miércoles, 18 de marzo de 2026

¡LARRA: LA LUCIDEZ QUE MADRID NO QUISO VER!

 


Madrid amanece con ese color de periódico viejo que tienen las ciudades cansadas. Los barrenderos empujan la noche hacia las alcantarillas, los primeros autobuses resoplan como viejos caballos de hierro y en las terrazas algún madrugador moja el churro en el café mientras hojea titulares que ya nacen arrugados. Madrid siempre ha sido así: una ciudad que despierta deprisa y piensa tarde. Si uno camina lo suficiente por sus calles, todavía puede imaginar a un hombre flaco, nervioso, con levita negra y una ironía afilada como una navaja. Se llamaba Mariano José de Larra, aunque firmaba muchas veces como Fígaro, que era una forma elegante de esconderse mientras decía verdades que nadie quería escuchar.

Larra miraba a la capital del reino como quien observa un teatro lleno de actores mediocres. En sus artículos retrató a los funcionarios perezosos, a los políticos huecos, a los burócratas que convertían cualquier trámite en una novela interminable. El país que describía era un país que parecía avanzar con los pies atados. Su famosa sátira sobre el “vuelva usted mañana” no era sólo una broma: era el diagnóstico de una enfermedad nacional que todavía hoy da síntomas cada mañana en alguna ventanilla administrativa.

Lo extraordinario es que Larra tenía apenas veintitantos años cuando escribía con esa lucidez feroz. Era joven, elegante, brillante y profundamente incómodo para su tiempo. Amaba a España con la misma intensidad con la que la detestaba, como quien quiere a un familiar que no deja de cometer disparates. Su pluma era una mezcla peligrosa de inteligencia, desesperación y sarcasmo, tres ingredientes que en política suelen ser dinamita.

Pero Larra no sólo escribió sobre la sociedad: también escribió, sin saberlo, sobre el corazón humano. Su vida sentimental fue un campo de batalla romántico, como correspondía a un escritor del siglo XIX. Su relación con Dolores Armijo terminó convirtiéndose en una tragedia privada que acabaría mezclándose con su desesperanza pública. Un día de febrero de 1837, después de una ruptura que terminó de quebrarlo, Larra se encerró en su casa de la calle Santa Clara y se pegó un tiro. Tenía apenas veintisiete años. España perdía así a uno de los pocos hombres que la entendían demasiado bien.

Desde entonces han pasado casi dos siglos y Madrid sigue despertando con el mismo aire entre cansado y burlón. Cambian los trajes, cambian los gobiernos, cambian las palabras, pero hay algo en el fondo del país que parece resistirse a cambiar del todo. Quizá por eso leer a Larra produce una sensación extraña: uno tiene la impresión de estar leyendo el periódico de esta misma mañana.

Y tal vez por eso conviene recordarlo.

Porque España cambia de siglo.

Pero nunca deja de parecerse a sí misma.

Sergio Calle Llorens

lunes, 16 de marzo de 2026

¡LA SEMANA EN LA QUE UN SOCIALISTA PIDIÓ PERDÓN Y OTRAS ANOMALÍAS DE LA NATURALEZA!

 


La semana anterior, que murió a las orillas de unas aguas entre azules y turquesas, ocurrieron cosas inauditas. No tengo otra forma de expresarlo.

Ahí tienen a un exconcejal del PSOE llorando y pidiendo disculpas tras confesar un fraude de 34 millones de euros en el asunto de los ERE. Un reconocimiento de culpabilidad que no se había producido antes. Recordemos que ni con la guerra sucia de los GAL, ni con la terrible operación Mengele, ni con el asesinato de Calvo Sotelo, ni con Invercaria, ni con Filesa, ni con el caso Ábalos, la Rosa Nostra esta gente pidió disculpas.

