sábado, 21 de septiembre de 2013

EL MEDITERRÁNEO


El mediterráneo lo engloba todo. Es una nuestra primera mirada. A través de la canción  triste del mar, los que hemos tenido la suerte de haber nacido junto a la patria saluda, nos proyectamos al mundo. Fue junto a este mar sabio y antiguo donde nacieron los mejores filósofos. Fue aquí, gracias a los judíos, donde se creó el monoteísmo en una época en la que miles de Dioses luchaban entre sí. Nuestra arquitectura es mediterránea. La lengua franca del Mare Nostrum la usaban los pescadores de Melilla, de Málaga, Valencia, Mallorca, Tarragona, Malzalquivir, Orán durante el siglo de oro. Una modalidad lingüística y muy orientada a su profesión. Una lengua que permitía una comunicación rudimentaria suficientemente efectiva entre marineros de todo el mediterráneo. Incluía elementos léxicos del español, el italiano, el árabe, el griego, el catalán y el turco. Vean un ejemplo; “Fazer forte agua cielo” para llueve mucho. En la región oriental del mediterráneo predominaba una lengua franca de mayor impronta italiana, mientras que en la occidental presentaba más marcas españolas. Sin embargo, hay una memoria colectiva común que nos hace saber que somos mestizos y pertenecemos a un tronco común. Sabemos, por tener esas olas besando nuestras playas, que nuestra cultura es de ida y vuelta. Lo nuestros es un fruto de un mestizaje, No somos puros y nos enorgullecemos por ello. El concepto nórdico o germánico de raza no es entendible en estas orillas. Si los indigenismos y americanismos le dieron al español un aire acriollado en el nuevo continente, los intercambios culturales que se dieron en estas tierras mojadas por la mar, colocaron a nuestro pensamiento en un plano superior.
 Cuando mis pies caminan por las playas de Nerja, Denia o Ibiza, siento que pertenezco a una cultura milenaria y añeja. Las lunas con sus rayos de plata iluminan mi alma para proyectarla sobre la otra orilla donde, otros, como yo, reconocen mi sombra. Si no es por la mar, no puedo orientarme en la vida. Si no fuera por esa gloriosa patria salada, no tendría la vida que tengo. Iría a  la ciutadella de Menorca. Detendría mi velero en una cala ibicenca. Caminaría por Palafrugell mientras recuerdo a Josep Pla y, sin dudarlo, estaría en casa. Las calas de la Serra D’Irta. Les Deveses de mi corazón, lugar mágico donde los haya y estaría en el hogar con mi lengua franca. Es el mediterráneo.

Sergio Calle Llorens






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