lunes, 26 de enero de 2026

¡CINCO VOCES BAJO UNA FAROLA!


 


Antes de que el rock se electrificara y antes de que el soul se institucionalizara, existió una música humilde y milagrosa que nació en las esquinas, bajo farolas cansadas y escaleras de incendios oxidadas. El doo wop no surgió de los estudios ni de los conservatorios, sino de la necesidad. En ciudades como Nueva York, Chicago, Baltimore o Filadelfia, muchos jóvenes no podían permitirse guitarras, pianos ni baterías. Pero sí tenían algo al alcance de todos: la voz. Y con ella levantaron catedrales sonoras sin ladrillos ni micrófonos.

El doo wop fue, ante todo, canto a capella y armonía colectiva. Un solista al frente y un coro detrás sosteniendo el cielo con sílabas sin significado aparente, pero cargadas de emoción: doo, wop, sha, lang, dip. No eran relleno; eran el latido. Esa estructura creó una música profundamente física, donde cada respiración importaba y cada vibración tenía alma. Escuchar doo wop es escuchar cuerpos cantando juntos para sobrevivir a la noche.

Resulta imposible hablar del género sin detenerse en los nombres. Muchas de aquellas bandas eligieron llamarse como pájaros, quizá porque el canto era su única arma o porque aspiraban a volar lejos de los barrios que los vieron nacer. The Flamingos, The Orioles, The Penguins, The Crows, The Ravens… nombres que evocaban ligereza, migración y libertad. The Flamingos, con su elegancia casi irreal, llevaron el doo wop a un nivel de sofisticación armónica que todavía hoy emociona. I Only Have Eyes for You no es solo una canción; es un estado de ánimo suspendido en el tiempo, un suspiro eterno bajo la luna urbana.

El doo wop fue también un cruce cultural fascinante. En los barrios italoamericanos, la influencia de la canción italiana fue decisiva. Muchos jóvenes crecieron escuchando a sus padres tararear melodías napolitanas, llenas de lirismo, melancolía y dramatismo vocal. Esa herencia se filtró en el fraseo, en el uso del falsete, en la manera de estirar las notas como si dolieran. No es casual que grupos como The Belmonts, con Dion al frente, sonaran distintos: más mediterráneos, más teatrales, con una nostalgia que parecía venir de otro siglo. El doo wop supo mezclar el soul afroamericano con la pasión italiana sin pedir permiso, creando algo nuevo y profundamente bello.

Entre las mejores canciones del género se encuentran auténticas joyas que resisten cualquier moda. Earth Angel de The Penguins, ingenua y devastadora a la vez. Blue Moon en la versión de The Marcels, convertida en un himno improbable gracias a una introducción vocal que es pura electricidad. In the Still of the Night de The Five Satins, quizá una de las declaraciones de amor más puras jamás grabadas. Since I Don’t Have You de The Skyliners, donde la tristeza se canta con dignidad y armonía. Cada una de ellas contiene un fragmento de vida real, sin artificio.

El doo wop fue también un refugio. En una época marcada por la segregación, la pobreza y la falta de oportunidades, cantar juntos era una forma de pertenecer, de existir. No hacía falta escenario; bastaba una esquina con buena acústica. No hacía falta dinero; bastaba con escuchar al otro. Por eso esta música sigue emocionando décadas después. Porque no nació para impresionar, sino para acompañar.

Escuchar doo wop hoy es volver a un tiempo en el que la música se construía con paciencia, oído y corazón. Un tiempo en el que cinco chicos podían detener el mundo durante tres minutos solo afinando bien. Y quizá por eso, cuando suenan esas armonías antiguas, algo en nosotros también se afina. Como si recordáramos, aunque no lo hayamos vivido, que cantar juntos fue una vez una forma de esperanza.

Sergio Calle Llorens

jueves, 22 de enero de 2026

¡FAIR PLAY A LA MARROQUÍ: TOALLAS, ÁRBITROS Y OTRAS TRADICIONES MEDIEVALES!


