jueves, 26 de marzo de 2026

¡THE HOUSEMARTINS!


 The Housemartins son frecuentemente descritos como una versión más pop, luminosa y accesible de The Smiths, pero esa comparación, aunque tentadora, se queda corta. Porque si algo tenían los primeros era una capacidad casi milagrosa para disfrazar de ligereza lo que, en otras manos, habría sonado denso.

En la Málaga de los años 80 —cuando la movida no necesitaba etiquetas importadas para existir—, la música era una forma de estar en el mundo. Y en la capital de la Costa del Sol, lejos del foco de Madrid, también latía una escena propia, más cruda, más libre, menos pendiente de la foto y más del momento.

Allí, en Pedregalejo, barrio marinero donde el tiempo parecía diluirse entre el salitre y las madrugadas largas, había garitos que no saldrían nunca en una guía… pero que definieron una época. Uno de ellos, regentado por Manu —personaje de esos que sostienen una noche entera sin proponérselo—, era punto de encuentro, refugio y escenario.

Y en algún momento, entre chupitos, risas y conversaciones que se perdían en el aire, sonaba Happy Hour. Y todo cobraba sentido.

Porque mientras The Smiths construían su universo desde la melancolía elegante, con Morrissey escupiendo verdades incómodas envueltas en poesía y Johnny Marr tejiendo guitarras inolvidables, los The Housemartins optaban por otro camino: el de la ironía con ritmo, el de la sonrisa que no es ingenua.

Sus canciones entraban fáciles, casi demasiado. Pero debajo había intención, observación, mala leche bien administrada. No necesitaban oscurecer el tono para decir cosas. Les bastaba con afinar bien la melodía.

Y luego estaba ese detalle que el tiempo convirtió en mito: el bajo de Norman Cook, que años más tarde se transformaría en Fatboy Slim. Pero en aquellos días era solo parte de una banda que sonaba a algo distinto, algo fresco, algo que encajaba perfectamente en noches como aquellas.

Escuchar a los Housemartins en la costa malagueña tenía algo casi cinematográfico: música del norte industrial inglés sonando frente al mar, entre amigos, alcohol y esa sensación —cada vez más difícil de recuperar— de que todo estaba ocurriendo exactamente donde debía.

Con el paso del tiempo, Paul Heaton prolongaría esa sensibilidad en The Beautiful South, quizá con un enfoque más pulido, más adulto. Pero la chispa original, esa mezcla de frescura, ironía y verdad sin solemnidad, pertenece a aquellos años.

Compararlos con The Smiths es casi inevitable. Pero mientras unos invitaban a mirar hacia dentro, los otros te empujaban a vivir hacia fuera.

Y en noches como aquellas, en Pedregalejo, con Happy Hour sonando de fondo, no había duda de qué lado estaba la vida.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 25 de marzo de 2026

¡SCARPETTA!

 

Ahí, en ese punto exacto donde la ciencia forense deja de ser procedimiento y se convierte en confesión, Scarpetta encuentra su verdadero pulso. No como adaptación complaciente, sino como una relectura incómoda del universo de Patricia Cornwell, diseñada para incomodar más que para entretener.

Disponible en Amazon Prime Video, la serie articula sus ocho episodios como un descenso progresivo a una doble investigación: la de varios asesinatos con patrones inquietantemente precisos y, en paralelo, la de un pasado que se niega a permanecer enterrado. Kay Scarpetta, médica forense de prestigio, se ve obligada a enfrentarse no solo a cadáveres que cuentan historias a medias, sino a una trama que conecta lo profesional con lo íntimo de una forma cada vez más asfixiante. Nada es casual. Nada está completamente cerrado.

Nicole Kidman construye una Scarpetta que huye del cliché: cerebral, sí, pero también erosionada, incómoda en su propia piel, como si cada autopsia fuera un recordatorio de algo que no logró resolver en su propia vida. No hay heroicidad, hay resistencia.

