Bienvenidos al
siglo XXI, donde la humanidad ha enviado robots a Marte, ha logrado avances
científicos que harían llorar de envidia a Leonardo da Vinci y, sin embargo, seguimos discutiendo si es
adecuado que las niñas lleven un trozo de tela en la cabeza para complacer a un
dios que, curiosamente, nunca ha emitido un comunicado oficial al respecto.
El hiyab en las aulas es un
tema espinoso, pero seamos claros: si la educación es el templo de la razón, no
podemos permitir que símbolos de sumisión y desigualdad sean normalizados. Las
aulas no son terrenos de exhibición de códigos patriarcales disfrazados de
"elección personal". Nadie ha escrito una oda a la falda del
uniforme escolar o a la camisa de cuadros, pero parece que este pedazo de tela
goza de una sacralización impropia de un sistema educativo que debería fomentar
el pensamiento crítico.
Pongámoslo en perspectiva con
un poco de rock and roll. ¿Alguien se imagina a Joan Jett entonando "I
Love Rock 'n' Roll" con un hiyab? ¿A Patti Smith gritando "Because
the Night" mientras ajusta su velo? Lo dudo. Y no es porque el rock
exija pelo al viento y chupas de cuero (aunque ayuda), sino porque representa
un espíritu de rebeldía que choca frontalmente con la imposición de símbolos
que históricamente han servido para marcar las fronteras de la opresión femenina.
Si las niñas crecen viendo a
sus compañeras cubrirse como si fueran caramelos envueltos en celofán mientras
sus compañeros varones visten con la ligereza de quien nunca ha sido objeto de
restricciones estéticas impuestas por una tradición religiosa, el mensaje es
claro: la igualdad sigue siendo un riff sin terminar en la partitura de la
educación.
La literatura
también ha sido un campo de batalla entre la libertad y el yugo cultural.
Pensemos en Emma Bovary, quien luchó por escapar de la jaula de la moral
burguesa, o en Jane Eyre, que desafió
las normas de su tiempo para reclamar independencia y dignidad. ¿Alguien cree
que estas heroínas aplaudirían la normalización de símbolos que, en muchos
casos, no son más que un candado simbólico a la autonomía femenina?
Incluso George Orwell
nos lo advirtió en "1984": los símbolos no son inocentes. Cada
prenda impuesta por una ideología conlleva un mensaje subliminal. "La
libertad es la esclavitud" decía el Partido en la novela. "Cubrirte
es empoderarte", dicen algunos hoy en día. La neolengua ha llegado para
quedarse.
Algunos
defensores de la prenda nos acusan de paternalismo, de "imponer la no
imposición", como si
luchar contra la normalización de símbolos opresivos fuera equivalente a ser un
inquisidor cultural. Pero no se trata de meterse con la religión: se trata de
garantizar que en la escuela, donde se forman los ciudadanos del futuro, se
respire un aire de igualdad real. La escuela no es el lugar para perpetuar
tradiciones que han sido utilizadas históricamente para restringir la autonomía
de las mujeres.
¿Libertad? Claro que sí. Pero una libertad auténtica, no la
que se ejerce bajo la sombra del "honor familiar", del
"deber" o de la expectativa social. Porque cuando una elección está
condicionada por la presión de una comunidad, ya no es una elección, es una
trampa.
Y para los que siguen
defendiendo el hiyab como un derecho individual, les sugiero un
experimento: intenten prohibírselo a una niña en un entorno donde es la norma y
vean cuánto margen de elección real tiene. Spoiler: probablemente ninguno.
Así que no, el velo no
pertenece a las aulas. Como tampoco pertenecen las faldas obligatorias para las
niñas, ni los códigos de vestimenta que refuerzan estereotipos arcaicos. La
educación es el único terreno donde podemos aspirar a la igualdad plena. Y
si queremos rock and roll en las mentes de las futuras generaciones, hay que
asegurarnos de que ninguna nazca con la guitarra desafinada antes de tocar su
primera nota.
Sergio Calle Llorens