 

Marruecos ha vuelto a demostrar al mundo que no tiene capacidad para organizar ningún evento internacional de renombre. La Copa de África de fútbol es otra prueba más: estadios medio vacíos, precios prohibitivos para la población local y una final bochornosa, digna del esperpento más castizo, ese que Valle-Inclán habría ambientado sin dudarlo entre árbitros vendidos y reyezuelos de opereta. Nada que ver con el ideal de fair play que Occidente predica desde Coubertin y viola solo cuando le conviene. Ese Senegal abandonando el campo por un penalti injusto (¿qué deberían haber hecho los equipos de la liga española durante estos más de cien años de atracos del Real Madrid?). Esos recogepelotas agrediendo al portero suplente de Senegal, al que trataban de robar la toalla del guardameta titular, como si el reglamento de la FIFA hubiera sido sustituido por el código penal de un manicomio abierto. Ese hermano del reyezuelo marroquí que se niega a entregar la copa a los vencedores, confirmando que la monarquía alauí no ha leído ni a Montesquieu ni falta que le hace. Esos magrebíes quemando los negocios de los senegaleses tras caer en la prórroga del partido. Esa turba atacando a los subsaharianos en un intento repugnante de purgar la frustración colectiva de un país cochambroso cuyo gobierno se ha gastado millones de dólares en levantar estadios mientras su economía real se cae a pedazos, como un decorado de cartón piedra.

Si alguien en Marruecos quería mostrar la verdadera imagen del país, lo ha logrado con creces. Ahora todo el planeta sabe que la población marroquí sigue viviendo en el medievo, no el romántico de Eco ni el ilustrado de Huizinga, sino el de la ley del más fuerte y la razón del palo. Un país que no respeta no puede ser respetado. Una nación que aspira a ganar títulos comprando árbitros no merece sentarse en nuestra mesa, esa mesa occidental donde al menos se finge jugar limpio. Unos seguidores que parecían haberse escapado de los manicomios cercanos no deberían volver a entrar en un estadio de fútbol. Bien mirado, Marruecos entero es una inmensa casa de locos, una versión africana de Alguien voló sobre el nido del cuco, pero sin Nicholson ni guion. De hecho, pareciera que el contacto con esa fauna fue lo que trastornó a Brahim para tirar un penalti a lo Panenka al final del tiempo reglamentario. No se me ocurre otra explicación. También es verdad que su manera de lanzar la pena máxima es la forma que habría elegido todo buen español para fallarlo, y por ello le damos las gracias, como se agradece al torpe involuntario que arruina el plan del villano.

En verdad debe de ser duro ser marroquí, esperando ganar un título que se juega cada dos años, y ni por esas. Y ahora, más de setenta años después, su selección protagoniza el más espantoso de los ridículos. Pero no solo por perder teniendo a los colegiados de su lado, sino porque ganar como quería Marruecos no merecía la pena en absoluto. Lo sabemos los europeos, expertos en hipocresía reglamentada. Lo conocen los japoneses y hasta los canguros australianos, que daban saltos de alegría al ver las lágrimas de Mohamed VI y compañía, como quien asiste al tercer acto de una tragedia griega mal representada.

En definitiva, la Copa de África ha servido para explicar al planeta entero las razones por las que los marroquíes no son bienvenidos en ningún sitio. Si de mí dependiera, la FIFA debería expulsar de cualquier competición deportiva a gente tan poco civilizada, por mucho que se disfracen de modernidad y propaganda institucional. En el futuro, el único evento que deberían organizar en Rabat sería el de un congreso de chorizos. Seguro que Pedro Sánchez estaría dispuesto a subvencionar los juegos de los mangutas. Y es que ambos grupos, los socialistas y los marroquíes, no son de tirar la toalla, sino de robarlas. Ahí son imbatibles.

Sergio Calle Llorens


viernes, 16 de enero de 2026

¡LA NIKKA COSTA MALAGUEÑA!

