Escocia no
es un país de una sola lengua, sino de varias memorias superpuestas. Cada una
de ellas guarda una forma distinta de mirar el mundo, de nombrar el paisaje y
de entender el paso del tiempo. El inglés, el escocés (Scots) y el gaélico
escocés no compiten entre sí: dialogan, se cruzan y, a veces, se ignoran con la
elegancia de viejos conocidos que comparten territorio desde hace siglos.
El inglés
llegó a Escocia como lengua de poder, administración y modernidad. Es el
idioma dominante hoy, el de la escuela, la prensa y la proyección
internacional. Pero el inglés escocés no es una simple copia del estándar
británico. Su pronunciación, su ritmo y su léxico conservan giros propios que
delatan una identidad resistente. Palabras como wee (pequeño), outwith
(fuera de) o aye (sí) no son folklore: son huellas vivas de una
historia lingüística compleja. Incluso en el inglés más pulido de Edimburgo se
filtra una música distinta, un acento que no pide permiso para existir.
Más profundo
y más antiguo es el escocés, el Scots, una lengua germánica hermana del
inglés, con literatura propia y una tradición que se remonta a la Edad Media.
Durante siglos fue la lengua de la corte, del comercio y de la poesía. Robert
Burns no escribió en una curiosidad dialectal, sino en una lengua completa,
flexible y poderosa. El Scots posee una expresividad directa y terrenal
que lo hace especialmente apto para la ironía y la emoción. Frases como Auld
lang syne no necesitan traducción: pertenecen al mundo. Otras, como Dinnae
fash yersel (no te preocupes) o It’s a braw day (es un día estupendo),
revelan una cercanía casi física entre lengua y hablante.
El
destino del Scots fue el arrinconamiento. La unión política con Inglaterra y la estandarización
educativa lo empujaron hacia el ámbito doméstico, donde sobrevivió como lengua
hablada, íntima, resistente. Hoy vive una tímida pero firme recuperación,
reivindicado no como un inglés mal hablado, sino como lo que siempre fue: una
lengua con dignidad histórica.
Y luego está
el gaélico escocés, el idioma que suena a viento, a agua y a colinas antiguas.
De origen celta, llegó desde Irlanda hace más de mil quinientos años y se
extendió por las Highlands y las islas. Durante siglos fue la lengua
mayoritaria de Escocia, portadora de una cultura oral riquísima, hecha de
poesía, genealogías y canciones que aún hoy estremecen. El gaélico fue
perseguido, prohibido y estigmatizado tras las derrotas jacobitas y las Highland
Clearances. No fue derrotado por el tiempo, sino por la política.
Escuchar
gaélico es entrar en otra lógica. No se dice “bienvenido”, sino fàilte,
una palabra que implica hospitalidad activa. No se pregunta simplemente “¿cómo
estás?”, sino ciamar a tha thu?, una fórmula que invita a una
respuesta real. Incluso el paisaje se describe de otro modo: ben no es
solo una montaña, es una presencia. Aunque hoy lo hablan minorías, su
recuperación es uno de los proyectos culturales más emocionantes de Europa.
Escuelas, medios de comunicación y música contemporánea han devuelto al gaélico
una visibilidad que parecía perdida.
Estas tres
lenguas cuentan, juntas, la historia completa de Escocia. El inglés habla
del presente y del mundo exterior. El Scots recuerda la vida cotidiana, la
risa, el mercado y la calle. El gaélico guarda la memoria más antigua, la del
clan, la tierra y el mito. Ninguna sobra. Ninguna es decorativa.
Comprender
Escocia exige escuchar sus lenguas sin jerarquías ni condescendencia. En ellas se esconde la clave de su
carácter: orgulloso, melancólico, irónico y profundamente humano. Un país que
ha sabido perder y recordar, resistir y cantar. Porque en Escocia, las palabras
no solo se dicen. Se heredan.
Sergio Calle
Llorens
No hay comentarios:
Publicar un comentario