Siempre he
tenido la sensación de haber llegado demasiado pronto o demasiado tarde a los
sitios. Una constante que no ha sufrido variación alguna en mi agitada vida.
Sin embargo, durante años soñé que el entrenador me sacaría a jugar los últimos
diez segundos del partido para lanzar la canasta ganadora sobre la bocina. Nunca
ocurrió. Tampoco pasó que aquella mujer, marquesa de la progresía,
descolgara el teléfono para disculparse por el trato degradante al no
considerarme de su mismo pedigrí. A veces hay clases incluso entre los
funcionarios.
Los
soñadores vivimos mejor en las viñetas de un cómic. Posamos bien en ese mar de tinta
bermeja bajo la luna espectral que apenas ilumina nuestros fracasos. En mi
caso, todos ellos llevan la palabra «casi»: casi vendí los derechos de mi
segunda novela a una gran productora de cine, como esos guiones que duermen el
sueño eterno en un cajón de Hollywood. Casi terminé escribiendo para un
gran diario, rozando con los dedos una columna que nunca llegó a llevar mi
nombre. Casi terminé en la cárcel, como don Francisco de Quevedo, por
unos versos satíricos que jamás alcanzaron el escándalo necesario. Casi
incluyeron en un disco una canción que compuse en una noche de verano, de esas
que suenan en la radio de otro mientras uno conduce sin rumbo. Casi llegué a
los dos años como best seller, en una época en la que el viento siempre
empujaba mi nave hacia un puerto llamado éxito… pero siempre había una
corriente traicionera que desviaba el rumbo en el último instante.
La vida es
una continua pérdida. Pierdes a tu primer amor. Pierdes a tus seres queridos,
que van dejando demasiados huecos en la mesa. Pierdes la lozanía y pierdes
hasta la vida. Es cuestión de aceptarlo, aunque duela. Lo que no se puede
aprender es la esperanza. Empero, yo la perdí en algún cruce de caminos, pero
sería incapaz de recordar el triste acontecimiento.
A resultas
de todo esto, siento que mi existencia ha sido un completo desatino. Incluso
pienso que no debería haber nacido. A veces siento que ni mi sombra es capaz de
seguirme en mis correrías nocturnas. En una de ellas, me percaté de que apenas
me tengo en pie ya. Creo que, una vez más, llegaré tarde a mi cita con el
destino. Recuerdo que, en lo alto, el ululato del mochuelo parecía compadecerse
de mi escasa fortuna. Intentaba localizarlo cuando la lluvia hizo acto de
presencia y deshice el camino por última vez.
¡Y esto,
queridos niños, es lo que uno piensa cuando llega a casa de noche y se
encuentra la nevera sin cerveza!
Sergio Calle Llorens

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