jueves, 9 de abril de 2026

¡DONDE EMPIEZAN LOS FRACASOS ELEGANTES!


Siempre he tenido la sensación de haber llegado demasiado pronto o demasiado tarde a los sitios. Una constante que no ha sufrido variación alguna en mi agitada vida. Sin embargo, durante años soñé que el entrenador me sacaría a jugar los últimos diez segundos del partido para lanzar la canasta ganadora sobre la bocina. Nunca ocurrió. Tampoco pasó que aquella mujer, marquesa de la progresía, descolgara el teléfono para disculparse por el trato degradante al no considerarme de su mismo pedigrí. A veces hay clases incluso entre los funcionarios.

Los soñadores vivimos mejor en las viñetas de un cómic. Posamos bien en ese mar de tinta bermeja bajo la luna espectral que apenas ilumina nuestros fracasos. En mi caso, todos ellos llevan la palabra «casi»: casi vendí los derechos de mi segunda novela a una gran productora de cine, como esos guiones que duermen el sueño eterno en un cajón de Hollywood. Casi terminé escribiendo para un gran diario, rozando con los dedos una columna que nunca llegó a llevar mi nombre. Casi terminé en la cárcel, como don Francisco de Quevedo, por unos versos satíricos que jamás alcanzaron el escándalo necesario. Casi incluyeron en un disco una canción que compuse en una noche de verano, de esas que suenan en la radio de otro mientras uno conduce sin rumbo. Casi llegué a los dos años como best seller, en una época en la que el viento siempre empujaba mi nave hacia un puerto llamado éxito… pero siempre había una corriente traicionera que desviaba el rumbo en el último instante.

La vida es una continua pérdida. Pierdes a tu primer amor. Pierdes a tus seres queridos, que van dejando demasiados huecos en la mesa. Pierdes la lozanía y pierdes hasta la vida. Es cuestión de aceptarlo, aunque duela. Lo que no se puede aprender es la esperanza. Empero, yo la perdí en algún cruce de caminos, pero sería incapaz de recordar el triste acontecimiento.

A resultas de todo esto, siento que mi existencia ha sido un completo desatino. Incluso pienso que no debería haber nacido. A veces siento que ni mi sombra es capaz de seguirme en mis correrías nocturnas. En una de ellas, me percaté de que apenas me tengo en pie ya. Creo que, una vez más, llegaré tarde a mi cita con el destino. Recuerdo que, en lo alto, el ululato del mochuelo parecía compadecerse de mi escasa fortuna. Intentaba localizarlo cuando la lluvia hizo acto de presencia y deshice el camino por última vez.

¡Y esto, queridos niños, es lo que uno piensa cuando llega a casa de noche y se encuentra la nevera sin cerveza!

Sergio Calle Llorens

No hay comentarios:

Publicar un comentario