domingo, 4 de enero de 2026

¡BAJO LA LLUVIA, NADIE ES INOCENTE!

 



 Cae la lluvia queda en mi pueblecito mediterráneo. El silencio apenas se rompe con alguna ráfaga de viento que empuja las frías gotas contra los cristales. En mi eficiente chimenea, los troncos proyectan unas extrañas sombras danzarinas de color rojizo. Esta vez, la celestial pirotecnia no hace acto de presencia. Le he tomado afición a estas mañanas pasadas por agua, en las que nunca parece pasar nada. Pero pasa, y mucho.

De hecho, Maduro ha sido capturado por el ejército de Estados Unidos y sacado de Venezuela. Ya está el bigotudo tras las rejas. Algunos dicen que por dictador y narcotraficante. Otros, que por el interés de Trump en el petróleo venezolano. Imagino que los cubanos y los rusos estaban en el país caribeño por su ron y sus mujeres. Mi opinión es que a cada cerdo le llega su San Martín.

Y hablando de cerdos, los ayatolás están muy asustados por la revolución que han iniciado las mujeres. Esas persas que se niegan a llevar velo y a seguir los preceptos del islam más radical. El descontento de la población es tan atronador como los silencios de las feministas occidentales. Unas se juegan la vida y otras miran para otro lado.

Cae la lluvia sin pausa, pero sin prisa. Es un elemento líquido agradable y casi invisible que llena los arroyos parleros de felicidad local. Debido a los chubascos, me va a ser difícil hacer la caminata matutina que me templa el cuerpo y los recuerdos, a pesar de que cada vez soy menos dado a remover caldos añejos. Sin embargo, me viene a la memoria el impresentable de Zapatero defendiendo la indefendible dictadura bolivariana, mientras los presos políticos se pudren en la cárcel. El miedo, al parecer, ha cambiado de bando. ¿Terminará el cejitas en una fría cárcel de Nueva York, como su amigo Nicolás? El tiempo lo dirá.

Y hablando del mismo, recuerdo que en el siglo XVI existía la costumbre de llamar a la servidumbre con toques de campana. Era un privilegio exclusivo de los cardenales. Sin embargo, un embajador en la Santa Sede hizo suya la costumbre. Don Enrique de Guzmán y Ribera, padre del que luego sería el Conde Duque de Olivares, fue amonestado por el papa Sixto V, ya que el embajador francés se había quejado en numerosas ocasiones al respecto. El español hizo caso al Santo Padre y trocó la campanilla por un cañón para llamar a sus criados. Aquella potente detonación sembró el pánico entre los romanos, que temían estar siendo víctimas de un ataque. A consecuencia de todo ello, el Papa no tuvo más remedio que envainársela y conceder también a la embajada de España aquel privilegio cardenalicio.

Cosas que pasaban cuando los españoles éramos los dueños del mundo. Hoy todo ha cambiado, menos la lluvia, que sigue cayendo sobre las casitas blancas donde vivimos a estas orillas, indiferente a imperios, dictadores y redenciones tardías. La lluvia no toma partido. No vota. No firma tratados. Solo cae.

Y mientras cae, algunos hombres son sacados de palacios y encerrados en jaulas, no por justicia divina, sino porque alguien más fuerte ha decidido que su tiempo ha terminado. Trump ha capturado a Maduro porque puede. Porque el poder, cuando se ejerce sin complejos, no necesita explicación. La historia no siempre avanza con razón, pero casi siempre lo hace con fuerza. Y esta mañana, bajo la lluvia, queda claro quién manda… y quién ya solo espera a que escampe.

Sergio Calle Llorens

sábado, 3 de enero de 2026

¡ADIÓS A STRANGER THINGS!


 

Las despedidas no se anuncian con trompetas ni con fuegos artificiales. Llegan despacio, como una canción que sabes que está a punto de terminar y aun así no quieres que termine nunca. Así se ha ido Stranger Things. No como una serie, sino como una pandilla. Como un verano eterno que al cerrarse te devuelve de golpe a la edad adulta.

Stranger Things nunca fue solo una historia de monstruos. Eso lo supimos desde el primer capítulo, aunque no supiéramos explicarlo. Era una carta de amor a los ochenta escrita por alguien que no idealizaba la década, sino que la recordaba con sus luces y sus heridas. Bicicletas como caballos de batalla, sótanos como catedrales del pensamiento, walkie talkies como cordones umbilicales entre amigos. Y sobre todo esa idea casi olvidada de que los niños podían ser valientes sin dejar de ser niños.

Las claves estaban ahí desde el principio, pero nadie las dijo en voz alta. El verdadero monstruo nunca fue el Demogorgon ni el Upside Down. Fue el miedo a crecer. El terror a que el mundo adulto, gris y normativo, acabara devorando ese universo donde todo era posible. Hawkins no era un pueblo. Era un estado mental. Un lugar donde la amistad aún podía salvarte la vida.

Eleven no era solo una niña con poderes. Era la metáfora de todos los niños raros, callados, diferentes, a los que el mundo intenta domesticar a base de experimentos, etiquetas o diagnósticos. Hopper no era solo un sheriff. Era el adulto roto que aprende a volver a creer gracias a los niños. Joyce no era solo una madre desesperada. Era la intuición, esa voz que el sistema siempre ignora pero que casi siempre tiene razón.

Y luego está el Upside Down. Ese mundo invertido que muchos entendieron como una dimensión paralela, cuando en realidad era una alegoría brutal de la depresión, del trauma, del duelo. Un lugar frío, detenido, donde todo lo que amas sigue existiendo, pero ya no puedes tocarlo. Vecna no fue más que la culminación lógica de esa idea: el dolor convertido en entidad, el resentimiento que se alimenta de recuerdos rotos.

La última temporada ha sido, en muchos sentidos, excesiva. Más larga, más oscura, más consciente de sí misma. A veces demasiado pendiente de cerrar tramas, de explicarlo todo, de no dejar cabos sueltos. Stranger Things funcionaba mejor cuando sugería que cuando explicaba. Cuando el misterio respiraba. Cuando no necesitaba verbalizar cada trauma para que lo entendiéramos.

También se le puede reprochar cierto miedo a matar a sus criaturas. La serie coquetea constantemente con la pérdida definitiva, pero retrocede en el último momento. Los ochenta que homenajea no eran tan piadosos. Ahí morían personajes y nadie pedía disculpas. Ese exceso de protección emocional le resta algo de verdad al desenlace.

Y sin embargo, pese a todo, el adiós duele. Duele como dolía cerrar un libro de Los Cinco de Enid Blyton. No porque fuera alta literatura, sino porque significaba abandonar a unos amigos. Decirles adiós sabiendo que ya no volverías a vivir aventuras con ellos, que el verano había terminado, que la linterna se apagaba.

Stranger Things ha sido eso. Un verano largo. Un refugio. Una serie que nos recordó que el terror puede ser entrañable, que la nostalgia no es solo un ejercicio estético, sino una forma de duelo. Dueles por lo que fuiste. Por quien eras cuando creías que el mundo podía salvarse con una pandilla, una bici y una canción en cassette.

Ahora toca cerrar la puerta del sótano, apagar las luces de Hawkins y aceptar que hemos crecido un poco más. Pero que nos quiten lo bailado. Porque durante unos años volvimos a ser niños. Y eso, en este mundo, es casi un milagro.

Sergio Calle Llorens