miércoles, 6 de agosto de 2014

¿EXISTIÓ SHERLOCK HOLMES?

Durante muchos años, miles de personas solían escribir al 22-1B de Baker Street para pedir ayuda  al famoso detective Sherlock Holmes que, como piensa una gran mayoría, sólo existió en la mente de Arthur Conan Doyle. Sin embargo, se puede afirmar que el héroe que nos encandila con su portentosa capacidad de deducción era de carne y hueso; me refiero al Doctor Joseph Bell, pionero en el campo de la ciencia moderna. Scotland Yard incluso recurrió a su persona para atrapar al asesino de Whitechapel; Jack el destripador.

Bell inspiró a su alumno para  que éste creara una leyenda. Todo comenzó cuando el propio Conan Doyle se convirtió en su ayudante en la Facultad de medicina de Edimburgo. Tres años antes de que se conocieran, el médico ya colaboraba con la policía. Éste quería aplicar la ciencia a la resolución de los crímenes. Henry Duncan- Little John- fue el que ofreció a Bell esa oportunidad. El primer caso que resolvió fue el de Anny Lyndsey demostrando que lo que mató a la mujer fueron las infecciones de sus heridas por arma blanca. El trabajo de Bell como patólogo fue absolutamente rompedor usando las autopsias para demostrar la autoría de  esos crímenes. Hoy es algo normal. Antaño todo lo contrario.

Bell aplicaba sus deducciones de una forma precisa y avasalladora. A finales del siglo XIX, Edimburgo estaba desbordada por el crimen. La policía no era capaz de determinar si las muertes eran asesinatos o no. Por eso su trabajo como pionero en la criminología fue tan importante.  Entre 1874 y 1878 nuestro peculiar doctor aplica sus nuevos métodos; toxicología, análisis grafológico. Los primeros pasos de los famosos CSI. Su trabajo condujo a 10 criminales a la cárcel en esa primera etapa.

Quienes le conocieron afirman que sus clases eran impresionantes. Él lo llamaba el método; observar, deducir con perspicacia y confirma con pruebas incontestables para ratificar las deducciones. En” la Aventura de las cinco semillas de naranja” Conan Doyle imita por completo el comportamiento del señor Bell. Me estoy refiriendo a la anécdota en la que el galeno fue capaz de saber donde había estado un estudiante esa misma mañana  “¿Cómo ha podido saberlo Doctor? Elemental porque  en es el único lugar de Edimburgo donde hay ese tipo de tierra. La misma que lleva en las suelas de sus zapatos".

El 2 de enero de 1878, Bell es llamado para arrojar luz en un caso digno del grandísimo Sherlock Holmes. El misterioso asunto de Eugene Chantrel, un adinerado lingüista francés. Un Don Juan que se volvía muy celoso cuando su esposa hablaba con otro hombre. Un tipo que ideó un plan maquiavélico para asesinarla. La esposa estaba catatónica cuando llegan a la case del señor Chantrel. Éste comenzó a relatarles que había olido a gas en la habitación de Elizabeth y, que había ordenado inmediatamente a la sirvienta que cerrara la llave del gas. También afirmó que ella se fue a dormir pronto el día anterior porque se sentía mal. Lo que no les aclaró es de donde procedía el escape. Entonces Bell vio algo extraño; señales de vómito en la cama de la moribunda. Rápidamente tomó una muestra. Además en una intoxicación por gas no es normal el vómito. Por otro lado, el aliento de una persona que sufre un envenenamiento por gas huele espantosamente. Algo que no ocurría en el caso de la mujer. Hoy tenemos aparatos que pasan desapercibidos al ojo humano y que nos ayudan a entender que ha pasado en la escena de un crimen.  Es la tecnología llamada omnicrom. Una luz ultravioleta graduada que ilumina el hierro. Un elemento que se encuentra en nuestros fluidos; sangre, semen, saliva y… vómitos. Pruebas irrefutables para resolver los casos. Bell sólo podía confiar en su capacidad de observación

Elizabeth Chantrel falleció sin poder contar su secreto. La autopsia reveló que sus órganos internos no apestaban a gas tampoco. No había  monóxido de carbono que le da a la sangre un rojo brillante. La prueba, obviamente, resultó ser negativa. Bell estaba convencido de la culpabilidad del lingüista. Todo indicaba envenenamiento pues entró en coma antes de morir. Justo después de vomitar. Por lo tanto eso no se corresponde con las muertes por estricnina o arsénico. La única alternativa era el opio. A esas alturas, la policía no tenía dudas, la muerte fue accidental. Empero, un técnico de gas mandado por Bell pudo comprobar que alguien había manipulado un tubo de gas. El problema es que no podían demostrarlo. Tendrían que pasar 27 años para que los tribunales admitan las huellas dactilares como prueba para resolver los casos.