Insisto: jamás se había visto a un militante de la mafia socialista, cual plañidera cualquiera, admitiendo un delito tan grave. Es de agradecer el gesto de José María Sayago. Sin embargo, somos legión los que preferiríamos que los de la secta del capullo emulasen a los japoneses aplicándose un buen harakiri tras reconocer el latrocinio institucionalizado. En cualquier caso, por algo se empieza antes de que terminen en la cárcel.

También en estos días el personal anda muy soliviantado en la región malagueña. Por un lado, ha saltado, como una liebre desbocada, la noticia de que, por primera vez desde el nacimiento de la infumable taifa del sur, Málaga será la primera en inversiones por parte de la Junta, adelantando a Sevilla. Un acontecimiento insólito.

Tanto como las declaraciones del nuevo obispo de la provincia. El religioso ha criticado que el ayuntamiento de la ciudad del paraíso rechace la regularización masiva de inmigrantes ilegales a los que el orondo ministro de Roma, que no parece el más listo de la clase, no quiere que vinculen con la delincuencia.

Para evitar ese riesgo, el mitrado debería haber pedido a Dios, que está en el cielo tan pimpante, y a Sánchez, otro ser omnipotente, que para la citada regularización masiva los migrantes —qué palabra más tonta— presenten un certificado de penales verificable.

A mí, qué quieren que les diga, José Antonio Satué me recuerda a ese chiste:

—Oye, una cosa: ¿los monjes son buenos?
—Depende: abadías que sí y abadías que no.

Visto lo visto con el religioso, habrá días en los que el prelado parezca un poco tonto del culo y habrá días en los que parezca más tonto todavía. Es más, me temo que su nombre va a sonar fuerte este año en los Premios Oriundo Panoli.

Por otra parte, y para finalizar, propongo que, como alternativa a la herramienta «Hodio» —huella del odio y la polarización del gobierno—, se cree «Himbecil», un instrumento digital creado desde el respeto y la educación para detectar a los hijos de los cretinos que no descansan nunca.

Ya lo han leído. La semana ha estado llena de hechos tan insólitos como encontrar a un socialista que no robe. Algo tan novedoso como que hoy lunes su jefe le reciba en la oficina bajándose los pantalones para meterse una zanahoria por el culo mientras suena la sintonía de La naranja mecánica.

En fin, jamás imaginé que viviría para contemplar estos milagros de temporada: socialistas arrepentidos y sermones para idiotas.

Sergio Calle Llorens


lunes, 9 de marzo de 2026

¡SÍ A LA GUERRA!

 

Los ahorcamientos de mujeres violadas, homosexuales o manifestantes son el pan nuestro de cada día en Irán. Ninguna de las setenta resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas condenando la situación de los derechos humanos en ese terrible país ha servido para nada. Especialmente porque ninguna teocracia ha caído jamás gracias al derecho internacional. Por ello, ver estallar las bombas sobre las cabezas de los ayatolás produce una sensación de alivio —cuando no de franca felicidad— en muchos de nosotros, los occidentales.

Bien es cierto que nuestros países comercian con otros regímenes tan criminales como el iraní. Empero, en el mundo de la geoestrategia no hay aliados eternos, sino intereses. Ya nos gustaría a todos terminar, y de un plumazo, con países como el cochambroso Marruecos, Catar o Arabia Saudí, pero todo a su tiempo. Ya llegará la hora de marchar también sobre ellos.

Ahora las bombas se dirigen raudas y veloces hacia todos los rincones de Irán. Con ellas, el miedo ha cambiado de bando y, mientras tratan de defenderse por tierra, aire y mar —bueno, en el mar ya no les quedan demasiados barcos que perder—, los chiíes no pueden seguir financiando a más grupos terroristas y su arsenal de cohetes continúa menguando camino de la derrota total.

La guerra es un asunto feo, pero en ocasiones resulta necesaria. Bien lo sabía Winston Churchill antes de que al cabo austríaco se le ocurriese invadir Polonia. Por eso lucharon en las playas, en los aeródromos, en los campos y en las colinas. Nunca se rindieron. Tampoco lo hicieron los españoles que salvaron a Europa del dominio otomano en el Mediterráneo durante la batalla de Lepanto —la más alta ocasión que vieron los siglos—, ni los arcabuceros de los Tercios que contuvieron al turco ante las murallas de Viena. Tampoco entonces capitularon ante los sarracenos.