A su lado, Jamie Lee Curtis ofrece una interpretación sencillamente incontestable. Cada escena suya añade una capa de tensión, de historia no dicha, de autoridad moral ambigua. No acompaña la serie: la eleva.

El juego temporal es una de las claves del relato, y aquí sí: la joven Scarpetta tiene nombre y peso. Rosy McEwen no se limita a imitar; construye un origen. Su interpretación aporta nervio, fragilidad y una sensación constante de peligro latente, como si el personaje ya estuviera marcado desde el principio. Gracias a ella, el pasado no explica el presente: lo contamina.

Uno de los grandes aciertos de casting —y también de escritura— es el personaje de Pete Marino. Bobby Cannavale encarna la versión adulta con una mezcla de desgaste, ironía y violencia contenida que funciona a la perfección, mientras que su hijo, Jake Cannavale, da vida al Marino joven con una energía más impulsiva, más cruda. El resultado no es solo coherente: es orgánico. Rara vez se ve en pantalla una continuidad generacional tan bien resuelta.

Completa el núcleo principal Simon Baker, que abandona cualquier rastro de carisma complaciente para instalarse en una ambigüedad incómoda. Su personaje nunca se entrega del todo, y eso lo convierte en una pieza clave dentro del engranaje narrativo.

Pero si hay un elemento que distingue a Scarpetta del resto de thrillers recientes es su apuesta por integrar la tecnología como conflicto emocional, no como artificio. La sobrina de Scarpetta mantiene “conversaciones” con un avatar creado por su pareja antes de morir: una inteligencia artificial que sigue presente, que responde, que interactúa. Lo inquietante no es la idea —cada vez más plausible—, sino su ejecución. No hay espectacularidad, hay perturbación. La serie acierta al plantearlo no como avance tecnológico, sino como imposibilidad de duelo.

En cuanto al argumento, la serie construye una investigación compleja en torno a varios crímenes que parecen aislados, pero que poco a poco revelan conexiones profundas con decisiones del pasado, relaciones familiares fracturadas y secretos que nunca debieron sobrevivir. Cada episodio añade una pieza, pero también introduce una duda. Y ahí está la clave: el espectador nunca tiene la sensación de pisar terreno firme.

El desenlace —sin destriparlo— no busca cerrar, sino revelar. Obliga a reinterpretar lo visto, a reconsiderar las motivaciones, a aceptar que algunas respuestas llegan demasiado tarde.

Scarpetta no es una serie de consumo rápido. Es una serie que exige atención, que incomoda y que, cuando termina, deja algo más que la sensación de haber visto una buena historia: deja una inquietud difícil de sacudir.

Sergio Calle Llorens

martes, 24 de marzo de 2026

¡LA TARDE EN QUE LA MÚSICA PARECÍA ETERNA!


 

Tengo recuerdos que no se me van nunca del monumento catedralicio que tengo por cabeza. No envejecen, no se desgastan, no se diluyen como las fotografías antiguas. Permanecen suspendidos en algún lugar secreto de la memoria, intactos, como si el tiempo hubiese decidido respetarlos.

Uno de esos recuerdos para mí tiene quince años.

Era una tarde de primavera en La Malagueta. De esas tardes malagueñas en las que el aire trae una mezcla imposible de sal, gasolina y promesas. El mar respiraba cerca, aunque no se viera, y la luz del atardecer empezaba a ponerse dorada, casi líquida, como si el día se estuviera derramando lentamente hacia la noche.

Yo caminaba buscando a un amigo mod. Sabía que estaría en el Sophisticat, un bar que para nosotros era algo más que un bar. Era un territorio. Un pequeño santuario urbano donde se refugiaba una tribu que creía en la elegancia, en la música y en una forma particular de vivir la juventud.

Antes de entrar ya se oía la escena.

