si Marlowe es el alma de la historia, Los Ángeles es su cuerpo. Chandler convierte la ciudad en un personaje más: un monstruo de luces de neón y sombras alargadas, de mansiones donde la riqueza oculta la podredumbre y de bares donde los secretos se sirven con hielo. Aquí, la corrupción no se esconde; se lleva con orgullo.

Chandler describe este mundo con una prosa afilada y mordaz, llena de frases que son como disparos certeros. Sus diálogos son duelos de ingenio, y sus descripciones, pinceladas de un cuadro expresionista donde el lujo y la miseria se entremezclan sin remedio. Nadie ha escrito sobre Los Ángeles como Chandler, porque nadie la ha entendido como él.

Sí, El largo adiós es una novela de detectives, pero también es mucho más. Es una historia sobre la amistad y la traición, sobre cómo el pasado siempre vuelve para ajustar cuentas, sobre la imposibilidad de mantener la inocencia en un mundo donde todo se compra y se vende. Es la despedida de un autor que sabe que la edad dorada del cine negro está llegando a su fin, que los tiempos están cambiando y que los héroes solitarios como Marlowe están condenados a desaparecer.

Este no es solo un libro que se lee; es un libro que se vive. Te arrastra, te envuelve, te golpea con su cinismo y te deja con un regusto amargo y una certeza incómoda: en el fondo, la justicia es solo un espejismo.

Para cuando llegues a la última página, habrás sentido que te han contado un secreto que nadie más conoce. Y, como Marlowe, te quedarás un momento en la barra de ese bar imaginario, con el vaso medio lleno, preguntándote si la vida no es, después de todo, un largo adiós.

No es solo una novela negra. Es la gran novela negra. Hay libros que se leen y se olvidan con la misma facilidad con la que se apaga un cigarrillo en un vaso de whisky. Otras, como El largo adiós, se quedan contigo, pegadas a la piel como el humo rancio de un club nocturno. No es solo una obra maestra del género negro, es una despedida melancólica a un mundo que se desvanece, un poema cínico sobre la amistad, la lealtad y el desencanto.

Raymond Chandler no escribió simplemente novelas de detectives. Sus libros no tratan de resolver un crimen, sino de sumergirse en el alma de una sociedad corrupta y de unos personajes atrapados en su propia decadencia. Y aquí, en El largo adiós, alcanza la cima de su arte, entregándonos la que quizá sea su obra más personal y filosófica.

¡ Si solo pudieras leer un libro del género, que sea este|

Sergio Calle Llorens


domingo, 2 de marzo de 2025

¡A LOS AMIGOS DE LA MEDIA LUNA!

 



Creyó en un mundo sin fronteras,
donde la fe y la razón fueran sinceras.
Soñó con abrazos y unión,
ignorando el filo de la imposición.

Predicó la paz con gran fervor,
negando la historia con su error.
Borró las sombras del pasado,
y así forjó su destino errado.

Brindó con miel, soñó en colores,
mientras ardían libros y flores.
Nunca vio la mano impaciente,
que dictaba su fin inminente.

Si crees en pactos y concordia,
que no te ciegue la memoria.
Las palabras no valen sin hechos,
y a veces los sueños son despechos.

Sergio Calle Llorens


viernes, 28 de febrero de 2025

¡EXPLICANDO LOS OCHENTA!

 



Los ochenta fueron una explosión de color, creatividad y rebeldía. Fue una época en la que la música, el cine y la libertad de expresión se convirtieron en los pilares de una generación que buscaba dejar su huella en la historia. Hoy, décadas después, seguimos mirando atrás con nostalgia, recordando aquellos días en los que todo parecía posible.

La música de los ochenta fue el corazón de la década. Con la llegada de MTV en 1981, los videoclips se convirtieron en una nueva forma de arte, y artistas como Michael Jackson, Madonna, Prince y David Bowie o Queen se transformaron en íconos inmortales. El pop, el rock y la música electrónica dominaron las listas de éxitos con himnos que aún hoy seguimos escuchando.

Las guitarras eléctricas rugían en el heavy metal con bandas como Guns N’ Roses, Metallica y Bon Jovi, mientras que el new wave y el synth-pop marcaron la identidad sonora con grupos como Depeche Mode, The Cure y Duran Duran. Cada género tenía su espacio, y cada canción se convertía en la banda sonora de una época en la que la autenticidad lo era todo.

