viernes, 22 de mayo de 2026

¡ZAPATERO HASTA LAS CEJAS!


 

 

Zapatero estaba de corrupción hasta las cejas. Esas franjas de vello estratégicamente situadas sobre las cuencas de los ojos, que agitaba con entusiasmo de telepredicador durante las campañas electorales. Las manos, en cambio, parecía reservarlas para otros menesteres: supuestamente para trincar del petróleo o del oro venezolano. Las mismas extremidades con las que ocultaba presos políticos en el Caribe. Los mismos dedos con los que firmaba acuerdos con algunos de los peores dictadores del planeta.

«La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento», proclamaba el expresidente que negó la crisis económica hasta que la crisis terminó llamando a su puerta con una maza. Aquella brisa poética se ha convertido ahora en vendaval judicial y amenaza con empujarlo directamente hacia la cárcel; junto a Maduro, junto a sus hijas políticas y junto a toda esa corte tropical de aduladores del chavismo. Mientras tanto, un servidor mantiene una botella de champán francés enfriándose en la nevera para celebrar el acontecimiento. Entonces tendrá que abandonar su soñada ocupación de “supervisor de nubes acostado en una hamaca”.

«El infinito es infinito; el universo es infinito y probablemente no cabe en nuestra cabeza», decía Rodríguez en uno de sus infumables discursos. Especialmente en la suya: cabeza de chorlito ilustrado.

«Everyday, all day, bonsáis», declaró el leonés durante una visita a La Moncloa del canciller Schröder y del presidente Chirac. Una frase destinada a cambiar para siempre el rumbo del pensamiento occidental y a dejar a Platón convertido en tertuliano de sobremesa.

«Hoy estamos mejor que ayer y mañana estaremos mejor que hoy». Y al día siguiente estalló una bomba en la T-4 de Barajas. Una vez más quedaba demostrado que el personaje, además de inútil, arrastraba una leyenda negra de gafe únicamente comparable a la de Tomás Roncero.

«España es un poderoso trasatlántico», declaró ufano durante el centenario del hundimiento del Titanic. Ya ven ustedes que de historia siempre anduvo, como su única neurona, bastante justito.

«Los 130.000 no son parados; son personas que se han apuntado al paro», confesó el marido de Sonsoles sin despeinarse ni pestañear.

Produce escalofríos pensar que semejante palurdo haya presidido un país europeo y occidental. El hombre que, después de arruinar España, todavía pretendía repartir lecciones de moral y ética. Él. Precisamente él. El imputado moral permanente.

A resultas de todo esto conviene distinguir entre el simple tonto y el imbécil solemne.

El tonto se equivoca porque ignora. Le faltan datos, experiencia o contexto. Eso nos sucede a todos. Nadie atraviesa la vida sin despeñarse alguna vez por los desfiladeros de la ignorancia. Pero el tonto tiene remedio: aprende. Cuando comprende, rectifica. Cuando ve con claridad, cambia de opinión.

El imbécil es otra cosa.

No yerra por falta de información, sino por soberbia. Ve la evidencia. Escucha la verdad. Percibe el error y, aun así, persevera en él con fanatismo litúrgico. Ahí reside la diferencia esencial.

El tonto todavía está en camino. El imbécil convierte el error en trinchera. Uno agradece la corrección; el otro se ofende, se rasga las vestiduras y acusa al espejo de deformarlo. Uno revisa sus ideas; el otro las defiende incluso cuando sus postulados se desploman como yeso húmedo.

Al tonto se le puede enseñar. El imbécil, en cambio, carece de solución posible. Ser tonto es humano. Volverse imbécil constituye una decisión del carácter.

Y si alguien duda de ello, basta con asomarse a las redes sociales para contemplar cómo legiones de imbéciles continúan defendiendo a un personaje como Zapatero, que ya empieza a oler a presidio.

Los demás brindaremos con Moët & Chandon.

Sergio Calle Llorens


No hay comentarios:

Publicar un comentario