Las Lambretta estaban aparcadas en la puerta como caballos metálicos alineados antes de una batalla nocturna. Cromados brillando con los últimos reflejos del sol, espejos redondos, pegatinas, algún casco colgado del manillar. Aquellas motos eran más que un vehículo. Eran una declaración estética, una forma de decirle al mundo quién eras.

Empujé la puerta del bar. Y entonces empezó la magia.

Dentro sonaba una canción que en aquel momento parecía hecha exactamente para ese instante. Sunday Girl. El ritmo era ligero, casi juguetón, pero tenía algo melancólico que solo se entiende cuando uno ha vivido ciertos años. La voz de Debbie Harry flotaba por el local como un perfume elegante.

Aquella música era la banda sonora de nuestras vidas.

Los años ochenta tenían algo irrepetible. No lo sabíamos entonces, claro. Uno nunca sabe que está viviendo su época dorada mientras la vive. Pero todo parecía vibrar con una energía especial. La música new wave, el soul blanco que los mods rescataban de viejos vinilos, el pop eléctrico que llegaba de Inglaterra y de Nueva York. Todo se mezclaba en aquellos bares donde los tocadiscos parecían sacerdotes de un ritual nocturno.

Y entonces la vi.

Una chica rubia bailaba cerca de la barra.

Vestía con esa elegancia despreocupada que solo poseen ciertas chicas jóvenes. Faldita corta, medias oscuras, movimientos ligeros. No bailaba para nadie. Bailaba para la música. Y durante unos segundos me pareció que Debbie Harry se había escapado del disco y estaba allí, en aquel bar de Málaga, moviéndose al ritmo de su propia canción.

En la adolescencia uno confunde fácilmente la belleza con el destino.

Quizá por eso aquel momento quedó grabado para siempre.

Los mods hablaban, reían, bebían cerveza, discutían sobre discos y scooters. Había una especie de sofisticación juvenil en el ambiente, una mezcla de estética británica y espíritu mediterráneo. Camisas bien planchadas, parkas, mocasines, chaquetas ajustadas. Para nosotros aquello era casi una forma de aristocracia callejera.

La noche todavía no había empezado del todo.

Estaba naciendo.

Ese momento exacto entre la tarde y la oscuridad en el que todo parece posible. Cuando aún no sabes dónde terminarás, pero sabes que algo va a ocurrir.

Después vendría el ritual inevitable.

Las motos arrancando una a una. El olor a gasolina mezclado con el aire marino. Las conversaciones gritadas entre motores. Las risas. La ciudad abriéndose como un mapa de aventuras. Cabalgábamos nuestras pequeñas máquinas por Málaga como exploradores nocturnos.

Íbamos buscando lo que buscan todos los jóvenes del mundo desde el principio de los tiempos: música, amigos, alcohol barato, historias que contar y, si la suerte acompañaba, una chica a la que robarle el corazón durante una noche que parecía infinita.

Nada parecía urgente entonces.

El futuro estaba muy lejos y la vida parecía un disco recién estrenado.

A veces pienso que cada generación tiene su música secreta, esa que queda asociada para siempre a sus años de descubrimiento. No importa cuántas décadas pasen. Basta escuchar los primeros acordes para que el tiempo se abra como una puerta.

Y uno vuelve allí.

A una tarde de primavera.

A un bar llamado Sophisticat que ya no existe.

A unas Lambretta brillando en la acera.

A una chica rubia bailando. A sus amigos bebiendo cerveza fría. A mi colega Fernando Díaz Mondragón que es como un hermano.

Y a una canción que, durante unos minutos, hizo creer a un muchacho de quince años que la juventud era eterna.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 18 de marzo de 2026

¡LARRA: LA LUCIDEZ QUE MADRID NO QUISO VER!