El cine de los ochenta nos dejó algunas de las películas más queridas de todos los tiempos. Steven Spielberg y George Lucas construyeron universos llenos de aventura y fantasía con sagas como Indiana Jones y Star Wars, mientras que las comedias adolescentes de John Hughes, como El club de los cinco o Todo en un día, capturaban el espíritu juvenil de la época.

El terror vivió una de sus mejores épocas con sagas como Pesadilla en Elm Street y Viernes 13. Pero más allá de los géneros, lo que hacía especial al cine de los ochenta era su capacidad para transportarnos a otros mundos, hacernos soñar y regalarnos frases y personajes que hoy siguen en la memoria colectiva.

Los ochenta fueron una década de apertura y cambio. La música y el cine no solo entretenían, sino que también se convirtieron en vehículos de expresión para una juventud que quería ser escuchada. La moda reflejaba esta libertad con colores llamativos, hombreras, melenas cardadas y un sinfín de estilos que desafiaban las normas establecidas.

En la televisión, programas como Miami Vice o Twin Peaks rompieron moldes, y el cómic vivió su propia revolución con obras como Watchmen y The Dark Knight Returns.

A día de hoy, la esencia de los años ochenta sigue viva. Su música se reinterpreta, su cine sigue siendo referente y su espíritu de libertad aún resuena en cada generación que descubre la década dorada de la cultura pop. Quizás sea porque, en el fondo, los ochenta no fueron solo una época: fueron una actitud, un sentimiento, una explosión de vida que jamás se apagará a pesar de los retrasados de la ideología woke.

 

Sergio Calle Llorens


¡INSPIRADO POR QUEVEDO!

 



Anoche Don Francisco de Quevedo vino a visitarme en sueños. Dialogamos un rato sobre los problemas que traen a la patria de cabeza cuyos muros están desmoronados. Gracias a su inspiración, los versos brotaron como el agua que baja en torrente por una cascada. Este es el resultado;

Aquí yace el juez de lo Correcto,
y dicen que le hizo buen provecho
a la Moral su recto.
Jamás osó dictar fallo derecho.

De la Razón fue siempre gran verdugo,
mas no porque el Derecho fuese rudo,
sino porque, en su febril desvarío,
llamó justicia al más torpe extravío.

Fue adalid de lo blando y lo mojigato,
que alzaba el grito ante el más leve trato.
Por miedo a ofender, torció la balanza,
y al más vil criminal le dio esperanza.

¡Oh tú, que pasas por su sepultura,
y temes que te caiga su cordura,
o idiota, o borrico, o ratón de esquina,
guárdate de este juez y su doctrina!

Que tras la piel de oveja y la tibieza,
esconde la ponzoña de la simpleza.
No le niegues lo que en vida abrazase:
«Requiescat en dogma, mas no en base.»

Sergio Calle Llorens


jueves, 27 de febrero de 2025

¿ESCUCHARTE?

 



Por supuesto que no te vamos a escuchar María Jesús Montero. Para qué íbamos a cometer un error semejante. Desgraciadamente ya te conocemos. Que te escuchen atentamente los borregos de Jaén a los que compraste la alcaldía de esa capital que pierde población cada año. Una provincia que tiene menos futuro que Gambia. Que te escuchen las prostitutas con las que tus compañeros de partido se gastaban el dinero de los ERE y hasta de los parados. Que te escuchen los aspirantes a mafiosos que quieren ser tan perversos como vuestra secta del capullo. Ningún malagueño de bien quiere escucharte. Ya sabemos que contigo el centralismo de la Junta era tan atroz que no permitías que las inversiones a la Ciudad del Paraíso y al resto de la provincia malagueña llegasen.  Y ni por esas pudiste pararnos. 

Pues claro que nos importa un carajo tu propuesta de quita de la deuda. Sabemos que hablas con lengua de serpiente. Ese músculo viperino que cuando lo sacas a pasear sube el pan y todos los alimentos de primera necesidad. Si es que es verte en el congreso y pensar que estás haciendo un remake de Garganta Profunda, por no hablar de la cantidad de veces que pareces imitar a la niña del exorcista en las ruedas de prensa.  A qué viene tanto movimiento de cabeza.

