Cae la lluvia queda en mi pueblecito
mediterráneo. El silencio apenas se rompe con alguna ráfaga de viento que
empuja las frías gotas contra los cristales. En mi eficiente chimenea, los
troncos proyectan unas extrañas sombras danzarinas de color rojizo. Esta vez,
la celestial pirotecnia no hace acto de presencia. Le he tomado afición a estas
mañanas pasadas por agua, en las que nunca parece pasar nada. Pero pasa, y
mucho.
De hecho, Maduro
ha sido capturado por el ejército de Estados Unidos y sacado de Venezuela.
Ya está el bigotudo tras las rejas. Algunos dicen que por dictador y
narcotraficante. Otros, que por el interés de Trump en el petróleo venezolano.
Imagino que los cubanos y los rusos estaban en el país caribeño por su ron y
sus mujeres. Mi opinión es que a cada cerdo le llega su San Martín.
Y hablando
de cerdos, los ayatolás están muy asustados por la revolución que han iniciado
las mujeres. Esas persas que se niegan a llevar velo y a seguir los preceptos
del islam más radical. El descontento de la población es tan atronador
como los silencios de las feministas occidentales. Unas se juegan la vida y
otras miran para otro lado.
Cae la
lluvia sin pausa, pero sin prisa. Es un elemento líquido agradable y casi
invisible que llena los arroyos parleros de felicidad local. Debido a los
chubascos, me va a ser difícil hacer la caminata matutina que me templa el
cuerpo y los recuerdos, a pesar de que cada vez soy menos dado a remover caldos
añejos. Sin embargo, me viene a la memoria el impresentable de Zapatero
defendiendo la indefendible dictadura bolivariana, mientras los presos
políticos se pudren en la cárcel. El miedo, al parecer, ha cambiado de bando.
¿Terminará el cejitas en una fría cárcel de Nueva York, como su amigo Nicolás?
El tiempo lo dirá.
Y hablando
del mismo, recuerdo que en el siglo XVI existía la costumbre de llamar a la
servidumbre con toques de campana. Era un privilegio exclusivo de los
cardenales. Sin embargo, un embajador en la Santa Sede hizo suya la costumbre. Don
Enrique de Guzmán y Ribera, padre del que luego sería el Conde Duque de
Olivares, fue amonestado por el papa Sixto V, ya que el embajador
francés se había quejado en numerosas ocasiones al respecto. El español hizo
caso al Santo Padre y trocó la campanilla por un cañón para llamar a sus
criados. Aquella potente detonación sembró el pánico entre los romanos, que
temían estar siendo víctimas de un ataque. A consecuencia de todo ello, el
Papa no tuvo más remedio que envainársela y conceder también a la
embajada de España aquel privilegio cardenalicio.
Cosas que
pasaban cuando los españoles éramos los dueños del mundo. Hoy todo ha cambiado, menos la
lluvia, que sigue cayendo sobre las casitas blancas donde vivimos a estas
orillas, indiferente a imperios, dictadores y redenciones tardías. La lluvia
no toma partido. No vota. No firma tratados. Solo cae.
Y mientras
cae, algunos hombres son sacados de palacios y encerrados en jaulas, no por
justicia divina, sino porque alguien más fuerte ha decidido que su tiempo ha
terminado. Trump ha capturado a Maduro porque puede. Porque el poder,
cuando se ejerce sin complejos, no necesita explicación. La historia no siempre
avanza con razón, pero casi siempre lo hace con fuerza. Y esta mañana, bajo la
lluvia, queda claro quién manda… y quién ya solo espera a que escampe.
Sergio Calle Llorens