 



La llamaban la Nikka Costa malagueña y, en los mágicos años ochenta, no había jovencito que no estuviera enamorado de ella. Yo incluido. Tanto me gustaba aquella belleza rubia que hasta su apodo me molestaba, porque no le hacía justicia en absoluto. La artista cantaba como los dioses. La malagueña era una diosa. No diré que cantara como los ángeles, pero parecía uno de ellos. Y si alguna vez llegas a leer esto, Inma, sabrás que no exagero ni una sílaba.

 Ya ves, recuerdo tu nombre y que estudiabas en el Instituto de Santa Rosa de Lima. Ambos cursábamos el bachillerato y nos cruzábamos también en los baretos de la movida malagueña, en el Pedregalejo marinero de entonces, cuando Málaga aún olía a salitre y a promesas. Tenías unos ojos azules tan hondos que en tus retinas brillaron alguna vez mi tupé en erección y mi camisa de piel de picha de mosquito, gracias, Pinocho. A veces te recogías el pelo con una cinta al estilo Pocahontas y yo te miraba en silencio, como un figurante enamorado en una película de John Hughes, convencido de que la vida empezaba siempre al doblar la esquina. También adivinaba tus curvas cuando pasabas cerca del instituto, y aún recuerdo cómo te apoyabas en la pared, con una pierna doblada en el quicio de la puerta de tu casa. Tal vez esperabas a alguien. No era yo, pero durante años quise creer que podría haberlo sido.

Tú, por supuesto, no te acordarás de mí. Mi cara será un recuerdo deslavazado, almacenado en algún trastero de tu memoria. Yo, en cambio, me acuerdo de cada gesto, de tu ropa, de tus silencios y hasta de las canciones que sonaban cuando pensaba en ti. Si alguna vez una melodía te devuelve una imagen borrosa de un chico mirándote demasiado, quizá sea este recuerdo llamando a la puerta.

Mis amigos siempre me decían: “métele caña”. El problema era que cada vez que lo intentaba el anzuelo se me clavaba a mí mismo y acababa haciendo el ridículo. Aun así, logré arrancarte alguna sonrisa, y eso, aunque no lo sepas, me sostuvo durante años. Solo Dios y mis colegas saben que tu sola presencia me hacía temblar las rodillas. Moragas, fiestas, paseos, bares, salidas de clase y hasta de tono, pero ni siquiera la luna hedonista de la Malagueta quiso iluminar nuestro destino. El mío lo conozco al dedillo. El tuyo se volvió un enigma envuelto en misterio el día que desapareciste de mi vida sin despedirte, cuando me matriculé en la universidad y dejé de verte. Fue como si te hubiera tragado la tierra.

Ni siquiera cuando regresé de anclar mi nave en otros puertos del mundo ni un alma supo decirme qué fue de ti. Nadie recordaba tu apellido. Ni siquiera tus compañeros de clase. Hubo quien aseguró haberte visto aquí o allá, pero aquellos avistamientos eran tan difusos como las apariciones marianas. Si sigues ahí fuera, Inma, has de saber que durante años fuiste un rumor persistente en mi memoria.

Muchas veces me he preguntado si fuiste feliz. Y, más inquietante aún, si sigues en el mundo de los vivos. Quiero creer que sí. Aunque ya vamos teniendo una edad y el tiempo, como todo lo demás, tampoco pide permiso.

Esta noche, pese a las muchas lunas transcurridas, tu reflejo vuelve a proyectarse como una sombra en la oscuridad. Quizá apareces porque encajas perfectamente en un tiempo en el que yo era parte de algo. De unos años. De una juventud que no pedía perdón por existir. De una banda sonora. De una nostalgia anterior incluso al final. Por cierto, todavía resuenan en galaxias lejanas las carcajadas de mis amigos cuando les juraba que un día, y no muy lejano, te sacaría a bailar lento. Nunca ocurrió. E Inmaculada, musa involuntaria de mi juventud, se desvaneció como un fantasma en una casa encantada.