Para qué íbamos a escucharte cuando Málaga ya es territorio liberado de socialismo y nos está yendo de puta madre.  Pero si hasta los hospitales que dijiste que no se podían construir se están construyendo y las empresas tecnológicas no paran de elegirnos como lugar de crecimiento. Y te recuerdo que la economía malagueña crece desde hace mucho tiempo por encima de la andaluza y la nacional. ¿Cómo te íbamos a escuchar si sólo ofreces enchufismo, pobreza, infierno fiscal y tu cara de boniato?

Por todo ello, enviada del mismísimo Maligno, te decimos que te escuchen otros porque aquí, tierra mediterránea, no estamos dispuestos a volver a caer en las redes de la estupidez manifiesta que representas.  

Sergio Calle Llorens


miércoles, 26 de febrero de 2025

¡EL PARTIDO!

 



En la guerra se necesitan jabalíes que arremetan al enemigo sin miedo, pero también a pájaros que vean el campo de batalla desde arriba. En el fútbol, que es otro tipo de lucha, ocurre lo mismo. Por eso, está bien tener a jugadores como Gavi, pero es mucho mejor tener a tipos como De Jong o Casadó. De ahí que al final del partido el Atleti se llevara un empate ya que el técnico azulgrana equipo se equivocó cambiando a Pedri y al jugador tulipán por futbolistas de colmillo fácil. Como ven, el General es de una suma importancia a la hora de vencer. De hecho, debe de ser bueno e inspirar terror. Blas de Lezo y Bernardo de Gálvez provocaban terror en las filas inglesas. Es posible que el alemán le diera muchas vueltas a los cambios en la ida de las semifinales de Copa, pero erró de lleno. Su equipo es temido, pero él tudesco no tanto. A Feijóo cualquiera le da dos vueltas porque ni vale como jabalí ni menos como pájaro. Simplemente no asusta a nadie. Es un político que sale, como todos los entrenadores cagones, a empatar el partido y así no hay manera de sacar los tres puntos. Especialmente cuando juegas contra un tipejo sin escrúpulos como Sánchez. Un psicópata que es capaz de pactar un día con grupos radicales como ERC o los filoetarrras de Bildu y, al otro, decir que no se puede llegar a acuerdos con la ultraderecha cuando él apoyó a los candidatos de Orban y Meloni en la comisión europea. El marido de Begoña es un cínico al que no le importa dejar el campo de batalla lleno de cadáveres si con ello se alza con el triunfo. Tampoco le preocupa mucho que esos muertos pertenezcan a sus filas. Lo suyo es seguir en La Moncloa con toda la familia imputada por corrupción. A Feijóo, al que le preocupa casi todo, hay que decirle que Dios sólo bendice a los valientes.

 Los partidos de fútbol. Los partidos políticos. Tan lejos, pero también tan cerca.

Sergio Calle Llorens


jueves, 13 de febrero de 2025

¡THE GHOST OF ROOM 306!

 




Clara Evans was no stranger to eerie locations. As a journalist and photographer specializing in urban legends, she had visited abandoned asylums, desolate mansions, and eerie cemeteries. However, nothing prepared her for what she would encounter at the Crescent Hotel in Eureka Springs, Arkansas—a place infamous for its haunted past.

The Crescent Hotel, built in 1886, had been many things: a luxury resort, a college for young women, and even a dubious cancer hospital run by a fraudulent doctor. But one of its most chilling stories was that of a young girl named Mary who had been murdered in Room 306 over a century ago. Guests and staff had reported strange occurrences—flickering lights, cold spots, and the sound of a child giggling in the dead of night.

Determined to uncover the truth, Clara checked into Room 306 with her camera ready. At first, the room seemed normal—worn furniture, floral wallpaper, and the faint scent of lavender. As she set up her equipment, a sudden chill made her shiver. The temperature had dropped inexplicably.

That night, Clara woke to the sound of soft whispers. She reached for her camera, but before she could turn it on, a shadowy figure materialized near the window. It was a young girl in a Victorian nightgown, her eyes wide with sorrow.

"Help me," the girl pleaded.

Clara’s breath caught in her throat. "Who are you?" she whispered.