 


Madrid amanece con ese color de periódico viejo que tienen las ciudades cansadas. Los barrenderos empujan la noche hacia las alcantarillas, los primeros autobuses resoplan como viejos caballos de hierro y en las terrazas algún madrugador moja el churro en el café mientras hojea titulares que ya nacen arrugados. Madrid siempre ha sido así: una ciudad que despierta deprisa y piensa tarde. Si uno camina lo suficiente por sus calles, todavía puede imaginar a un hombre flaco, nervioso, con levita negra y una ironía afilada como una navaja. Se llamaba Mariano José de Larra, aunque firmaba muchas veces como Fígaro, que era una forma elegante de esconderse mientras decía verdades que nadie quería escuchar.

Larra miraba a la capital del reino como quien observa un teatro lleno de actores mediocres. En sus artículos retrató a los funcionarios perezosos, a los políticos huecos, a los burócratas que convertían cualquier trámite en una novela interminable. El país que describía era un país que parecía avanzar con los pies atados. Su famosa sátira sobre el “vuelva usted mañana” no era sólo una broma: era el diagnóstico de una enfermedad nacional que todavía hoy da síntomas cada mañana en alguna ventanilla administrativa.

Lo extraordinario es que Larra tenía apenas veintitantos años cuando escribía con esa lucidez feroz. Era joven, elegante, brillante y profundamente incómodo para su tiempo. Amaba a España con la misma intensidad con la que la detestaba, como quien quiere a un familiar que no deja de cometer disparates. Su pluma era una mezcla peligrosa de inteligencia, desesperación y sarcasmo, tres ingredientes que en política suelen ser dinamita.

Pero Larra no sólo escribió sobre la sociedad: también escribió, sin saberlo, sobre el corazón humano. Su vida sentimental fue un campo de batalla romántico, como correspondía a un escritor del siglo XIX. Su relación con Dolores Armijo terminó convirtiéndose en una tragedia privada que acabaría mezclándose con su desesperanza pública. Un día de febrero de 1837, después de una ruptura que terminó de quebrarlo, Larra se encerró en su casa de la calle Santa Clara y se pegó un tiro. Tenía apenas veintisiete años. España perdía así a uno de los pocos hombres que la entendían demasiado bien.

Desde entonces han pasado casi dos siglos y Madrid sigue despertando con el mismo aire entre cansado y burlón. Cambian los trajes, cambian los gobiernos, cambian las palabras, pero hay algo en el fondo del país que parece resistirse a cambiar del todo. Quizá por eso leer a Larra produce una sensación extraña: uno tiene la impresión de estar leyendo el periódico de esta misma mañana.

Y tal vez por eso conviene recordarlo.

Porque España cambia de siglo.

Pero nunca deja de parecerse a sí misma.

Sergio Calle Llorens

lunes, 16 de marzo de 2026

¡LA SEMANA EN LA QUE UN SOCIALISTA PIDIÓ PERDÓN Y OTRAS ANOMALÍAS DE LA NATURALEZA!

 


La semana anterior, que murió a las orillas de unas aguas entre azules y turquesas, ocurrieron cosas inauditas. No tengo otra forma de expresarlo.

Ahí tienen a un exconcejal del PSOE llorando y pidiendo disculpas tras confesar un fraude de 34 millones de euros en el asunto de los ERE. Un reconocimiento de culpabilidad que no se había producido antes. Recordemos que ni con la guerra sucia de los GAL, ni con la terrible operación Mengele, ni con el asesinato de Calvo Sotelo, ni con Invercaria, ni con Filesa, ni con el caso Ábalos, la Rosa Nostra esta gente pidió disculpas.

Insisto: jamás se había visto a un militante de la mafia socialista, cual plañidera cualquiera, admitiendo un delito tan grave. Es de agradecer el gesto de José María Sayago. Sin embargo, somos legión los que preferiríamos que los de la secta del capullo emulasen a los japoneses aplicándose un buen harakiri tras reconocer el latrocinio institucionalizado. En cualquier caso, por algo se empieza antes de que terminen en la cárcel.

