Nadie
comprende que un cabo sin ningún talento conocido llegara a dirigir los
ejércitos alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Tampoco hay inteligencia
humana que explique que María Gámez se convirtiera en la primera mujer
en dirigir la Guardia Civil, siendo, como era, la hija de un farero, aunque la falta de luces no se limitara precisamente al oficio paterno. Dos trayectorias improbables. Dos grandes
perdedores de la historia.
La paradoja
es deliciosa. Adolf Hitler alcanzó el poder a través de unas elecciones
democráticas. La de Sanlúcar de Barrameda, en cambio, perdió en todos y
cada uno de los distritos electorales en los que se presentó. El primero
terminó suicidado; la segunda, como no podía ser de otro modo, recaló enchufada
en La Casa de Papel. Una vez más queda demostrado que Dios posee
un sentido del humor corrosivo y que el mayor triunfo del Maligno es
habernos convencido de que no existe.
Y ya que
hablamos del Diablo, conviene señalar al suyo propio en versión
institucional. Hoy sabemos que Pedro Sánchez mantiene la chequera
abierta de par en par para cualquier organismo, fundación o parásito extranjero
que se cruce en su camino. Más de 600 millones de euros en subvenciones,
arrancados directamente del sudor y la nómina de los españoles.
La lista de
beneficiarios es interminable y, admitámoslo, jugosa. Va desde las finanzas de Palestina
hasta la llamada Solidaridad de la Inserción Social y de la Familia en Marruecos.
Resulta curioso que haya dinero para los trenes del cochambroso reino de Mohamed
VI, pero no para garantizar la seguridad ferroviaria en España. Hay
fondos para la justicia jordana, para el Ministerio de Justicia de Bolivia,
para el estudio de las paredes vaginales de la mujer paraguaya y hasta para la
descolonización y despatriarcalización boliviana. Todos reciben su
correspondiente subvención. Eso sí, ni un euro para el paro de los autónomos,
esos a los que se exprime hasta la última gota en nombre del “gobierno
progresista”.
Este
esfuerzo hispano por redimir a los desheredados del mundo alcanza cotas de
sainete cuando uno descubre que la alcaldía de Pikine, en Senegal,
recibe 900.000 euros de los impuestos españoles, una cifra muy superior a la
destinada al mantenimiento de los trenes de cercanías de Málaga, que no
reciben absolutamente nada. También es digno de carcajada leer en el BOE las
ayudas a la Federación Nacional de Comunas de Túnez, a la Administración
Penitenciaria de Marruecos o a la Secretaría Provincial de Economía de Cabo
Delgado, en Mozambique. Incluso la Fundación Princesa Diana de Paraguay se
lleva su pellizco.
Especial
mención merecen los 100.000 euros concedidos a la Premsa Andorrana dels
Collons y los 119.413 euros destinados a Netflix. Quizá ese
dinero sea imprescindible para que la multinacional, con sede en los Países
Bajos, incluya en su catálogo el documental del cuchicuchi de Vergonya
Gómez, pieza clave del cine universal contemporáneo.
Queda claro
que en solidaridad internacional al Gobierno de España no le gana nadie,
sobre todo cuando la factura la pagamos los de siempre. Porque, como todos
sabemos, si estas ayudas salieran de los sueldos de socialistas y podemitas, los
cambios en la vida sexual del somormujo, las prostitutas mauritanas y el
gobierno autónomo de Potosí se llevarían exactamente un cojón de pato.
Ante
semejante ignominia solo cabe reclamar paciencia. Ya llegará el momento de
bailar cuando suene la música, aunque el baile sea, como todo indica, un
elegante y acompasado camino hacia la cárcel.
Sergio Calle Llorens

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