"Mary," the ghost responded. "He never let me leave."

The room grew even colder. Clara knew she had to document this, but as she lifted her camera, the girl vanished. Frantic, she checked her footage—nothing. The only evidence was an eerie child’s voice captured on her recorder: "Help me."

Determined to solve the mystery, Clara spent days researching old records. She discovered that Mary had been a servant’s daughter, and she had mysteriously disappeared in 1902. No body was ever found, but rumors suggested she had been killed by a hotel guest.

With newfound purpose, Clara shared her findings, hoping to finally give Mary a voice after a century of silence. The haunting of Room 306 remained unsolved, but Clara left the Crescent Hotel knowing she had touched the edge of something truly supernatural—and she had the evidence to prove it.

Sergio Calle Llorens

martes, 11 de febrero de 2025

¡LA ESCLAVITUD EN ÁFRICA!

 



No me gusta que nadie me escriba la historia con letra bastardilla. Por ello, hoy pongo a disposición de mis lectores, amigos y odiadores profesionales unas cifras inquietantes sobre la esclavitud en África. Y lo hago porque hay silencios lacerantes sobre el tema y mucha, mucha manipulación al respecto. Aquí tienen una verdad incómoda que, como muchos imaginan, tiene un sabor amargo.

La esclavitud en África ha sido una práctica extendida a lo largo de la historia, involucrando a diversas culturas y religiones. Dos de las principales corrientes esclavistas fueron la impulsada por los comerciantes árabes musulmanes y la desarrollada durante la colonización europea. A continuación, se presenta una comparación entre ambas en términos de alcance y cifras.

Esclavitud bajo comerciantes árabes musulmanes

Desde el siglo VII, con la expansión del Islam, se estableció una red de comercio de esclavos que abarcaba África del Norte, el Cuerno de África y partes de África Occidental. Este comercio, conocido como la trata árabe de esclavos, se prolongó durante más de un milenio.

  • Duración: Aproximadamente 1,300 años, desde el siglo VII hasta el XIX.
  • Áreas afectadas: Principalmente África Oriental y el Sahel.
  • Cifras estimadas: Se estima que entre 10 y 18 millones de africanos fueron esclavizados y trasladados a través de rutas transaharianas y del océano Índico.

Esclavitud durante la colonización europea

A partir del siglo XV, las potencias europeas iniciaron la colonización de África y el comercio transatlántico de esclavos, que implicaba el traslado forzoso de africanos hacia las Américas.

  • Duración: Aproximadamente 400 años, desde el siglo XV hasta el XIX.
  • Áreas afectadas: Principalmente África Occidental y Central.
  • Cifras estimadas: Se calcula que alrededor de 12.5 millones de africanos fueron capturados y embarcados hacia las Américas, de los cuales aproximadamente 10.7 millones sobrevivieron a la travesía.

Comparación de cifras

Al comparar ambas corrientes esclavistas, se observa que la trata árabe de esclavos abarcó un período más extenso y afectó a un número significativo de personas. Sin embargo, el comercio transatlántico, aunque de menor duración, tuvo un impacto devastador en términos de la brutalidad del transporte y las condiciones de vida impuestas a los esclavizados.

Es importante señalar que las estimaciones varían debido a la falta de registros precisos y las diferencias en las metodologías de cálculo. Algunas fuentes sugieren que el número total de africanos esclavizados durante la trata transatlántica podría ser incluso mayor, considerando las altas tasas de mortalidad durante las capturas y el transporte.

En resumen, tanto la esclavitud bajo comerciantes árabes musulmanes como la desarrollada durante la colonización europea tuvieron consecuencias profundas y duraderas en las sociedades africanas, contribuyendo a la desestabilización de comunidades enteras y dejando una herencia de sufrimiento que aún resuena en la actualidad.

La conclusión a la que hay que llegar, salvo que usted sea espectador de La Sexta o seguidor de Jordi Évole es simple; según diversas estimaciones históricas, la trata de esclavos llevada a cabo por los comerciantes árabes musulmanes en África durante más de 1,300 años habría afectado a un número mayor de personas que la trata transatlántica impulsada por los europeos en un período de aproximadamente 400 años.

¿Lo pillan?

Sergio Calle Llorens


viernes, 7 de febrero de 2025

¡KARLA SOFÍA GASCÓN ES UN CAGÓN!