También en estos días el personal anda muy soliviantado en la región malagueña. Por un lado, ha saltado, como una liebre desbocada, la noticia de que, por primera vez desde el nacimiento de la infumable taifa del sur, Málaga será la primera en inversiones por parte de la Junta, adelantando a Sevilla. Un acontecimiento insólito.

Tanto como las declaraciones del nuevo obispo de la provincia. El religioso ha criticado que el ayuntamiento de la ciudad del paraíso rechace la regularización masiva de inmigrantes ilegales a los que el orondo ministro de Roma, que no parece el más listo de la clase, no quiere que vinculen con la delincuencia.

Para evitar ese riesgo, el mitrado debería haber pedido a Dios, que está en el cielo tan pimpante, y a Sánchez, otro ser omnipotente, que para la citada regularización masiva los migrantes —qué palabra más tonta— presenten un certificado de penales verificable.

A mí, qué quieren que les diga, José Antonio Satué me recuerda a ese chiste:

—Oye, una cosa: ¿los monjes son buenos?
—Depende: abadías que sí y abadías que no.

Visto lo visto con el religioso, habrá días en los que el prelado parezca un poco tonto del culo y habrá días en los que parezca más tonto todavía. Es más, me temo que su nombre va a sonar fuerte este año en los Premios Oriundo Panoli.

Por otra parte, y para finalizar, propongo que, como alternativa a la herramienta «Hodio» —huella del odio y la polarización del gobierno—, se cree «Himbecil», un instrumento digital creado desde el respeto y la educación para detectar a los hijos de los cretinos que no descansan nunca.

Ya lo han leído. La semana ha estado llena de hechos tan insólitos como encontrar a un socialista que no robe. Algo tan novedoso como que hoy lunes su jefe le reciba en la oficina bajándose los pantalones para meterse una zanahoria por el culo mientras suena la sintonía de La naranja mecánica.

En fin, jamás imaginé que viviría para contemplar estos milagros de temporada: socialistas arrepentidos y sermones para idiotas.

Sergio Calle Llorens


lunes, 9 de marzo de 2026

¡SÍ A LA GUERRA!

 

Los ahorcamientos de mujeres violadas, homosexuales o manifestantes son el pan nuestro de cada día en Irán. Ninguna de las setenta resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas condenando la situación de los derechos humanos en ese terrible país ha servido para nada. Especialmente porque ninguna teocracia ha caído jamás gracias al derecho internacional. Por ello, ver estallar las bombas sobre las cabezas de los ayatolás produce una sensación de alivio —cuando no de franca felicidad— en muchos de nosotros, los occidentales.

Bien es cierto que nuestros países comercian con otros regímenes tan criminales como el iraní. Empero, en el mundo de la geoestrategia no hay aliados eternos, sino intereses. Ya nos gustaría a todos terminar, y de un plumazo, con países como el cochambroso Marruecos, Catar o Arabia Saudí, pero todo a su tiempo. Ya llegará la hora de marchar también sobre ellos.

Ahora las bombas se dirigen raudas y veloces hacia todos los rincones de Irán. Con ellas, el miedo ha cambiado de bando y, mientras tratan de defenderse por tierra, aire y mar —bueno, en el mar ya no les quedan demasiados barcos que perder—, los chiíes no pueden seguir financiando a más grupos terroristas y su arsenal de cohetes continúa menguando camino de la derrota total.

La guerra es un asunto feo, pero en ocasiones resulta necesaria. Bien lo sabía Winston Churchill antes de que al cabo austríaco se le ocurriese invadir Polonia. Por eso lucharon en las playas, en los aeródromos, en los campos y en las colinas. Nunca se rindieron. Tampoco lo hicieron los españoles que salvaron a Europa del dominio otomano en el Mediterráneo durante la batalla de Lepanto —la más alta ocasión que vieron los siglos—, ni los arcabuceros de los Tercios que contuvieron al turco ante las murallas de Viena. Tampoco entonces capitularon ante los sarracenos.