El “no a la guerra” es un grito infantil que esconde el cálculo electoral del embustero de Sánchez. El “sí a la guerra”, en cambio, nos recuerda la sangre que vertimos en los campos de la vieja Europa. La sangre de soldados que murieron por grandes ideales, porque nuestra civilización —por mucho que les pese a los estúpidos wokistas de toda índole y condición mental— sigue siendo la más grande de las civilizaciones.

Europa parece estar despertando. Y ese despertar debe convertirse en un clamor que ayude a Israel y a los Estados Unidos a terminar el trabajo. Es posible que las aguas del mar se tiñan de rojo carmesí y que el precio sea alto, como siempre lo ha sido cuando la historia llama a la puerta de los pueblos libres. Pero hay momentos en los que la espada debe hablar para que vuelva a reinar la paz.

Ha llegado la hora.

La hora de recordar quiénes somos.
La hora de no retroceder.
La hora de que los fanáticos del turbante comprendan, de una vez por todas, que Occidente no ha olvidado luchar.

Porque cuando Europa despierta, la historia vuelve a escribirse con acero.

Sí a la guerra.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 4 de marzo de 2026

¡DONDE LA LUNA JUZGA EN SILENCIO!


Contemplo una luna que se mece en una niebla azulada, suspendida como un presagio. Una estampa que diríase arrancada de la mente febril de algún novelista gótico de la centuria decimonónica. A poniente, las olas rompen y desgranan espumas blanquecinas cuyo bramido me estremece en la noche.

Estoy solo y, más allá del latido del mar, el silencio es tan afilado que parte mi alma en dos. Lo que queda tras la herida es una tristeza infinita, empapada en efluvios de melancolía. Intento encontrar alguna explicación para este ánimo nocturno, pero no doy con causa razonable. Apenas me asalta alguna idea dispersa que enlaza con mi perpetua hipersensibilidad, siempre a flor de piel. Por eso vivo, padezco, escribo y muero en cada recoveco de este corazón doliente. No siempre en el mismo orden.

Acabo de advertir que por la mañana experimentaba un placer inmenso al observar a los surfistas en mi playa. Aquella escena se me antoja ahora la metáfora perfecta de estos tiempos atribulados: a la multitud le gusta deslizarse sobre la superficie, pero jamás se sumerge en las profundidades porque teme conocer la verdad, aunque esta libere. El común debería aprender a mirar aquello que rehúye contemplar. Por eso se refugia en el entretenimiento; alimenta el tener y descuida el ser. Yo no poseo nada y tampoco soy gran cosa: acaso el más imperfecto de los seres, la insignificancia elevada a categoría. Tal vez ahí resida mi desconsuelo: en el conocimiento que, lejos de emanciparme, me sacude en las horas más foscas.

De pronto recuerdo la frase de un conocido que presume de hablar siete idiomas —dos más que yo, puntualiza con delectación—, aunque jamás aprendió a escuchar en ninguno. Yo, en cambio, las callo todas, porque cualquier palabra pronunciada o escrita puede ser utilizada en mi contra en algún tribunal de injusticia. Alguien afirmó que hablando se entiende la gente. Yo, sin embargo, solo sé comunicarme con mis silencios y aprendo más del rumor de estas olas rizadas que de una conversación a siete voces.

La noche avanza y, con ella, las tinieblas empañan mi mente. Tengo frío y ninguna intención de regresar a casa. Sigo caminando hasta que la lluvia empapa las casitas blancas de mi pueblecito mediterráneo. No me queda más remedio que volver con esa expresión de panoli que se le queda a uno cuando el aguacero lo cala hasta los huesos. Si fuera viernes, descorcharía una botella de vino; pero es martes y me encierro en el baño para secarme las gotas del chaparrón… y también las lágrimas.