Bell regresó a la escena del crimen buscando más pistas. Finalmente descubrió que Chantrel había comprado opio en las fechas anteriores a la muerte de su legítima. Y los análisis del vómito confirmaron su teoría. El 5 de enero de ese año, el francés fue detenido por asesinato. Estuvo cuatro meses a la espera de juicio. Aquello fue un escándalo porque el supuesto criminal pertenecía a la clase adinerada cuando la gran mayoría de los asesinatos, por no decir todos, se tenían por cosas que siempre ocurren a la gente sin cultura. La idea de un asesino de esa posición económica era novedosa y, por qué no decirlo, ciertamente sugerente..

Nuestro doctor no acudió al juicio porque siempre prefirió quedarse en un segundo plano. Fue Little John quien presentó las pruebas. Sherlock Holmes en “El Signo de los Cuatro” imita este comportamiento. El lenguaje científico usado durante el juicio dejó al personal con la boca abierta. Simplemente faltaba el móvil. La doncella irlandesa arrojó luz en ese sentido porque al declarar que el acusado bebía mucho y gustaba de decirle  a la señora que la mataría con una dosis de opio. Finalmente el seguro de vida que le hizo a su esposa tres meses antes de morir por 3000 libras- 85000€ de nuestra época- pusieron el último clavo en el ataúd del afamado lingüista. Chantrel murió ahorcado. Sus últimas palabras fueron las siguientes; “adiós Little John, enhorabuena Joseph Bell, ambos habéis hecho un gran trabajo para verme colgado”. Unas palabras que perseguirían al galeno de por vida. Sencillamente su secreto había sido revelado. Justo entonces, Conan Doyle fue contratado por Bell como su ayudante. Una decisión que cambió, y para siempre, la literatura criminal en nuestra cultura occidental.

Conan Doyle le sirvió cerca de un año. Trascurrido ese tiempo, se instaló en Inglaterra, el dinero que ganaba como doctor no le daba para llegar a fin de mes. No tuvo más remedio que comenzar a escribir historias para salir de los apuros económicos. Como la policía de entonces era muy incompetente, la astucia y las deducciones de Bell podían ser la respuesta. En 1886,  Sir Arthur creó una leyenda. La primera descripción del personaje coincide con el de Joseph Bell.

Podemos afirmar que Sherlock Holmes no sólo existió bajo otro nombre sino que fue fundamental en la investigación en el caso de Jack The Ripper. El primer asesino en serie, conocido, de la historia. Bell recibió el expediente del caso en los que se incluían fotografías y otras pruebas como la carta titulada from Hell. La policía también incluye a los sospechosos. Henry Ducan también recibió el expediente. Ambos llegaron a la misma conclusión. El asesino era… El problema es que el expediente de ambos doctores en los que revelaba la verdadera identidad del criminal se perdió en un momento posterior a 1888. Sin embargo, hay un candidato principal; Montague John  Druit. El 2 de enero de 1889 su cuerpo apareció muerto en el Támesis. Tenía los bolsillos llenos de piedras. Justo después de su muerte, los asesinatos pararon. Se cree que al verse descubierto, se suicidó. Yo, básicamente, estoy muy de acuerdo con aquellos que señalan a Druit como el verdadero rostro tras el que se esconde Jack el destripador.

Sea como fuere, lo importante es que gracias a Bell y al hombre que le dio la vida bajo la identidad de Sherlock Holmes, uno puede seguir disfrutando con las aventuras del famoso detective. Con ese Londres victoriano cubierto por la niebla mientras los asesinos acechan en cada esquina. Un lujo que, en las noches de invierno junto al fuego, se ha convertido en una de mis mejores compañías.

Sergio Calle Llorens


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