martes, 17 de noviembre de 2020

¡LA SENDA LITORAL!



Málaga cuenta con 180 kilómetros de senda litoral. Un paseo unido por pasarelas de maderas junto al Mediterráneo que parecen mecer al viandante al ritmo de las olas rizadas.  Pueblo a pueblo el caminante conoce mágicos lugares entre las doscientas nacionalidades que conviven en la provincia.  Y todo a través de estas puentes que van desde el Balcón de Europa en Nerja hasta el castillo de la Duquesa en Manilva. Suelo caminar mucho por los senderos de esta simpática senda. A veces en esta ruta andarina me topo con muchos escandinavos corriendo, vaya usted a saber por que.  La vigorexia, en todo caso, merece un capítulo aparte. Hoy, sin embargo, además de con escandinavos me he tropezado con una estantería repleta de libros escritos en diferentes lenguas. Como soy del gremio de escribidores no he podido reprimirme y, sin dejar de mirar de soslayo a la mar, he ojeado las páginas de mis colegas de profesión.

 El primero que cae en mis manos es un ejemplar sorprendente de Aarne Haapakuskei. Un escritor fines cuyos restos mortales descansan en el cementerio inglés de Málaga. Estamos ante un autor de novela de ciencia ficción que creó un robot llamado Atorox. En la actualidad, el premio finlandés lleva el nombre del robot. Dicen que todas sus creaciones literarias las firmó con el seudónimo de The outsider. Al hojear este libro escrito en finlandés me viene a la memoria el hecho de que no hay ninguna obra suya traducida a la lengua de Cervantes. Ni siquiera las aventuras de su detective Klaus Karma Karin. A mi mente cruza la idea de llamar a mi editor para que se anime y le haga justicia a mi compinche del norte sacando una versión en español. La idea se desvanece tan pronto como ha venido. Ahora mi atención está centrada en la obra Tikaria, libro que quedó finalista en el Premio de Novela Nórdica de detectives de 1938 y publicada en 1941. Esta aventura dio lugar a dieciocho títulos más. ¿Quién habrá tenido el detalle de colocar estos libros en esta estantería de la senda litoral?

El libro que hace de vecino al título de the outsider es el Diablo  en los ojos de Jaques Cazotte, que viene a ser una extraordinaria novelita acerca de los amores sobrenaturales del capitán español Don Álvaro y Blondetta. Un militar que se lanza, como una bella señorita en el mar que tengo a mi siniestra, en las aguas de lo sobrenatural cautivado por el espiritismo. Una trama rica en misterios en la que el autor juega con lo terrorífico sin llegar a abusar del mismo. Un texto cargado de simbolismo que antecede al género gótico. El Diablo en los ojos fue escrito en el siglo XVIII. Una centuria volcada en el esoterismo iluminista que fue creado, o eso leí en algún tomo de mi singular biblioteca, para que la luz y las tinieblas morasen juntas. Una fantasía prendida de la luz que luego imaginaron genios del terror como Lovercraft y Poe.

 Es curioso pero mirando estos libros, y junto al mar, me doy perfecta cuenta de que gracias al autor francés abracé a los clásicos anglosajones del género. De pronto mi reflexión se detiene al percatarme de lo que tengo entre mis manos; “Le diable amareux” que retoma la traducción de Luís Alberto de Cuenca publicada en 1981 con prólogo de Borges. Un libro realmente atractivo que coloco en mi mochila porque tengo la pretensión de hincarle el diento más  tarde. Recuerdo también las extraordinarias ilustraciones de Edouard de Beamont (1845) que nos transportan a ese mundo onírico de las oscuras calles venecianas y a los hechizados cortijos extremeños. En definitiva, una Italia de ensueño y una España espectral. Al sumar todos los elementos de esta novela logramos un volumen exquisito lleno de misterio que se nutre del combustible con el que se forjan este tipo de creaciones literarias. 

Yo, que siempre he sido un tipo de pocas aspiraciones, sólo ambiciono ser leído por millones. Mi afición por la literatura de misterio nació cuando, como el autor inglés MR James con los suyos, narraba historias de fantasmas a mis parientes y hallé el placer de ver el miedo reflejado en sus rostros. Pero ahora tengo varias preguntas y casi ninguna respuesta: ¿Cuántas noches soñé con escribir relatos de terror junto al Mediterráneo? ¿Cuántas madrugadas me zambullí en las páginas heladas de historias pelopínchicas? ¿Cuántas veces imité el estilo de este escritor victoriano llamado Montaigue Rhodes james? ¿Cuántos crepúsculos sentí el terror reptando por el suelo de mi habitación? Y mientras pienso en las noches vestidas de penumbra, la luz de la senda litoral me recuerda que ser malagueño significa ser ciudadano del mundo porque hemos bebido en las fuentes de las doscientas nacionalidades que conviven aquí. Por tanto,  al comprobar que el color de nuestra sangre es el mismo que el de la tinta vertida en estos libros colocados estratégicamente en una estantería de la senda litoral, uno encuentra algo parecido a una nacionalidad universal.

Sergio Calle Llorens


 

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