martes, 17 de marzo de 2015

QUEVEDO DESVELADO


A Cervantes el Quijote le salió perfecto. No obstante, considero a  Quevedo como el mejor escritor en lengua española de la historia. El problema que tuvo Don Francisco se le conocía por muchas otras cosas. Decían, y es absolutamente cierto, que era libelista, espía, espadachín, pendenciero, rentista, conspirador y, desgraciadamente, nunca se referían a él como autor serio. Su anhelo de ser reconocido como gran escritor terminó en fracaso y, tuvo que ser la historia la que puso las cosas en su sitio.
De vivir hoy, el máximo exponente del conceptismo español estaría dentro de ese espectro ideológico llamado nacionalcatolicismo. Además era anti judío y un tipo ciertamente despreciable. Con las mujeres nunca tuvo excesiva fortuna. Su misoginia explica, en parte, su escasa fortuna con ellas. Y es que lejos de los prostíbulos, Quevedo era incapaz de concebir que una mujer pudiera amar como un hombre y, tener el mismo talento que los machotes. Aún así, nos dejó el más bello poema de amor que haya podido escribir un hombre;

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no es otra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado

 Se puede afirmar que la historia de Quevedo es la de alguien que fracasó en todo aquello que intentó. Dedicó la vida al enredo. La literatura era para él un ejercicio tabernario y escribía sus textos en la noche en pliegos de papel que apestaban a vino. Redactaba panfletos en favor de sus amigos, y por dinero. Era, sin duda, la mejor pluma de España aunque no era consciente de ello. Su vida está plagada de delaciones y traiciones. De sus acciones solo se salva su pluma que, como su lengua, no tenía huesos pero quebrantó unos cuantos.
 
Quevedo quería ser un escritor de casta. Empero, no consiguió el grado de respeto público que sí tuvo Góngora. De ahí su odio desmedido por su rival literario. Nuestro personaje venía de una familia adinerada, su abuela había servido en la corte, y él heredó una inmensa fortuna que le acarrearía un gran disgusto vital. Y es que Don Francisco empleó buena parte de ella en comprar los derechos de impuestos del pueblo manchego de la torre Juan de Abad. Su deseo era tener el marquesado del pueblo, algo que nunca consiguió.  Mientras el Duque de Lerma compró los terrenos de lo que hoy se conoce en la Capital del Reino como de Los Jerónimos. Quevedo adquirió los terrenos de lo que en la actualidad es la calle Huertas en el barrio de las letras de Madrid. Allí construyó unas casas cuyas rentas le permitía una vida holgada mientras ejercía su profesión principal; el espionaje. Y lo hacía para personas que trabajaban a su vez para el Duque de Lerma. El hombre más corrupto en la corte de Felipe III. Una de esas personas era el Duque de Osuna, amigo de farras de los tiempos de la Universidad de Salamanca. El noble y el genio hacían una gran pareja. Osuna tenía los contactos de los que carecía Quevedo. Sin embargo, Don Francisco tenía la inteligencia que le faltaba al Duque. Además era mucho más valiente que él. De hecho Osuna se arruinó y en su recuperación económica tuvo mucho que ver el autor que hoy nos ocupa.

Quevedo consiguió para el Duque de Osuna el virreinato de Sicilia por cohecho y es en ese territorio donde más a brillar el noble como administrador. Éste se casó con una sobrina de Lerma que era, a su vez, nieta del conquistador español Hernán Cortés. Catalina, marquesa y mujer muy brava cuya fortuna salvó al Duque. Antes tuvo que ganar nombre en los Tercios de España como soldado llegando al grado de Alférez.  Lo que no consiguió fue culminar el golpe de estado a Venecia.  De no haberse portado tan mal como una mujer inglesa, el complot hubiera triunfado pues fue ella quien los delató.

 La conjura está muy poco tratada por la historiografía. Una aventura en la que un grupo de españoles diseña un complot a espaldas de la Corona para hacerse con ese territorio. Dicho de otra manera, segregar los territorios italianos de la corona de España, quedándose la serenísima como su nuevo reino. El abad de San Real escribió en 1674 La Conjura de los españoles contra la República de Venecia que supuso el nacimiento de la novela histórica . El fracaso de la operación trajo la caída en desgracia del Duque de Osuna y, en consecuencia, del mismísimo Quevedo que sufriría ya en España prisión y un intento de asesinato. Solo, triste y fracasado pidió asilo en un convento situado en el pueblo que él creía suyo. Fue allí donde vino a visitarle la parca. De todo ello Manuel Ayllón escribió un magnífico libro titulado Golpe a Venecia. Un trabajo que recomiendo encarecidamente para entender aquel período histórico tan fascinante.
 
Puede que Quevedo antes de cerrar sus ojos reflexionara, de alguna manera, sobre las causas que le llevaron a la ruina. Tal vez repescara de algún rincón de su memoria la falta de tacto y de sutileza con las mujeres que le llevaron a la ruina más absoluta; imágenes de su hermana, la Marquesa de Agrigento y la Condesa de Arundel podrían haberle atormentado. Incluso puede que repasara sus pendencias con la espada. Sus ansias de gloria, títulos y prebendas. No lo sabremos nunca. Lo único cierto es que solo la muerte le colocó en el lugar más alto de la literatura aunque, es obvio, era una de las personas más despreciables que jamás existieron en este Reino. Quedémonos con su pluma pues.

Sergio Calle Llorens

2 comentarios:

  1. Al parecer compró la finca de la calle Huertas porque era donde vivía como inquilino su odiado Góngora, completamente arruinado. Consiguió su desahucio y se quedó, como pago de las rentas, con los libros de don Luis, libros que sólo utilizó para quemarlos en la vía pública.

    Los españoles siempre hemos sido así de hideputas.

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    1. Quevedo fue muchas cosas y, entre ellas, un cabronazo de cuidado que escribía muy bien. Un saludo

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