Lo más triste es que después de aquellos años nunca volví a encajar del todo en ningún sitio. Soy orgullosamente malagueño, pero no pertenezco a este lugar. Soy peligrosamente maduro, aunque en mi interior siga bailando el alma de un niño. He trabajado en empresas públicas y privadas, pero no recuerdo ni un solo nombre ligado a ellas. En cambio, yo era un anillo al dedo para aquella década dorada. Todo encajaba. Todo tenía sentido. Había menos ausencias alrededor de la mesa y el corazón latía sin miedo.

Aquellos sábados, cuando me arreglaba con la esperanza del baile que nunca tuvimos, sentía que estaba a punto de cruzar el paraíso. Nuestras manos jamás se encontraron y nuestros labios nunca se fundieron en un beso lento, húmedo y torpe. Y ahora, en esta noche de invierno en la que las nieves arrastran certezas por los arroyos que mueren en el mar, sé que nunca volveré a verte. El destino, los dados o la diosa Fortuna, que como todo el mundo sabe es una furcia de cuidado, no estaban de mi parte. Tal vez, solo tal vez, eso haya sido tu salvación.

Si alguna vez lees esto y te reconoces, no hace falta que respondas. Ya lo hiciste sin saberlo, hace muchos años, siendo exactamente quien eras.

¡Dios lo haya querido!
¡Hasta siempre, Inma!

Sergio Calle Llorens


martes, 13 de enero de 2026

¡FEMINISMO DE PANCARTA Y SILENCIO ANTE LA HORCA!

 



Pintarse el pelo de morado no es feminismo. Organizar chocho charlas no es luchar contra el heteropatriarcado. En cambio, salir a la calle para combatir el criminal régimen de los ayatolás es, además de un acto heroico, una declaración de intenciones por parte de las mujeres persas contra la opresión islamista. Las del 11M no se juegan nada. Las iraníes se lo juegan todo.

Curiosamente, Irene Montero y sus iguales guardan un clamoroso silencio ante la guadaña islámica que se cierne sobre las cabezas de estas valientes. A mí me resulta profundamente emocionante verlas danzar con los cabellos al viento mientras Teherán es pasto de las llamas de la libertad. De hecho, ya queda menos para mandar a sus opresores al lugar del que nunca debieron salir, el infierno. Y cuando ocurra, que ya les digo yo que ocurrirá más pronto que tarde, las falsas feministas volverán a marchar por el lado equivocado de la historia. Como ahora, cuando claman contra unos supuestos abusos cometidos por Julio Iglesias, pero cierran el pico ante la barbarie de la república islamista de Irán.

Debe de ser duro interpretar todo el tiempo el papel de las malas en esta película. El caso es que lo clavan y ya apenas les queda, y a veces ni eso, el comodín de Francisco Franco, cuya muerte parece estar siempre fresca en su calendario.

En Venezuela no había presos políticos, clamaba Zapatero. El sistema electoral cubano era una maravilla. Irán era un ejemplo de democracia mientras llegaba dinero de allí, afirmaban algunos. Y al final la realidad ha vuelto a dejarlos retratados y, lo que es peor, desmentidos.

Otros que parecen vivir completamente desconectados de la realidad son los miembros de la prensa deportiva española. El domingo, tras haber perdido el Real Madrid la Supercopa de España contra el Barcelona, los plumillas mancharon las rotativas con titulares campanudos del estilo de “El Madrid es el campeón moral” o “Xabi Alonso sale reforzado y no peligra su puesto”. El problema es que el relato se cayó del caballo, en este caso del burro, y el donostiarra fue cesado tras otro partido infame de los blancos, sin posesión y a merced del máximo rival, pese a la calamitosa actuación del trío arbitral.

Llama poderosamente la atención que esta pandilla de pánfilos no acierte nunca. No hay ni uno solo que vea que, juegue donde juegue Mbappé, si el técnico es cesado por discrepancias con el galo y el otro gallo del corral, es decir, el jugador que puede hacerle sombra, no es renovado y se le invita a marcharse, algo huele mal.

