jueves, 28 de noviembre de 2013

ITALIA Y ANDALUCÍA

Italia es una nación joven que jamás ha existido más que en aspectos nominativos. En cualquier caso, la bota italiana se unió en el siglo XIX. Luego pasó por las dos guerras mundiales y, de ahí, al mercado común europeo. Hasta hace tres cuartos de hora, ni siquiera hablaban la misma lengua. En ese país hermano la autoridad de Roma no ha sido nunca bien vista en los territorios dominados por los Borbones. Recordemos como los aliados pidieron permiso a los verdaderos amos del sur; la mafia, para desembarcar en sus playas. No es que la autoridad nacional no exista en Sicilia o Nápoles, es que ese poder correspondía, y corresponde, a una autoridad anterior.

Sin embargo, hay algo en la joven nación que supera al resto y, no es otra cosa que su inteligencia. Lean a Maquiavelo y sigan a sus artistas y comprenderán las causas por las que los italianos han ejercido una influencia absoluta en el viejo continente. Los pintores, arquitectos y escultores italianos son los grandes maestros y, los demás, humildes copistas. Desde San Petesburgo a Suecia la arquitectura es italiana. Si el monoteísmo es un invento mediterráneo, y más concretamente judío, Europa  tiene a la cultura grecolatina como a su madre cultural.

En materia de organización política, Italia es un caos absoluto. Empero, podría funcionar sin gobierno hasta el fin de los tiempos. Cuenta con unos empleados públicos que permiten sacar las castañas del fuego a sus paupérrimos políticos. El italiano, como les digo, tiene una inteligencia supina. Un saber estar. Lo mejor es que son capaces de vender incluso aceite español tras etiquetarlo como italiano. Incluso se presentan al mundo como grandes amantes cuando usan la talla de preservativo más pequeña de Europa. El marketing italiano obra milagros.

Yo querría esa inteligencia italiana para territorios absurdos como Andalucía, más que el General Vandergrift quería Guadalcanal. En todos lugares cuecen habas, pero la cuota de descerebrados que rigen Andalucía excede la lógica más aplastante. Italia no existe pero no importa, le basta con tener ese tipo de ciudadanos. Andalucía, en cambio, sí existe pero no tiene ciudadanos que la saquen del vagón de cola. Cierto es que el sur de Italia sufre lacras similares a las de los andaluces, pero ellos no tienen una administración a la que culpar únicamente, sino a una organización que gobierna en la sombra desde hace siglos. Lejos de ella, las cosas funcionan razonablemente bien.

Los italianos, como buenos mediterráneos, se le encienden los ojos con un buen vino y la visión de unas piernas de mujer. Las italianas son hembras extremadamente celosas y apegadas al  terruño. Son imprevisibles, buenos para el arte y pésimos para la guerra. Un General Británico afirmó en la guerra de Las Malvinas que de tener sangre española los argentinos, el conflicto podría perderse y, de ser sangre italiana, el asunto sería un paseo. En realidad, los italianos son incapaces de sacrificarse por una patria que sólo ha existido en los informativos de la RAI.

Desde los tiempos de la reunificación, Italia no ha contado con un solo Primer Ministro que no haya sido corrupto. El último gran exponente ha sido Berlusconi al que, por cierto, atacan todos por correrse juergas sexuales con menores. A diferencia de los andaluces, Berlusconi pagaba esos vicios con su inmensa fortuna personal. Ciertamente el espectáculo italiano actual es lamentable, pero es ahí donde radica el milagro. La economía italiana y el país entero siguen funcionando a pesar de la pandilla de palurdos tipo Cavalieri que les dirige.


Si Dios me diera la posibilidad de volver a nacer, yo, le suplicaría que me alejara de Andalucía y me nacionalizara Toscano aunque eso supusiese gastar dos palmos menos de pene. 

Sergio Calle Llorens

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