miércoles, 20 de marzo de 2013

EL BOSQUE ENCANTADO


Regreso entre dos luces, con la humedad entre los pinos. Los mochuelos vuelan en el cielo gris y bajo. Crepúsculo de masas de nubes oscuras. Cae una lluvia fina y menuda que difumina las montañas en una neblina azulada, ligeramente tocada de malva. Veo caer las burbujas de lluvia sobre el bosque. Huele a humedad, a verde, a vida. Intento captar la melodía de la foresta. Adivino el fin del invierno que aquí es una cosa serena, lineal que estimula mi melancolía. El viento silba entre los árboles. La lluvia me civiliza a pesar de todo. Sigo adentrándome en el bosque. Ni rastro de presencia humana. Sonrío para mí; no hay moros en la costa.

Las lucecitas del pueblo se vislumbran en la distancia, con los cristales humedecidos por el viento, la quietud y el silencio. Es exactamente lo que buscaba. Paz, tranquilidad y ausencia de ruido humano. De pronto, noto que la niebla va adquiriendo un tono blanquecino y fantasmagórico. No siento miedo, al contrario. Incluso prefiero esos paisajes fríos con un toque gótico en el que un bosque está más conseguido con unas tumbas misteriosas. Camino por la senda de la foresta y apenas me detengo un momento para captar con mi cámara la fisonomía de ese lugar mágico.

He caminado por bosques de toda Europa y, por supuesto, de todos he intentado captar sus almas, su esencia, su misterio. En el condado de Wicklow, en los profundos bosques gallegos o en los de la Sierra de las Nieves. Siempre sólo. Si el mar es el mi primera mirada, el paisaje de mi juventud, la torre desde donde he contemplado las estrellas, los bosques son el lugar adonde me dirijo para que no me encuentren. Por un momento, temo toparme con una procesión de la Santa Compaña. Lo de temer es una exageración. Lo gótico y los encuentros sobrenaturales me excitan, pero no porque sea un gran creyente de esos temas sino porque me interesa evadirme de la realidad gris que me ataca de vez en cuando.

El bosque es mi alma, el mar es mi esencia y el aroma de mi vida. Soy mediterráneo con unas gotas de melancolía atlántica. Sonido de gaitas, sonatas de guitarras sureñas. Amante de la alegría inenarrable. Sombra rumorosa de mi existencia. Recuerdos y deseos brumosos de mi alma. La música sigue sonando pero sólo es una tonada secreta para iniciados. En este bosque, puedo perderme en los arcanos de mi existencia. No es un bosque encantado, yo soy el encantado.

Sergio Calle Llorens

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