Como vemos, esta gente vive en dimensiones paralelas en las que lo negro es blanco, Irene Montero sabe pensar y Florentino Pérez es un genio como director deportivo. Esperemos que algún día podamos cerrar los vasos comunicantes entre nuestro mundo y el suyo.

Porque al final la realidad siempre acaba entrando, aunque sea a patadas, en los salones donde se fabrican los relatos. Y cuando eso ocurre, no hay consigna, titular ni eslogan que pueda tapar el estruendo. Solo quedan los hechos, desnudos y brutales, señalando a quienes eligieron mirar hacia otro lado. La historia no absuelve a los cobardes, solo los enumera. Y a estos ya los tiene perfectamente fichados.

Sergio Calle Llorens

 


lunes, 12 de enero de 2026

¡ESCOCIA: UN PAÍS QUE HABLA EN TRES VOCES!


 


Escocia no es un país de una sola lengua, sino de varias memorias superpuestas. Cada una de ellas guarda una forma distinta de mirar el mundo, de nombrar el paisaje y de entender el paso del tiempo. El inglés, el escocés (Scots) y el gaélico escocés no compiten entre sí: dialogan, se cruzan y, a veces, se ignoran con la elegancia de viejos conocidos que comparten territorio desde hace siglos.

El inglés llegó a Escocia como lengua de poder, administración y modernidad. Es el idioma dominante hoy, el de la escuela, la prensa y la proyección internacional. Pero el inglés escocés no es una simple copia del estándar británico. Su pronunciación, su ritmo y su léxico conservan giros propios que delatan una identidad resistente. Palabras como wee (pequeño), outwith (fuera de) o aye (sí) no son folklore: son huellas vivas de una historia lingüística compleja. Incluso en el inglés más pulido de Edimburgo se filtra una música distinta, un acento que no pide permiso para existir.

Más profundo y más antiguo es el escocés, el Scots, una lengua germánica hermana del inglés, con literatura propia y una tradición que se remonta a la Edad Media. Durante siglos fue la lengua de la corte, del comercio y de la poesía. Robert Burns no escribió en una curiosidad dialectal, sino en una lengua completa, flexible y poderosa. El Scots posee una expresividad directa y terrenal que lo hace especialmente apto para la ironía y la emoción. Frases como Auld lang syne no necesitan traducción: pertenecen al mundo. Otras, como Dinnae fash yersel (no te preocupes) o It’s a braw day (es un día estupendo), revelan una cercanía casi física entre lengua y hablante.

El destino del Scots fue el arrinconamiento. La unión política con Inglaterra y la estandarización educativa lo empujaron hacia el ámbito doméstico, donde sobrevivió como lengua hablada, íntima, resistente. Hoy vive una tímida pero firme recuperación, reivindicado no como un inglés mal hablado, sino como lo que siempre fue: una lengua con dignidad histórica.

Y luego está el gaélico escocés, el idioma que suena a viento, a agua y a colinas antiguas. De origen celta, llegó desde Irlanda hace más de mil quinientos años y se extendió por las Highlands y las islas. Durante siglos fue la lengua mayoritaria de Escocia, portadora de una cultura oral riquísima, hecha de poesía, genealogías y canciones que aún hoy estremecen. El gaélico fue perseguido, prohibido y estigmatizado tras las derrotas jacobitas y las Highland Clearances. No fue derrotado por el tiempo, sino por la política.

Escuchar gaélico es entrar en otra lógica. No se dice “bienvenido”, sino fàilte, una palabra que implica hospitalidad activa. No se pregunta simplemente “¿cómo estás?”, sino ciamar a tha thu?, una fórmula que invita a una respuesta real. Incluso el paisaje se describe de otro modo: ben no es solo una montaña, es una presencia. Aunque hoy lo hablan minorías, su recuperación es uno de los proyectos culturales más emocionantes de Europa. Escuelas, medios de comunicación y música contemporánea han devuelto al gaélico una visibilidad que parecía perdida.

