miércoles, 3 de junio de 2015

SOR CITROEN

Avanzamos en la quietud de la tarde bajo un cielo atintado de uvas moscatel. Conduce una monja, a la que yo llamo cariñosamente Sor Citroen  y, a su lado, la hermana Pilar que a tenor de los años y la boca de sorpresa que siempre lleva, hubo de conocer los huevos del caballo de Espartero. Yo voy de paquete algo mareado en la parte de atrás. Le digo que me lleven al cementerio pero, como no especifico que vivo, la religiosa no para de volverse. Y que conste que no lo hace para ver si sigo tan pálido, sino porque es su costumbre a la hora de manejar el volante del vehículo. De ahí el mote de Sor Citroen. Para nuestra fortuna, nuestros ángeles de la guarda están atentos todo el camino y, gracias a ellos exclusivamente, llegamos sanos y salvos al camposanto.

Damos los pésames de rigor a los familiares del difunto. Momento que es aprovechado por Pilar para cerrar la boquita de sorpresa un tanto. Luego se viene arriba cuando Sor Citroen y yo caminamos rumbo al bar en busca de una manzanilla que me entone el cuerpo. Parece que todo el espectáculo humano le produce a la profesa un gran asombro. Eso incluye las carcajadas y los copazos de aquellos que viene a decir adiós a los finados que ya, imagino, no esperan nada de nada. Nos sentamos en una esquina donde un grupo de señoras cede educadamente la mesa a la religiosa. A veces es sorprendente observar lo que un uniforme puede causar en el pueblo llano y, más si es el de una religiosa católica. Allí conversamos sobre la vida o, mejor dicho, ellas hablan y yo escucho. No tengo el cuerpo para requiebros. Es curioso pero Sor Citroen es, a pesar de los estilos de vida tan diferentes que llevamos, la persona que mejor me conoce. Suele definirme como un soldado sensible que ama las bibliotecas. Añade que tengo algo de fiero castellano, un poco de seny catalán y un mucho de ingenio malagueño. También dice que la gente me toma cariño cuando me conoce pero que, desgraciadamente para mí, nunca me dejo. Como dijo un gran hombre, opinar es muy fácil pero lo realmente difícil es describir y yo, sigo sin encontrar el adjetivo correcto para la cara de asombro de Pilar. Y en estas que se nos hace de noche.

Conversando con aquellas dos almas candidas uno recupera la fe en la humanidad y mire que,  fe lo que se dice fe, yo no tengo ninguna en los seres humanos y espero que ellos tampoco la tengan en mí. Lo que pasa es que cuando siento la inmensa bondad de dos mujeres que, dicho sea de paso,  lo abandonaron todo para ofrecérselo a los demás, llego a la conclusión de que todavía hay gente que vale inmensamente la pena. Pudiera ser que lo único que perdura en la vida es aquello que hacemos con amor y, que todas las obras que se cometen por odio simplemente se extinguen porque nacen viciadas. Eso no quiere decir que yo vaya a renunciar a poner en la lápida de aquel infausto ex familiar Rip, Rip hurra. Al margen de esa pequeña maldad, creo que la compañía de la gente buena me hace volverme más comprensivo con el puñetero prójimo.

Mis amigas, licenciadas en psicología a pesar de todo, rebozan una alegría inmensa que yo, especialmente porque sigo aterrado por el hecho de que he de volver con ellas en el coche, no comparto en absoluto. Apostamos a que el que cuente el peor chiste paga las consumiciones; Sor Citroen cuenta uno muy malo sobre Jesucristo. La hermana Pilar nos tortura sobre uno de Rajoy y yo, gano el envite con el siguiente;

-María no aguanto más quiero suicidarme.
- Pero por qué quieres suicidarte.
- Porque soy un desgraciado.
-Paco no digas eso, yo nunca te abandonaré y siempre estaré a tu lado.
- Lo ves como soy un desgraciado.

La chanza hace que estallen en sonoras carcajadas. Sor Citroen se pone la mano en la boca intentando acallarlas y, Sor Pilar abre tanto la suya que por un momento parece que fuera a engullir la vía láctea. Finalmente salimos para acompañar a la familia del finado por espacio de una hora. Luego espera el Batmovil de la monja de ropajes negros y  alma blanca. Algún día les contaré como la conocí. De momento, sólo deben saber que llegué vivo a mi casa y, con mucha fuerza gracias a dos hermanitas de la caridad que me han dado más cariño que la mayoría en el último lustro. Vivir para ver.


Sergio Calle Llorens

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