lunes, 9 de marzo de 2026

¡SÍ A LA GUERRA!

 

Los ahorcamientos de mujeres violadas, homosexuales o manifestantes son el pan nuestro de cada día en Irán. Ninguna de las setenta resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas condenando la situación de los derechos humanos en ese terrible país ha servido para nada. Especialmente porque ninguna teocracia ha caído jamás gracias al derecho internacional. Por ello, ver estallar las bombas sobre las cabezas de los ayatolás produce una sensación de alivio —cuando no de franca felicidad— en muchos de nosotros, los occidentales.

Bien es cierto que nuestros países comercian con otros regímenes tan criminales como el iraní. Empero, en el mundo de la geoestrategia no hay aliados eternos, sino intereses. Ya nos gustaría a todos terminar, y de un plumazo, con países como el cochambroso Marruecos, Catar o Arabia Saudí, pero todo a su tiempo. Ya llegará la hora de marchar también sobre ellos.

Ahora las bombas se dirigen raudas y veloces hacia todos los rincones de Irán. Con ellas, el miedo ha cambiado de bando y, mientras tratan de defenderse por tierra, aire y mar —bueno, en el mar ya no les quedan demasiados barcos que perder—, los chiíes no pueden seguir financiando a más grupos terroristas y su arsenal de cohetes continúa menguando camino de la derrota total.

La guerra es un asunto feo, pero en ocasiones resulta necesaria. Bien lo sabía Winston Churchill antes de que al cabo austríaco se le ocurriese invadir Polonia. Por eso lucharon en las playas, en los aeródromos, en los campos y en las colinas. Nunca se rindieron. Tampoco lo hicieron los españoles que salvaron a Europa del dominio otomano en el Mediterráneo durante la batalla de Lepanto —la más alta ocasión que vieron los siglos—, ni los arcabuceros de los Tercios que contuvieron al turco ante las murallas de Viena. Tampoco entonces capitularon ante los sarracenos.

El “no a la guerra” es un grito infantil que esconde el cálculo electoral del embustero de Sánchez. El “sí a la guerra”, en cambio, nos recuerda la sangre que vertimos en los campos de la vieja Europa. La sangre de soldados que murieron por grandes ideales, porque nuestra civilización —por mucho que les pese a los estúpidos wokistas de toda índole y condición mental— sigue siendo la más grande de las civilizaciones.

Europa parece estar despertando. Y ese despertar debe convertirse en un clamor que ayude a Israel y a los Estados Unidos a terminar el trabajo. Es posible que las aguas del mar se tiñan de rojo carmesí y que el precio sea alto, como siempre lo ha sido cuando la historia llama a la puerta de los pueblos libres. Pero hay momentos en los que la espada debe hablar para que vuelva a reinar la paz.

Ha llegado la hora.

La hora de recordar quiénes somos.
La hora de no retroceder.
La hora de que los fanáticos del turbante comprendan, de una vez por todas, que Occidente no ha olvidado luchar.

Porque cuando Europa despierta, la historia vuelve a escribirse con acero.

Sí a la guerra.

Sergio Calle Llorens

No hay comentarios:

Publicar un comentario