Estas tres lenguas cuentan, juntas, la historia completa de Escocia. El inglés habla del presente y del mundo exterior. El Scots recuerda la vida cotidiana, la risa, el mercado y la calle. El gaélico guarda la memoria más antigua, la del clan, la tierra y el mito. Ninguna sobra. Ninguna es decorativa.

Comprender Escocia exige escuchar sus lenguas sin jerarquías ni condescendencia. En ellas se esconde la clave de su carácter: orgulloso, melancólico, irónico y profundamente humano. Un país que ha sabido perder y recordar, resistir y cantar. Porque en Escocia, las palabras no solo se dicen. Se heredan.

Sergio Calle Llorens


jueves, 8 de enero de 2026

¡CANCIONES QUE FRACASARON HASTA QUE APRENDIMOS A BAILAR!


 


Hubo un tiempo en que algunas canciones viajaban como polizones. Cruzaban el Atlántico escondidas en maletas de DJ, prensadas en vinilos oscuros que nadie quería y que, sin embargo, estaban destinadas a cambiar vidas. El northern soul nació así: no como industria, sino como revelación. Una música hecha para bailar con el corazón acelerado y los ojos cerrados, en pistas de madera sudada del norte de Inglaterra, lejos del glamour de Londres y del brillo fácil de las listas de éxitos.

Todo empezó cuando los DJ británicos comenzaron a rescatar viejos singles de soul americano, especialmente de Detroit, Chicago y Los Ángeles, que habían pasado desapercibidos en su lugar de origen. Canciones rápidas, intensas, con voces desgarradas y una urgencia casi física. Aquellos discos fracasados encontraron una segunda vida en clubes como el Wigan Casino, el Twisted Wheel o el Blackpool Mecca. Allí no importaba el nombre del artista ni el éxito previo. Importaba el ritmo, la emoción y la capacidad de mantener la pista en llamas hasta el amanecer.

El northern soul fue una religión sin dogma y sin estrellas oficiales. Los mods lo adoptaron como banda sonora de su elegancia nocturna, de su obsesión por el baile perfecto y por la pureza musical. Bailar northern soul no era exhibirse; era resistir. Cuerpos delgados, movimientos eléctricos, saltos imposibles y giros que parecían desafiar la gravedad, todo sostenido por anfetaminas legales y una devoción absoluta por el sonido.

Entre esas canciones rescatadas del olvido estaba Tainted Love, grabada originalmente por Gloria Jones en 1964. En Estados Unidos pasó sin pena ni gloria. Demasiado rara, demasiado intensa, demasiado adelantada. Pero en el circuito northern soul se convirtió en un secreto a voces, en un himno subterráneo que los DJ protegían con celo. Décadas después, Soft Cell la llevó al número uno y el mundo creyó descubrir algo nuevo, cuando en realidad solo estaba llegando tarde a una fiesta que llevaba años celebrándose en la oscuridad.

Ese es uno de los milagros del northern soul: su capacidad para transformar el fracaso en leyenda. Canciones como Do I Love You (Indeed I Do) de Frank Wilson, Out on the Floor de Dobie Gray o You Didn’t Say a Word de Yvonne Baker sobrevivieron gracias a oídos atentos y a una pasión casi arqueológica por el vinilo. Cada hallazgo era una victoria contra el olvido.

El legado del northern soul no se quedó en los clubes ni en los años setenta. Ha seguido filtrándose en versiones, reinterpretaciones y homenajes. La lectura rock y visceral de Tainted Love a cargo de Imelda May es un ejemplo perfecto: respeta la herida original y la amplifica, demostrando que estas canciones no pertenecen a un tiempo, sino a un estado de ánimo. El northern soul no envejece; se transforma.

Más que un género, fue una forma de entender la música. Una red clandestina de DJs, bailarines y coleccionistas que decidieron que el valor artístico no lo dictaban las ventas, sino la reacción de una pista entregada. Gracias a ellos, Europa aprendió a escuchar un soul distinto, más crudo, más rápido, más urgente. Un soul que no pedía permiso y que no necesitaba éxito para ser eterno.

