viernes, 13 de febrero de 2026

¡MI GENÉTICA!

 


Uno va a hacerse una analítica pensando que saldrá con lo de siempre: “todo normal”, “beba agua”, “hierro justito”. Y de repente aparece una palabra que suena a tragedia clásica: talasemia. En mi caso, lo que ha salido es un rasgo talasémico A. No la enfermedad, no el drama, sino el gen. El polizón genético.

Ser portador no significa estar enfermo. Significa llevar una variante heredada, como quien hereda ojos claros, mala uva o una peligrosa afición por desmontar relatos oficiales. La talasemia solo es un problema cuando dos portadores coinciden y tienen hijos. Por eso se estudia. Por eso se controla. No por miedo, sino por conocimiento y previsión.

Y una vez pasado el susto inicial, llega la pregunta lógica:
¿esto de dónde sale?

Aquí es donde la genética empieza a resultar incómoda para muchos discursos identitarios. Porque los genes no leen manuales ideológicos ni mapas escolares mal explicados. Los genes recuerdan viajes reales, no consignas. El rasgo talasémico aparece en el Mediterráneo, sí, pero también en Irlanda, en Gran Bretaña, en zonas del norte de Europa. No por capricho ni por romanticismo céltico, sino por selección natural.

Durante siglos, la malaria fue endémica en buena parte de Europa. También en el norte. Costas atlánticas, ríos, marismas, zonas húmedas. Ser portador de talasemia ofrecía una ventaja: no inmunidad, pero resistencia. Y la evolución, que no debate ni pide permiso, decidió conservar el gen porque servía para sobrevivir.

Hasta aquí, biología básica.

Y ahora viene el momento incómodo.

Porque cuando uno mira la genética real del sur de España, lo que aparece NO es una población de origen árabe. Lo siento por el tópico, pero no. La presencia musulmana fue política, militar y administrativa, no un reparto genético ni una sustitución poblacional. No hubo una “arabización” demográfica. Hubo una élite gobernante minoritaria sobre una población mayoritariamente hispanorromana que ya estaba allí desde hacía siglos.

Y aquí conviene decirlo sin rodeos:
las mujeres hispanorromanas no se casaban masivamente con musulmanes, porque eso implicaba perder derechos civiles, jurídicos y religiosos. No es una opinión moderna ni una provocación: es derecho histórico elemental. La genética actual, además, lo confirma con una frialdad casi cruel para el mito.

El componente árabe-bereber en la población del sur del país es reducido y marginal. El sustrato dominante es romano, visigodo y europeo atlántico. Es decir, si alguien espera encontrar en el ADN una genealogía de emires y califas, va a salir del laboratorio con cara de tonto.

Dicho de forma más clara:
el sur de España no procede genéticamente de los árabes.
Procede de europeos antiguos que fueron gobernados por árabes durante un tiempo. Que no es lo mismo. Ni de lejos.

Nuestro sur peninsular fue, antes que nada, hispanorromano. Luego visigodo. Luego un puerto abierto al Atlántico, al comercio, a los pueblos del norte. No un desierto humano esperando ser rellenado. Fue un cruce de caminos, no un solar vacío.

No hace falta imaginar una escena concreta, pero uno puede hacerlo: un mercader del norte con anemia leve, un visigodo de piel clara, un marinero irlandés que se baja del barco en el puerto equivocado y decide que ya ha navegado suficiente. Como en una historia de Corto Maltés, sin discursos, sin banderas, con el mar de fondo y el destino encogiéndose de hombros.

La genética moderna no discute ni opina: mide. Y lo que mide desmonta mitos muy repetidos y muy poco pensados. Lo que aparece es una continuidad europea profunda, compleja, mezclada, coherente con siglos de historia real. No con cuentos simplificados para consumo rápido.

La ironía final es deliciosa: después de descubrir que mi sangre hablaba de rutas atlánticas y pueblos del norte, terminé casándome con una mujer escandinava, de Dinamarca. Mis hijos son hispano-daneses, hablan ambos idiomas y además inglés, como si la genética se hubiera permitido un chiste privado.

Así que sí, puede que tenga un rasgo talasémico A.
Puede que en mi sangre viajen romanos, visigodos o algún rey irlandés despistado.
Pero desde luego, no procede de ningún reparto árabe imaginario.

Porque al final entendí algo muy simple:
mi análisis de sangre no era un problema.
Era un mapa

Sergio Calle Llorens


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