Mañana será otro día. El mundo amanecerá con su bullicio de siempre, los surfistas desafiarán otra vez la espuma y la luna aguardará paciente su turno en el cielo. Yo, en cambio, seguiré siendo este mismo defecto obstinado que camina a solas por la orilla, buscando en la bruma una respuesta que quizá nunca llegue, pero cuya ausencia —paradójicamente— me mantiene vivo.

Sergio Calle Llorens

 

martes, 3 de marzo de 2026

¡EL FANATISMO BORDADO EN VERDE Y BLANCO!

 

Imaginen a un señor ocioso, al que no conocen ni en su casa a la hora de comer, dirigiéndose a una asamblea inventada. Faltan cinco minutos para las doce del mediodía del 30 de marzo del año 4050. El motivo del encuentro es crear una autonomía política en Jutlandia, dentro del Reino de Dinamarca.

Por supuesto, no existe justificación histórica alguna para defender el nacimiento del nuevo ente político. Pero eso no importa. Lo que importa —y mucho— son los símbolos.

Mohamed —tonto de cojones, aunque con mucho tiempo libre— abre el acto presentando la bandera regional: un trapo calcado de la enseña del Estado Islámico, cuyos miembros —todo hay que decirlo— llevan milenios criando malvas. Esa gente responsable del asesinato de miles de infieles allí donde llegó a señorear el repugnante estandarte negro.

Usted, inteligente lector, todavía no contaminado por la estupidez de Canal Sur, sabe bien cómo se las gastaban los seguidores de la bandera negra con las mujeres, a las que, por cierto, consideraban al mismo nivel que a un perro. Pero ese insignificante detalle no parece inquietar al notario del futuro ni a sus descacharrantes seguidores que, contra todo pronóstico, aprueban el símbolo de la nueva patria jutlandesa.

¿Que no? Piénselo otra vez, porque eso fue exactamente lo que hizo Blas Infante en el sur de España. Al señorito se le ocurrió la mamarrachada de crear un trapo cuyo verde simboliza la herencia de los omeyas y cuyo blanco alude a la dinastía almohade.

Conviene recordar que los almohades fueron una auténtica catástrofe: fanáticos convencidos de que cualquiera que no practicara el islam según su rígido canon era, en realidad, un apóstata y, por tanto, merecedor de la muerte conforme a la ley islámica. Declararon la guerra santa a todo aquel que no se sometía a su cosmovisión. El resultado fue devastador: la aniquilación de buena parte de las ciencias y las letras. Incluso el filósofo musulmán Averroes y el médico y pensador judío Maimónides padecieron la represión de sus obras y, finalmente, el exilio.

Es evidente que los símbolos poseen una enorme carga simbólica. Nunca deben pasarse por alto, pero tampoco todos merecen el mismo respeto. Con las ideologías ocurre algo parecido. La bandera irlandesa, por ejemplo, se compone de tres colores: el verde representa la vieja cultura gaélica y a la comunidad católica; el naranja recuerda a los protestantes; el blanco simboliza la paz entre ambos. Es una forma de afirmar que el proyecto irlandés no pretende eliminar ninguna cultura ni práctica religiosa, sino integrarlas bajo una comunidad común llamada República de Irlanda.

En cambio, el trapo andaluz encarna —a juicio de quien firma— un guiño acrítico a uno de los periodos más fanáticos y represivos de la historia peninsular. Y por mucho que se repita la leyenda romántica, por muchas gaitas identitarias que suenen en la plaza del pueblo, algunos no estamos dispuestos a confundir memoria histórica con nostalgia de teocracia.

Porque una cosa es tener raíces y otra muy distinta regarlas con sangre ajena. Y cuando el símbolo exige cerrar los ojos para poder aplaudirlo, quizá el problema no esté en quien se niega a saludarlo, sino en quien lo izó sin haber leído una sola página de historia.

Sergio Calle Llorens