Escuchar northern soul hoy es entrar en una sala sin ventanas, sentir el golpe seco del bajo y dejar que una voz americana, grabada décadas atrás, te atraviese como si acabara de nacer. Es recordar que algunas músicas no buscan la luz del escaparate, sino la penumbra donde los fieles bailan hasta que el mundo, por unas horas, parece tener sentido.

Sergio Calle Llorens

domingo, 4 de enero de 2026

¡BAJO LA LLUVIA, NADIE ES INOCENTE!

 



 Cae la lluvia queda en mi pueblecito mediterráneo. El silencio apenas se rompe con alguna ráfaga de viento que empuja las frías gotas contra los cristales. En mi eficiente chimenea, los troncos proyectan unas extrañas sombras danzarinas de color rojizo. Esta vez, la celestial pirotecnia no hace acto de presencia. Le he tomado afición a estas mañanas pasadas por agua, en las que nunca parece pasar nada. Pero pasa, y mucho.

De hecho, Maduro ha sido capturado por el ejército de Estados Unidos y sacado de Venezuela. Ya está el bigotudo tras las rejas. Algunos dicen que por dictador y narcotraficante. Otros, que por el interés de Trump en el petróleo venezolano. Imagino que los cubanos y los rusos estaban en el país caribeño por su ron y sus mujeres. Mi opinión es que a cada cerdo le llega su San Martín.

Y hablando de cerdos, los ayatolás están muy asustados por la revolución que han iniciado las mujeres. Esas persas que se niegan a llevar velo y a seguir los preceptos del islam más radical. El descontento de la población es tan atronador como los silencios de las feministas occidentales. Unas se juegan la vida y otras miran para otro lado.

Cae la lluvia sin pausa, pero sin prisa. Es un elemento líquido agradable y casi invisible que llena los arroyos parleros de felicidad local. Debido a los chubascos, me va a ser difícil hacer la caminata matutina que me templa el cuerpo y los recuerdos, a pesar de que cada vez soy menos dado a remover caldos añejos. Sin embargo, me viene a la memoria el impresentable de Zapatero defendiendo la indefendible dictadura bolivariana, mientras los presos políticos se pudren en la cárcel. El miedo, al parecer, ha cambiado de bando. ¿Terminará el cejitas en una fría cárcel de Nueva York, como su amigo Nicolás? El tiempo lo dirá.

Y hablando del mismo, recuerdo que en el siglo XVI existía la costumbre de llamar a la servidumbre con toques de campana. Era un privilegio exclusivo de los cardenales. Sin embargo, un embajador en la Santa Sede hizo suya la costumbre. Don Enrique de Guzmán y Ribera, padre del que luego sería el Conde Duque de Olivares, fue amonestado por el papa Sixto V, ya que el embajador francés se había quejado en numerosas ocasiones al respecto. El español hizo caso al Santo Padre y trocó la campanilla por un cañón para llamar a sus criados. Aquella potente detonación sembró el pánico entre los romanos, que temían estar siendo víctimas de un ataque. A consecuencia de todo ello, el Papa no tuvo más remedio que envainársela y conceder también a la embajada de España aquel privilegio cardenalicio.

Cosas que pasaban cuando los españoles éramos los dueños del mundo. Hoy todo ha cambiado, menos la lluvia, que sigue cayendo sobre las casitas blancas donde vivimos a estas orillas, indiferente a imperios, dictadores y redenciones tardías. La lluvia no toma partido. No vota. No firma tratados. Solo cae.

Y mientras cae, algunos hombres son sacados de palacios y encerrados en jaulas, no por justicia divina, sino porque alguien más fuerte ha decidido que su tiempo ha terminado. Trump ha capturado a Maduro porque puede. Porque el poder, cuando se ejerce sin complejos, no necesita explicación. La historia no siempre avanza con razón, pero casi siempre lo hace con fuerza. Y esta mañana, bajo la lluvia, queda claro quién manda… y quién ya solo espera a que escampe.

