martes, 30 de junio de 2015

MARO-CERRO GORDO


En el extremo oriental de la región de Málaga se encuentra el parque natural de Cerro Gordo. Allí se extienden unas playas vírgenes de aguas cristalinas. Cataratas de agua dulce que van a morir al mediterráneo. Peces de todo tipo que vienen a hacer compañía a los bañistas. Gaviotas que elevan gritos de lujuria ante tanta belleza. Calas y acantilados de hasta 250 metros de desnivel, formados por estribaciones de las Sierras de Tejeda Almijara.
Siempre me llama la atención la suavidad de esas calitas que se curvan como una mejilla. Esas aguas que pasan del azul claro al clarísimo. Todo parece tener los elementos perfectos que necesita un pintor de paisajes, sobre todo cuando no hay un alma en esta alfombra marina que acompaña a la Cala del Cañuelo. Al otro lado contemplo Maro.  Ese pueblo malagueño que guarda secretos maravillosos a los que acuden con los ojos abiertos.  Para llegar a estas calas hay que avanzar bien temprano entre pinos piñoneros, mirtos, arrayanes, lentiscos y albaidas. Todo oliendo a tomillo o a lavanda y, si es posible en silencio para entender el mensaje de la naturaleza.
En la mar, la posidonia oceánica y la zoostera marina donde encontramos cangrejos, tomates marinos y mejillones. Da gusto nadar junto a esas rocas. Produce verdadero placer contemplar las torres vigías mientras las aguas acarician el cuerpo. Recuerdo una vez que fui testigo en primavera de la presencia de un grupo de cabras montesas que se alejaban de sus zonas querenciosas de las sierras. Fue también antes del verano cuando observé el vuelo majestuoso de un halcón peregrino; ave singular que siempre mata a sus presas en el aire. Una maquina de cazar.  En el pasado los humanos también cazaban otros congéneres lo que llevó a la construcción de las torres vigías como la de la Caleta, el Pino y Cerro Gordo. En verdad, las costas mediterráneas están plagadas de estas singulares construcciones. Atalayas desde donde divisar la presencia de naves piratas en la antigüedad. Así, con un sencillo sistema de señales de humo se alertaba a la Armada que estaba situada en el puerto de la ciudad de Málaga. Vaya usted a saber de la cantidad de batallas y de naufragios que han visto estas piedras, por no hablar de los miles de seres humanos robados para ser vendidos como esclavos. El problema es que, aunque le preguntes a las torres, éstas siempre dan la callada por respuesta.  En cualquier caso,  recuerdo esas historias de piratas contadas junto al fuego evocador de las noches de invierno.
Si del mar llena un rumor callado y sentido, del bosque arriba un vasto y dilatado silencio. Ni siquiera en los fines de semana logran romper del todo esa paz. Es como si el lugar amansara a las bestias más brutas.  Me convenzo sobre el particular al observar a los submarinistas absortos con las bellezas de las profundidades. Se acercan dos veleros y a lo lejos un pequeño barco de recreo toma anclas en la cala subsiguiente. Y así trascurre la mañana entre maravillosos baños hasta que llega la hora de manducar.
Un almuerzo denso y generoso de viandas marinas debidamente perfumadas que es digno de las mayores alabanzas. El pescado, el paisaje y la alfombra marina se me funden en la retina. Tomo las últimas fotos que guardaré, como siempre hago, en el apartado de mi colección que lleva por título “lugares mágicos”. Llevo la espalda un poco cargada de fatiga y los ruidos se acercan en el bosquecillo. El atardecer será largo, impreciso y mágico en estas calitas de ensueño donde otro pájaro dibuja una graciosa elipsis en el cielo. Deshago mis pasos y al llegar a lo más alto contemplo esa maravilla malagueña que, sin duda, me hace rejuvenecer cada día. Me siento medierráneamente y doy gracias a Dios por ello.

Sergio Calle Llorens

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