La pregunta
aparece con una regularidad casi ritual. Suele llegar después de leer una
columna incómoda, un texto que no pide permiso ni se disculpa. Se formula como
un elogio, pero arrastra una ingenuidad de fondo: la creencia de que escribir
bien y escribir en los grandes medios son cosas que todavía guardan alguna
relación.
Durante un
tiempo, la tuvieron. No siempre, pero a veces. Hubo épocas en las que los
periódicos buscaban una voz, no una consigna; una mirada, no un manual de
estilo ideológico. A cambio ofrecían poco dinero o ninguno, pero al menos
concedían algo que hoy escasea más que el presupuesto cultural: libertad.
Hoy el
articulismo profesional se parece más a un régimen de franquicias. Se entra si
se acepta el menú, el tono, los límites invisibles y las palabras prohibidas.
No se trata de escribir mejor o peor, sino de escribir dentro. Dentro de una
línea, dentro de un marco moral, dentro de un relato previamente aprobado. El
columnista ha dejado de ser un francotirador para convertirse en un relaciones
públicas con sintaxis.
Por eso hay
escritores que no escriben en diarios. No porque no sepan, ni porque no
quieran, ni porque no les llamen. Sino porque no están dispuestos a pagar el
peaje. El precio no es económico, es moral. Consiste en callar cuando toca
callar, suavizar cuando toca suavizar y mirar hacia otro lado cuando la
realidad empieza a resultar incómoda para el anunciante, el partido o el
consejo editorial.
A muchos de
esos escritores se les ha pagado con libros. Literalmente. Con ejemplares, con
promesas, con palmaditas en la espalda. Es una forma elegante de
precariedad, casi romántica, que sirve para alimentar el mito mientras se vacía
la nevera. Pero también es una prueba: quien sigue escribiendo en esas
condiciones no lo hace por carrera, sino por carácter.
El
articulismo independiente no da dinero, pero concede algo que los grandes medios han ido perdiendo:
credibilidad personal. El lector sabe cuándo un texto nace de una convicción y
cuándo nace de una consigna. Puede no estar de acuerdo, incluso puede
enfadarse, pero percibe la diferencia. Y esa percepción explica por qué algunos
artículos escritos fuera del circuito oficial se leen más, se comparten más y
se recuerdan más que muchas columnas bien pagadas y perfectamente olvidables.
No escribir
en los diarios no es un fracaso. A veces es una consecuencia lógica. Es el
resultado de no querer convertirse en comentarista dócil de una realidad que se
ha vuelto grotesca. De no aceptar que la corrupción se trate como anécdota, la
mentira como estrategia y el silencio como virtud profesional.
Quien
escribe así acaba encontrando su espacio en los márgenes: blogs, libros
autoeditados, podcasts, lecturas en voz alta. Espacios más pequeños, sí,
pero más honestos. Lugares donde el texto no se negocia antes de escribirse
y donde el lector no es tratado como un menor de edad ideológico.
Al final, la
pregunta correcta no es por qué alguien no escribe en los diarios. La pregunta
es por qué tantos diarios ya no publican textos que valga la pena escribir. Y
la respuesta, aunque incomode, tiene poco que ver con el talento y mucho con el
miedo.
Y luego está
el detalle que suele olvidarse en estas conversaciones: algunos de esos
escritores que no salen en los diarios viven de sus libros, de sus lectores y
de una voz que no pide permiso. No firman columnas en papel couché, pero
pagan facturas; no salen en tertulias, pero llenan podcasts; no reciben
consignas, pero reciben algo mejor: autonomía. Así que, en fin, que cada cual
escriba donde pueda, donde quiera o donde le dejen. Yo, mientras tanto, seguiré
escribiendo donde me lean… y cobrando sin tener que besar anillos, que para eso
ya están las sacristías, los platós y las páginas de opinión con nómina fija.
Sergio Calle Llorens
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