martes, 16 de junio de 2015

LA MODERACIÓN


Si entendemos la moderación como la templanza en el comportamiento, la verdad es que en España la mayoría camina por el peligroso desfiladero de la radicalidad. Si aceptamos que la mesura es el ajuste de lo que se considera excesivo, entonces una gran parte de nuestros compatriotas sólo aspira a ajustar la soga del adversario político.  Comenzaron pidiendo empalar y terminaron llegando a las instituciones. Se iniciaron con una escalada de improperios para descender a los infiernos de la guasa sobre el holocausto. Por otra parte, la oposición a los radicales bolivarianos intenta sacar rédito político pidiendo cabeza no vaya a ser, dicen, que sean sus testas las que cuelguen en el futuro de los puentes del Manzanares.  Sea como fuere, la realidad es que en la vieja piel de toro se está cociendo un odio a fuego lento que amenaza con quemarnos a todos.
A los Llorens, que somos una raza andarina, siempre nos ha gustado caminar para contemplar esos cielos límpidos en el nocturno. Lejos del extremismo por la querencia de un poner un paso detrás de otro, nos consideramos gente que respeta y es respetada. Incluso dejamos vivir tranquilos a los musulmanes en paz para que puedan subyugar a sus mujeres, siempre y cuando, no sean las nuestras. Mi vecina inglesa, poco amante de los hombres, afirma ser una señora muy radical en la defensa de los derechos de los animales. Empero, luego se muestra muy amable con los lugareños a la hora de entablar conversación en la noche. Incluso una vez la oí afirmar con su acento cockney que era gran creyente de la magia. Y do fe porque si nos atenemos a su pelo recogido en una coleta de pelo blanco, a sus gafas y a sus dientes, la súbdita de su graciosa majestad es calcada a Juan Tamarit.  Es más, alguna vez he estado tentado de pedirle que me enseñara un truco de cartas.
El ejercicio de la templanza es algo muy recomendable. La práctica del respeto hacia nuestros semejantes es una virtud que, muy probablemente, nos hace a todos mejores individuos. Cosa diferente, por supuesto, es aguantar la compañía de aquellos que practican la abstinencia alcohólica de forma contumaz. También es harina de otro costal  soportar a esos que ejercen la frugalidad como si fueran jilgueros. En el seno de mi familia se suele comentar que los ajenos al  mejor yantar, no saben hablar de nada y en consecuencia jamás practicarán con gracia el arte de la coyunda.  Dicho de otra manera; son personas que nos despiertan el mismo interés que la vida sexual del somormujo. Con esta gente, los Llorens somos ciertamente talibanes.
El ascetismo no va con nosotros, gentes que amamos una cocina arcaica y mediterránea que aplaque todos nuestros deseos  de manducar.  Y todo regado con buen vino. Tampoco aceptamos la contención cuando toca demostrar los sentimientos aunque, bien pensado, el odio hacia los demás no está contemplado. Ni siquiera hacia aquellos que roban a manos llenas. En cualquier caso, cuando se tiene la barriga media llena y la cabeza amueblada de viejos libros, es más fácil mirar y ver claramente. Por eso, sabíamos, y sabemos, que la izquierda radical va camino del más espantoso de los ridículos Sencillamente su odio, su falta de talento y sus múltiples desvaríos les llevarán a darse con el mismo muro de Berlín que tanto trabajo nos costó derribar. El odio nunca conduce a nada bueno, especialmente a aquellos que viven instalados en la cultura de la queja permanente. Pobres criaturas que desconocen que 1931 queda tan lejos como el bautizo de Carmena cuyas huestes si no son primos hermanos de Adolf Hitler, lo disimulan muy bien. 

Piensen que la moderación implica serenidad, sosiego, sensatez, virtud, ponderación, honestidad, amortiguamiento y, la evidencia es que los que han ayudado más a apura al poder a los radicales- ¿verdad García Ferreras?-  trabajan en la Sexta y en Cuatro. Se llaman moderadores siendo, en realidad, extremados que abusan de nuestra bendita moderación.
Sergio Calle Llorens

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