Imaginen a
un señor ocioso, al que no conocen ni en su casa a la hora de comer,
dirigiéndose a una asamblea inventada. Faltan cinco minutos para las doce del
mediodía del 30 de marzo del año 4050. El motivo del encuentro es crear
una autonomía política en Jutlandia, dentro del Reino de Dinamarca.
Por
supuesto, no existe justificación histórica alguna para defender el nacimiento
del nuevo ente político. Pero eso no importa. Lo que importa —y mucho— son los
símbolos.
Mohamed
—tonto de cojones, aunque con mucho tiempo libre— abre el acto presentando la bandera
regional: un trapo calcado de la enseña del Estado Islámico, cuyos
miembros —todo hay que decirlo— llevan milenios criando malvas. Esa gente
responsable del asesinato de miles de infieles allí donde llegó a señorear el
repugnante estandarte negro.
Usted,
inteligente lector, todavía no contaminado por la estupidez de Canal Sur,
sabe bien cómo se las gastaban los seguidores de la bandera negra con las
mujeres, a las que, por cierto, consideraban al mismo nivel que a un perro.
Pero ese insignificante detalle no parece inquietar al notario del futuro ni a
sus descacharrantes seguidores que, contra todo pronóstico, aprueban el símbolo
de la nueva patria jutlandesa.
¿Que no?
Piénselo otra vez, porque eso fue exactamente lo que hizo Blas
Infante en el sur de España. Al señorito se le ocurrió la mamarrachada de
crear un trapo cuyo verde simboliza la herencia de los omeyas y cuyo blanco
alude a la dinastía almohade.
Conviene
recordar que los almohades fueron una auténtica catástrofe: fanáticos
convencidos de que cualquiera que no practicara el islam según su rígido canon
era, en realidad, un apóstata y, por tanto, merecedor de la muerte conforme a
la ley islámica. Declararon la guerra santa a todo aquel que no se sometía a su
cosmovisión. El resultado fue devastador: la aniquilación de buena parte de las
ciencias y las letras. Incluso el filósofo musulmán Averroes y el médico
y pensador judío Maimónides padecieron la represión de sus obras y,
finalmente, el exilio.
Es evidente
que los símbolos poseen una enorme carga simbólica. Nunca deben pasarse por
alto, pero tampoco todos merecen el mismo respeto. Con las ideologías ocurre
algo parecido. La bandera irlandesa, por ejemplo, se compone de tres colores:
el verde representa la vieja cultura gaélica y a la comunidad católica; el
naranja recuerda a los protestantes; el blanco simboliza la paz entre ambos. Es
una forma de afirmar que el proyecto irlandés no pretende eliminar ninguna
cultura ni práctica religiosa, sino integrarlas bajo una comunidad común
llamada República de Irlanda.
En cambio, el
trapo andaluz encarna —a juicio de quien firma— un guiño acrítico a uno de
los periodos más fanáticos y represivos de la historia peninsular. Y por mucho
que se repita la leyenda romántica, por muchas gaitas identitarias que suenen
en la plaza del pueblo, algunos no estamos dispuestos a confundir memoria
histórica con nostalgia de teocracia.
Porque una
cosa es tener raíces y otra muy distinta regarlas con sangre ajena. Y cuando el
símbolo exige cerrar los ojos para poder aplaudirlo, quizá el problema no esté
en quien se niega a saludarlo, sino en quien lo izó sin haber leído una sola
página de historia.
Sergio Calle Llorens
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