El “no a la guerra” es un grito infantil que esconde el cálculo electoral del embustero de Sánchez. El “sí a la guerra”, en cambio, nos recuerda la sangre que vertimos en los campos de la vieja Europa. La sangre de soldados que murieron por grandes ideales, porque nuestra civilización —por mucho que les pese a los estúpidos wokistas de toda índole y condición mental— sigue siendo la más grande de las civilizaciones.

Europa parece estar despertando. Y ese despertar debe convertirse en un clamor que ayude a Israel y a los Estados Unidos a terminar el trabajo. Es posible que las aguas del mar se tiñan de rojo carmesí y que el precio sea alto, como siempre lo ha sido cuando la historia llama a la puerta de los pueblos libres. Pero hay momentos en los que la espada debe hablar para que vuelva a reinar la paz.

Ha llegado la hora.

La hora de recordar quiénes somos.
La hora de no retroceder.
La hora de que los fanáticos del turbante comprendan, de una vez por todas, que Occidente no ha olvidado luchar.

Porque cuando Europa despierta, la historia vuelve a escribirse con acero.

Sí a la guerra.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 4 de marzo de 2026

¡DONDE LA LUNA JUZGA EN SILENCIO!


Contemplo una luna que se mece en una niebla azulada, suspendida como un presagio. Una estampa que diríase arrancada de la mente febril de algún novelista gótico de la centuria decimonónica. A poniente, las olas rompen y desgranan espumas blanquecinas cuyo bramido me estremece en la noche.

Estoy solo y, más allá del latido del mar, el silencio es tan afilado que parte mi alma en dos. Lo que queda tras la herida es una tristeza infinita, empapada en efluvios de melancolía. Intento encontrar alguna explicación para este ánimo nocturno, pero no doy con causa razonable. Apenas me asalta alguna idea dispersa que enlaza con mi perpetua hipersensibilidad, siempre a flor de piel. Por eso vivo, padezco, escribo y muero en cada recoveco de este corazón doliente. No siempre en el mismo orden.

Acabo de advertir que por la mañana experimentaba un placer inmenso al observar a los surfistas en mi playa. Aquella escena se me antoja ahora la metáfora perfecta de estos tiempos atribulados: a la multitud le gusta deslizarse sobre la superficie, pero jamás se sumerge en las profundidades porque teme conocer la verdad, aunque esta libere. El común debería aprender a mirar aquello que rehúye contemplar. Por eso se refugia en el entretenimiento; alimenta el tener y descuida el ser. Yo no poseo nada y tampoco soy gran cosa: acaso el más imperfecto de los seres, la insignificancia elevada a categoría. Tal vez ahí resida mi desconsuelo: en el conocimiento que, lejos de emanciparme, me sacude en las horas más foscas.

De pronto recuerdo la frase de un conocido que presume de hablar siete idiomas —dos más que yo, puntualiza con delectación—, aunque jamás aprendió a escuchar en ninguno. Yo, en cambio, las callo todas, porque cualquier palabra pronunciada o escrita puede ser utilizada en mi contra en algún tribunal de injusticia. Alguien afirmó que hablando se entiende la gente. Yo, sin embargo, solo sé comunicarme con mis silencios y aprendo más del rumor de estas olas rizadas que de una conversación a siete voces.

La noche avanza y, con ella, las tinieblas empañan mi mente. Tengo frío y ninguna intención de regresar a casa. Sigo caminando hasta que la lluvia empapa las casitas blancas de mi pueblecito mediterráneo. No me queda más remedio que volver con esa expresión de panoli que se le queda a uno cuando el aguacero lo cala hasta los huesos. Si fuera viernes, descorcharía una botella de vino; pero es martes y me encierro en el baño para secarme las gotas del chaparrón… y también las lágrimas.

