Recientemente
se reunieron en el Vaticano Su Santidad, el papa Minino XIV, y Su Sanchidad
de España, Pedro II el Cruel. El primero sigue sin abrir la boca ante las
matanzas de cristianos en África. El segundo continúa sin felicitar las fiestas
a los católicos mientras no se cansa de hacerlo por Ramadán con los musulmanes.
Como ven,
ninguno pone la otra mejilla, aunque ambos tienen más cara que espalda. A tenor
de los escándalos de corrupción que cercan a miembros de su partido, no sería
de extrañar que el Vaticano terminase organizando una segunda ruta de
escape para socialistas atribulados, como ya hizo con los nazis tras la Segunda
Guerra Mundial.
Que el
premier español, según la UCO, aparezca señalado como el vértice de una
estructura política que hostigó a los guardias civiles encargados de investigar
la supuesta corrupción de su entorno familiar no parece motivo suficiente para
visitar España. Había ganas de verlo después del desprecio mostrado por
el Paco Paco hacia nuestro país. Un cuervo de plumaje tan negro como el
horizonte que se dibuja para los de la Rosa Nostra.
Pero la
verdadera imagen de estos días no está en Roma. Está en las cloacas.
Porque si
todo era producto de la máquina del fango, si todo era una conspiración de la
fachosfera y de la derecha mediática, ¿por qué hubo necesidad de descender al
alcantarillado? ¿Por qué mover tapas, remover aguas negras y organizar
operaciones destinadas a desacreditar a quienes investigaban los casos que
afectan al entorno presidencial?
La reunión
con el pontífice romano duró apenas unos minutos. La de Leire Díez, tras
la imputación de la hija del proxeneta, se prolongó durante días. Y esa
diferencia de tiempo resulta mucho más reveladora que cualquier fotografía
protocolaria.
Cinco días
de reflexión. Ciento veinte horas. Siete mil doscientos minutos.
Mientras
artistas, músicos, comunicadores y demás fieles del sanchismo suplicaban entre
lágrimas un «Pedro, no te vayas», el silencio de los despachos parecía estar
ocupado en tareas mucho menos sentimentales. Hoy sabemos que aquellas jornadas
tuvieron bastante menos de meditación y bastante más de estrategia.
Y, sin
embargo, quienes entonces inundaban las redes y los platós con muestras de
apoyo incondicional permanecen mudos. Ni una canción protesta. Ni un
manifiesto. Ni un tuit indignado. Nada.
Silencio.
El mismo
silencio que suele escucharse cuando alguien levanta la tapa de una cloaca.
Mientras
tanto, las causas judiciales siguen avanzando y los nombres se acumulan
alrededor del poder como barcos atraídos por un remolino. Unos ya están
sentados en el banquillo. Otros esperan sentencia. Algunos siguen declarando. Y
todos parecen navegar en la misma dirección.
Demasiadas
corrientes para creer que se trata de simples coincidencias.
Ya solo
falta que Víctor Manuel le componga una nueva oda a Su Sanchidad, como
hizo en 1966 con Francisco Franco en la canción «Un gran hombre».
Así,
queridos niños, se entiende mucho mejor por qué el dictador murió en la cama y la España de la transición en manos de un psicópata.
Sergio Calle Llorens
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