martes, 14 de julio de 2015

LA BRUMA


Nunca he tenido miedo a enfrentarme a un folio en blanco sino al negro abismo que se abre cuando termino el artículo. No es que tema a la vida sino que al final, de tanto escribir, me quede sin ella. A veces ese pavor me viene por la convicción de que no sé hacer otra cosa en la vida y, teniendo en mente mis pobres resultados como narrador, la conclusión es certera; mi vida es un completo fracaso. Trato de alejar ese pensamiento de mi vera pero, para mi desgracia, Málaga está sumida en una bruma intensa que no me deja ver a dos palmos. Una sensación extraña que se acentúa  al caminar junto a los acantilados. A lo lejos escucho las sirenas de un barco, tal vez fantasmal, que a mis oídos suenan como un heraldo de muerte. Tocan las campanas de la Ermita, invisible a mis ojos, llenando de inquietud mi alma.
Deambulo por el viejo barrio de pescadores cubierto de vapores azulados. Las olas vienen y van de visita a la orilla ajena a mi paseo. Asisto atónito al espectáculo y, de no haber tenido tanta necesidad de degustar un desayuno mediterráneo, me habría quedado allí a contemplar el grandioso espectáculo de la mar envuelta en la bruma. Entro en un bar en el que varios lugareños hablan de pesca y de la próxima festividad de la Virgen del Carmen, Patrona de los marineros. Me gusta escuchar a esos hombres rudos que huelen a sudor de trabajador honrado. Unas conversaciones que se mezclan con el tintineo que hace el camarero al ir recogiendo los vasos de las mesas.  Entonces entra un conocido y me cuenta los problemas con su ex mujer y, como me gusta animar al personal aunque yo me esté muriendo por dentro, le digo que ella es tan golfa que hasta los helados se los toma de rodillas  El comentario hace estallar de risas a mi contertulio y a los caballeros de la mesa de enfrente. Luego damos un repaso a las novedades de la liga de Jábegas en las que los chicos de la Cala del Moral cada vez lo hacen mejor. Hay cantera- me dice- lo que me hace detectar un cierto orgullo local cantado en su tonalidad vocal.  Pago la cuenta y mis pasos me llevan hacia el paseo. Sin embargo, no son unas zancadas largas como de costumbre pues las brumas han terminado por conquistarme el alma.
Me siento en unas rocas a degustar la marina pero ni así puedo salir de la turbación que me produce tener un tumor y no poder ser operado. Desgraciadamente la Junta de Andalucía cierra quirófanos y manda al personal de vacaciones. Por eso me cuesta tanto entender al lugareño cuando habla de cambio social mientras algunos, los menos, denunciamos el estercolero andaluz con sus continuos recortes.  Por eso me duele en el alma la llamada de “los intelectuales” a la unidad de una cierta opción política olvidando a aquellos que somos gobernados por los suyos. Entonces los muertos no son muertos y los peces, como los que ahora han venido a picar de mi comida, se convierten en unos pecios inertes en el fondo de las profundidades.  
La bruma lo ha envuelto todo de tal modo que me alarma, aunque sea tan solo un minuto, perder de vista la orilla.  Escucho el silencio que sería el mismo si yo no estuviera en este mundo. Ese sigilo sonoro que deviene un dolor intenso en el pecho al constatar que no he dejado nada atrás – si exceptuamos los hijos- que merezca la pena ser recordado. Por eso, no habrá lágrimas ni siquiera un funeral digno de llevar ese nombre. Simplemente  la más terrible indiferencia. Apenas esa negritud que tanto me provoca espanto. No, no es el blanco del papel sino los borrones que componen una hoja de servicios tan lóbrega lo que me desasosiega. Me quedan tres nocturnos con bruma o sin ella.
Fin
Sergio Calle Llorens

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