miércoles, 3 de junio de 2026

¡EL PAPA, SÁNCHEZ Y LAS CLOACAS!

 


Recientemente se reunieron en el Vaticano Su Santidad, el papa Minino XIV, y Su Sanchidad de España, Pedro II el Cruel. El primero sigue sin abrir la boca ante las matanzas de cristianos en África. El segundo continúa sin felicitar las fiestas a los católicos mientras no se cansa de hacerlo por Ramadán con los musulmanes.

Como ven, ninguno pone la otra mejilla, aunque ambos tienen más cara que espalda. A tenor de los escándalos de corrupción que cercan a miembros de su partido, no sería de extrañar que el Vaticano terminase organizando una segunda ruta de escape para socialistas atribulados, como ya hizo con los nazis tras la Segunda Guerra Mundial.

Que el premier español, según la UCO, aparezca señalado como el vértice de una estructura política que hostigó a los guardias civiles encargados de investigar la supuesta corrupción de su entorno familiar no parece motivo suficiente para visitar España. Había ganas de verlo después del desprecio mostrado por el Paco Paco hacia nuestro país. Un cuervo de plumaje tan negro como el horizonte que se dibuja para los de la Rosa Nostra.

Pero la verdadera imagen de estos días no está en Roma. Está en las cloacas.

Porque si todo era producto de la máquina del fango, si todo era una conspiración de la fachosfera y de la derecha mediática, ¿por qué hubo necesidad de descender al alcantarillado? ¿Por qué mover tapas, remover aguas negras y organizar operaciones destinadas a desacreditar a quienes investigaban los casos que afectan al entorno presidencial?

La reunión con el pontífice romano duró apenas unos minutos. La de Leire Díez, tras la imputación de la hija del proxeneta, se prolongó durante días. Y esa diferencia de tiempo resulta mucho más reveladora que cualquier fotografía protocolaria.

Cinco días de reflexión. Ciento veinte horas. Siete mil doscientos minutos.

Mientras artistas, músicos, comunicadores y demás fieles del sanchismo suplicaban entre lágrimas un «Pedro, no te vayas», el silencio de los despachos parecía estar ocupado en tareas mucho menos sentimentales. Hoy sabemos que aquellas jornadas tuvieron bastante menos de meditación y bastante más de estrategia.

Y, sin embargo, quienes entonces inundaban las redes y los platós con muestras de apoyo incondicional permanecen mudos. Ni una canción protesta. Ni un manifiesto. Ni un tuit indignado. Nada.

Silencio.

El mismo silencio que suele escucharse cuando alguien levanta la tapa de una cloaca.

Mientras tanto, las causas judiciales siguen avanzando y los nombres se acumulan alrededor del poder como barcos atraídos por un remolino. Unos ya están sentados en el banquillo. Otros esperan sentencia. Algunos siguen declarando. Y todos parecen navegar en la misma dirección.

Demasiadas corrientes para creer que se trata de simples coincidencias.

Ya solo falta que Víctor Manuel le componga una nueva oda a Su Sanchidad, como hizo en 1966 con Francisco Franco en la canción «Un gran hombre».

Así, queridos niños, se entiende mucho mejor por qué el dictador murió en la cama y la España de la transición en manos de un psicópata.

Sergio Calle Llorens

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