Mañana será otro día. El mundo amanecerá con su bullicio de siempre, los surfistas desafiarán otra vez la espuma y la luna aguardará paciente su turno en el cielo. Yo, en cambio, seguiré siendo este mismo defecto obstinado que camina a solas por la orilla, buscando en la bruma una respuesta que quizá nunca llegue, pero cuya ausencia —paradójicamente— me mantiene vivo.

Sergio Calle Llorens

 

martes, 3 de marzo de 2026

¡EL FANATISMO BORDADO EN VERDE Y BLANCO!

 

Imaginen a un señor ocioso, al que no conocen ni en su casa a la hora de comer, dirigiéndose a una asamblea inventada. Faltan cinco minutos para las doce del mediodía del 30 de marzo del año 4050. El motivo del encuentro es crear una autonomía política en Jutlandia, dentro del Reino de Dinamarca.

Por supuesto, no existe justificación histórica alguna para defender el nacimiento del nuevo ente político. Pero eso no importa. Lo que importa —y mucho— son los símbolos.

Mohamed —tonto de cojones, aunque con mucho tiempo libre— abre el acto presentando la bandera regional: un trapo calcado de la enseña del Estado Islámico, cuyos miembros —todo hay que decirlo— llevan milenios criando malvas. Esa gente responsable del asesinato de miles de infieles allí donde llegó a señorear el repugnante estandarte negro.

Usted, inteligente lector, todavía no contaminado por la estupidez de Canal Sur, sabe bien cómo se las gastaban los seguidores de la bandera negra con las mujeres, a las que, por cierto, consideraban al mismo nivel que a un perro. Pero ese insignificante detalle no parece inquietar al notario del futuro ni a sus descacharrantes seguidores que, contra todo pronóstico, aprueban el símbolo de la nueva patria jutlandesa.

¿Que no? Piénselo otra vez, porque eso fue exactamente lo que hizo Blas Infante en el sur de España. Al señorito se le ocurrió la mamarrachada de crear un trapo cuyo verde simboliza la herencia de los omeyas y cuyo blanco alude a la dinastía almohade.

Conviene recordar que los almohades fueron una auténtica catástrofe: fanáticos convencidos de que cualquiera que no practicara el islam según su rígido canon era, en realidad, un apóstata y, por tanto, merecedor de la muerte conforme a la ley islámica. Declararon la guerra santa a todo aquel que no se sometía a su cosmovisión. El resultado fue devastador: la aniquilación de buena parte de las ciencias y las letras. Incluso el filósofo musulmán Averroes y el médico y pensador judío Maimónides padecieron la represión de sus obras y, finalmente, el exilio.

Es evidente que los símbolos poseen una enorme carga simbólica. Nunca deben pasarse por alto, pero tampoco todos merecen el mismo respeto. Con las ideologías ocurre algo parecido. La bandera irlandesa, por ejemplo, se compone de tres colores: el verde representa la vieja cultura gaélica y a la comunidad católica; el naranja recuerda a los protestantes; el blanco simboliza la paz entre ambos. Es una forma de afirmar que el proyecto irlandés no pretende eliminar ninguna cultura ni práctica religiosa, sino integrarlas bajo una comunidad común llamada República de Irlanda.

En cambio, el trapo andaluz encarna —a juicio de quien firma— un guiño acrítico a uno de los periodos más fanáticos y represivos de la historia peninsular. Y por mucho que se repita la leyenda romántica, por muchas gaitas identitarias que suenen en la plaza del pueblo, algunos no estamos dispuestos a confundir memoria histórica con nostalgia de teocracia.

Porque una cosa es tener raíces y otra muy distinta regarlas con sangre ajena. Y cuando el símbolo exige cerrar los ojos para poder aplaudirlo, quizá el problema no esté en quien se niega a saludarlo, sino en quien lo izó sin haber leído una sola página de historia.

Sergio Calle Llorens