 



Karla Sofía Gascón es un cagón. Me da igual en la forma en la que este personaje se perciba. Porque se puede cambiar de opinión tras un largo período de reflexión, pero nunca porque los cobardes, que son una inmensa mayoría, le hayan montado una inmensa campaña de desprestigio por unos mensajes que escribió hace años en Twitter.

Karla debería haber aguantado el chaparrón tras explicar que el islam es una religión que abrazan millones de personas de todas las razas- si es que hay algo más allá de la raza humana- y, por tanto, no se puede ser racista basándose en una crítica a ese credo.  Ella pensaba, y probablemente todavía piensa, que el islam es incompatible con la democracia occidental. Yo también soy de la misma opinión y, equivocado o no, no soy mejor o peor persona por ello. Tampoco mis ideas políticas me hacen ser un excelso escritor o un vulgar plumilla. Lovercraft era un grandísimo racista, misógino y misántropo, pero, insisto, eso no le resta ni un ápice de su calidad literaria a sus textos.

 Dicen en inglés aquello de don´t meet your heroes, porque básicamente podríamos llevarnos un tremendo chasco al conocer a nuestros artistas favoritos. Cómo explicar, como cantaba Enrique Urquijo, que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario.  Es la obra y no la vida del autor lo que el gran público debe juzgar.  Nada más. De hecho, si seguimos en esa línea de corrección política, a mi admirado Don Francisco de Quevedo le quedan dos telediarios en los planes de estudios. Si es que los hijos de puta que dirigen el futuro educativo no le han organizado ya un aquelarre para quemar su imagen in absentia.

Karla debería haberse metido con los cristianos, con los blancos o con los heterosexuales y nadie, absolutamente nadie, habría iniciado una campaña en su contra que le podría costar la carrera. Se tiene que estar tirando de los pelos. Así que es justo salir en su defensa. Por ello, quiero recordarles a todos los que la atacan que hubo una escritora que dijo que las monjas violadas por los milicianos en la guerra civil española sentirían un gran placer y que, no contenta con esta barbaridad, nos regaló otra perla afirmando que cada mañana fusilaría a dos o tres personas. Pues bien, esa mujer tiene hoy una estación en Madrid con su nombre. ¿Juzgó alguien sus novelas por estos mensajes? ¿La condenó alguien? ¿Tendríamos que haber retirado sus libros de la biblioteca? No, por supuesto que no.  Así que deja que el tiempo ponga a cada uno en su sitio.

Pero llegado a este punto, una pregunta inquietante surge como esa niebla vespertina que arriba del mar; ¿Karla Sofía Gascón fue nominada por su condición de actriz transgénero o por la calidad de su interpretación en la película nominada a los Oscars? Espero que la boira mencionada no les impida ver la respuesta que tienen delante de sus ojos. Porque Emilia Pérez es un bodrio, su director un soplagaitas y la actuación de Karla Sofía Gascón juega en la misma liga que el nefasto Dan Rovira en cada uno de sus papeles dramáticos.

¡Querida Karla, hay peores cosas que te cancelen o que no te inviten a la gala de los Goyas; estar rodeado de gilipollas!

Sergio Calle Llorens


jueves, 6 de febrero de 2025

¡EL DESVÁN DE LA MASÍA!

 




Era una nit de tardor, una d’aquelles en què el vent udola entre els arbres i grinyolen les finestres velles. Em vaig despertar de sobte, amb el cor accelerat. Alguna cosa m’havia despertat, però al principi no sabia ben bé què. Aleshores ho vaig sentir: un soroll sec, com si algú arrossegués una cadira. Venia del desván.

El desván… Aquell espai petit i fosc al qual ningú pujava mai. Quan vaig comprar la masia, el vell propietari em va advertir que no hi guardés res, que no el fes servir. "Millor que romangui tancat", em va dir, sense més explicacions. Però mai vaig ser supersticiosa.

Em vaig aixecar del llit amb el cos gelat. Vaig agafar una llanterna i vaig sortir al passadís, on l’aire semblava més fred que de costum. Cada passa ressonava a les parets de pedra mentre em dirigia a l’escala que portava al desván. Els sorolls continuaven... un cop sord, després un grinyol. Alguna cosa es movia allà dalt.