Sergio Calle Llorens

sábado, 3 de enero de 2026

¡ADIÓS A STRANGER THINGS!


 

Las despedidas no se anuncian con trompetas ni con fuegos artificiales. Llegan despacio, como una canción que sabes que está a punto de terminar y aun así no quieres que termine nunca. Así se ha ido Stranger Things. No como una serie, sino como una pandilla. Como un verano eterno que al cerrarse te devuelve de golpe a la edad adulta.

Stranger Things nunca fue solo una historia de monstruos. Eso lo supimos desde el primer capítulo, aunque no supiéramos explicarlo. Era una carta de amor a los ochenta escrita por alguien que no idealizaba la década, sino que la recordaba con sus luces y sus heridas. Bicicletas como caballos de batalla, sótanos como catedrales del pensamiento, walkie talkies como cordones umbilicales entre amigos. Y sobre todo esa idea casi olvidada de que los niños podían ser valientes sin dejar de ser niños.

Las claves estaban ahí desde el principio, pero nadie las dijo en voz alta. El verdadero monstruo nunca fue el Demogorgon ni el Upside Down. Fue el miedo a crecer. El terror a que el mundo adulto, gris y normativo, acabara devorando ese universo donde todo era posible. Hawkins no era un pueblo. Era un estado mental. Un lugar donde la amistad aún podía salvarte la vida.

Eleven no era solo una niña con poderes. Era la metáfora de todos los niños raros, callados, diferentes, a los que el mundo intenta domesticar a base de experimentos, etiquetas o diagnósticos. Hopper no era solo un sheriff. Era el adulto roto que aprende a volver a creer gracias a los niños. Joyce no era solo una madre desesperada. Era la intuición, esa voz que el sistema siempre ignora pero que casi siempre tiene razón.

Y luego está el Upside Down. Ese mundo invertido que muchos entendieron como una dimensión paralela, cuando en realidad era una alegoría brutal de la depresión, del trauma, del duelo. Un lugar frío, detenido, donde todo lo que amas sigue existiendo, pero ya no puedes tocarlo. Vecna no fue más que la culminación lógica de esa idea: el dolor convertido en entidad, el resentimiento que se alimenta de recuerdos rotos.

La última temporada ha sido, en muchos sentidos, excesiva. Más larga, más oscura, más consciente de sí misma. A veces demasiado pendiente de cerrar tramas, de explicarlo todo, de no dejar cabos sueltos. Stranger Things funcionaba mejor cuando sugería que cuando explicaba. Cuando el misterio respiraba. Cuando no necesitaba verbalizar cada trauma para que lo entendiéramos.

También se le puede reprochar cierto miedo a matar a sus criaturas. La serie coquetea constantemente con la pérdida definitiva, pero retrocede en el último momento. Los ochenta que homenajea no eran tan piadosos. Ahí morían personajes y nadie pedía disculpas. Ese exceso de protección emocional le resta algo de verdad al desenlace.

Y sin embargo, pese a todo, el adiós duele. Duele como dolía cerrar un libro de Los Cinco de Enid Blyton. No porque fuera alta literatura, sino porque significaba abandonar a unos amigos. Decirles adiós sabiendo que ya no volverías a vivir aventuras con ellos, que el verano había terminado, que la linterna se apagaba.

Stranger Things ha sido eso. Un verano largo. Un refugio. Una serie que nos recordó que el terror puede ser entrañable, que la nostalgia no es solo un ejercicio estético, sino una forma de duelo. Dueles por lo que fuiste. Por quien eras cuando creías que el mundo podía salvarse con una pandilla, una bici y una canción en cassette.

Ahora toca cerrar la puerta del sótano, apagar las luces de Hawkins y aceptar que hemos crecido un poco más. Pero que nos quiten lo bailado. Porque durante unos años volvimos a ser niños. Y eso, en este mundo, es casi un milagro.

Sergio Calle Llorens