Amb la mà tremolant, vaig girar el pom de la porta. Cruixia, com si feia anys que ningú l’obria. Una fortor d’humitat i pols em va colpejar el nas. Vaig il·luminar l’interior amb la llanterna i, per un moment, no vaig veure res més que velles caixes cobertes de teranyines. Però llavors... ho vaig notar.

Un aire fred em va acariciar la galta, com si algú hagués bufat suaument. I, al fons de l’habitació, vaig veure-ho: una figura borrosa, fosca, amb ulls que brillaven com brases apagades. Estava allà, immòbil, mirant-me.

Vaig voler cridar, però la veu no em sortia. Les meves cames no responien. Aleshores la figura va fer un pas endavant... i vaig sentir una veu, una veu ofegada, antiga, com si vingués d’un altre temps:

"No hauríeu d’haver vingut..."

Vaig tancar la porta d’un cop i vaig baixar les escales corrents. No vaig dormir aquella nit. L’endemà, vaig decidir investigar la història de la masia. Vaig trobar vells registres al poble. I allà, entre fulls groguencs i polsosos, vaig descobrir la veritat:

Aquella masia havia estat la casa d’una dona acusada de bruixeria fa més de tres-cents anys. La van tancar al desván, la van deixar morir de fred i gana. I des de llavors, es diu que encara busca venjança...

Aquella va ser l’última nit que vaig dormir en aquella casa. La vaig vendre el mes següent. Però encara avui, en les nits de tardor, quan el vent udola, juro que puc sentir la seva veu xiuxiuejant el meu nom.

"No hauríeu d’haver vingut..."

Sergio Calle Llorens


jueves, 30 de enero de 2025

¡JUROR #2!

 




At 94, Clint Eastwood delivers a compelling courtroom drama with Juror #2, potentially marking his directorial swan song. The film centers on Justin Kemp (Nicholas Hoult), a juror who grapples with the realization that he may be the true perpetrator in the murder trial he's adjudicating. This moral quandary intensifies as Kemp, an alcoholic journalist expecting his first child, must choose between confessing and facing imprisonment or allowing an innocent defendant, James Sythe (Gabriel Basso), to be wrongfully convicted.

Toni Collette delivers a standout performance as the formidable prosecutor, adding depth to the narrative. The film's premise, reminiscent of 12 Angry Men, delves into themes of justice, morality, and personal responsibility. Eastwood's direction is confident and unembellished, allowing the story's inherent tension to unfold naturally.

While some critics note a somewhat melodramatic storyline, the film's execution and the cast's performances render it a gripping watch. If this is indeed Eastwood's final film, it serves as a strong and absorbing farewell, showcasing his enduring flair for storytelling.

We can find moral Complexity: The film's central premise—a juror grappling with his own guilt—offers a unique and thought-provoking twist on the courtroom drama, elevating it beyond conventional narratives.

Performances: Strong performances from Nicholas Hoult, Toni Collette, and Gabriel Basso bring depth and authenticity to the story, making the moral stakes palpable.

Direction: At 94, Eastwood’s ability to craft a gripping, tension-filled narrative is a testament to his enduring skill. His understated style allows the story and performances to shine.

Themes: The film delves into universal themes of justice, conscience, and redemption, resonating on an emotional and intellectual level.

Why It Might Fall Short of Masterpiece Status

1.     Melodramatic Tendencies: Some critics feel the story veers into melodrama, which could detract from its gravitas.

2.     Pacing: While deliberate pacing is a hallmark of Eastwood's style, some viewers might find the film slower compared to more dynamic courtroom dramas.

3.     Comparisons to Other Works: While strong, it may not reach the iconic heights of other courtroom dramas like 12 Angry Men or Eastwood’s own masterpieces (Unforgiven, Million Dollar Baby).

Final Verdict

Juror #2 may not redefine the genre, but it stands as a poignant, reflective piece that showcases Eastwood's mastery of storytelling. If viewed as his potential farewell to cinema, it holds a special place in his legacy, encapsulating the themes of morality and justice that have often permeated his work. Whether it’s a “masterpiece” might depend on the viewer, but it’s undoubtedly a significant and memorable film in Eastwood’s oeuvre.

Sergio Calle Llorens