sábado, 5 de abril de 2025

¡NO AL HIJAB!



Bienvenidos al siglo XXI, donde la humanidad ha enviado robots a Marte, ha logrado avances científicos que harían llorar de envidia a Leonardo da Vinci y, sin embargo, seguimos discutiendo si es adecuado que las niñas lleven un trozo de tela en la cabeza para complacer a un dios que, curiosamente, nunca ha emitido un comunicado oficial al respecto.

El hiyab en las aulas es un tema espinoso, pero seamos claros: si la educación es el templo de la razón, no podemos permitir que símbolos de sumisión y desigualdad sean normalizados. Las aulas no son terrenos de exhibición de códigos patriarcales disfrazados de "elección personal". Nadie ha escrito una oda a la falda del uniforme escolar o a la camisa de cuadros, pero parece que este pedazo de tela goza de una sacralización impropia de un sistema educativo que debería fomentar el pensamiento crítico.

Pongámoslo en perspectiva con un poco de rock and roll. ¿Alguien se imagina a Joan Jett entonando "I Love Rock 'n' Roll" con un hiyab? ¿A Patti Smith gritando "Because the Night" mientras ajusta su velo? Lo dudo. Y no es porque el rock exija pelo al viento y chupas de cuero (aunque ayuda), sino porque representa un espíritu de rebeldía que choca frontalmente con la imposición de símbolos que históricamente han servido para marcar las fronteras de la opresión femenina.

Si las niñas crecen viendo a sus compañeras cubrirse como si fueran caramelos envueltos en celofán mientras sus compañeros varones visten con la ligereza de quien nunca ha sido objeto de restricciones estéticas impuestas por una tradición religiosa, el mensaje es claro: la igualdad sigue siendo un riff sin terminar en la partitura de la educación.

La literatura también ha sido un campo de batalla entre la libertad y el yugo cultural. Pensemos en Emma Bovary, quien luchó por escapar de la jaula de la moral burguesa, o en Jane Eyre, que desafió las normas de su tiempo para reclamar independencia y dignidad. ¿Alguien cree que estas heroínas aplaudirían la normalización de símbolos que, en muchos casos, no son más que un candado simbólico a la autonomía femenina?

Incluso George Orwell nos lo advirtió en "1984": los símbolos no son inocentes. Cada prenda impuesta por una ideología conlleva un mensaje subliminal. "La libertad es la esclavitud" decía el Partido en la novela. "Cubrirte es empoderarte", dicen algunos hoy en día. La neolengua ha llegado para quedarse.

Algunos defensores de la prenda nos acusan de paternalismo, de "imponer la no imposición", como si luchar contra la normalización de símbolos opresivos fuera equivalente a ser un inquisidor cultural. Pero no se trata de meterse con la religión: se trata de garantizar que en la escuela, donde se forman los ciudadanos del futuro, se respire un aire de igualdad real. La escuela no es el lugar para perpetuar tradiciones que han sido utilizadas históricamente para restringir la autonomía de las mujeres.

¿Libertad? Claro que sí. Pero una libertad auténtica, no la que se ejerce bajo la sombra del "honor familiar", del "deber" o de la expectativa social. Porque cuando una elección está condicionada por la presión de una comunidad, ya no es una elección, es una trampa.

Y para los que siguen defendiendo el hiyab como un derecho individual, les sugiero un experimento: intenten prohibírselo a una niña en un entorno donde es la norma y vean cuánto margen de elección real tiene. Spoiler: probablemente ninguno.

Así que no, el velo no pertenece a las aulas. Como tampoco pertenecen las faldas obligatorias para las niñas, ni los códigos de vestimenta que refuerzan estereotipos arcaicos. La educación es el único terreno donde podemos aspirar a la igualdad plena. Y si queremos rock and roll en las mentes de las futuras generaciones, hay que asegurarnos de que ninguna nazca con la guitarra desafinada antes de tocar su primera nota.

Sergio Calle Llorens

 

martes, 1 de abril de 2025

¡STEPHEN KING: EL NIÑO QUE SOÑÓ CON MONSTRUOS!

 



Nació en Maine, como si el destino le hubiera señalado con el dedo de una criatura espectral. Stephen King es el escritor que creció con el rumor de los cómics EC, con las páginas gastadas de Amazing Stories, con los relatos de Ray Bradbury y la oscura alquimia de H.P. Lovecraft. Antes de que el mundo lo conociera, ya habitaba en un universo de neones en ruinas y bosques donde el viento parecía respirar. Él no inventó el terror moderno: lo escuchó primero en el silbido de las vías del tren, en la casa que susurraba en la noche, en las historias de carretera que los adultos contaban a media voz.

Si su infancia fue una fábrica de pesadillas, su juventud fue un catálogo de supervivencia. Vendió cuentos a revistas pulp, escribió con desesperación en habitaciones pequeñas, y a punto estuvo de renunciar. Luego vino Carrie, y con ella, el relámpago. Pero no se quedó en la historia de la adolescente vengativa; en su mente ya germinaban horrores más profundos, males que acechaban en el aire mismo de América.

En Salem’s Lot, King tomó la novela gótica y la empapó de polvo y farolas parpadeantes. Los vampiros ya no eran príncipes decadentes, sino sombras al acecho en los pueblos pequeños, en las casas donde se cierra la puerta demasiado rápido. Luego, en El resplandor, transformó la locura en un eco interminable en los pasillos de un hotel, donde el pasado y el presente se fundían en una pesadilla de whisky, sangre y fantasmas sin descanso.

Pero fue en IT donde su imaginación alcanzó su cima más aterradora: la criatura que se disfraza de payaso, que se alimenta del miedo de los niños, es el mismo monstruo de las alcantarillas de su país, de la hipocresía y la podredumbre que habita bajo la superficie de Derry, de cualquier ciudad. Y cuando la muerte tocó su propia puerta, cuando la carretera le arrebató lo más querido, King encontró en Cementerio de Animales su forma de preguntarle al mundo si la muerte es realmente el final, si a veces el regreso puede ser peor que la ausencia.

Su obra es un pasillo largo, donde cada puerta es una historia. The Dead Zone es la pregunta que todos tememos: ¿y si pudiéramos ver el futuro, y si nos mirara de vuelta? Misery es la pesadilla del escritor, la sombra de un lector demasiado devoto. La Torre Oscura es su mapa secreto, la interconexión de todas las historias, el latido mismo del universo King.

Pero lo que hace que sus monstruos sean inmortales no es solo su forma: es la voz de King, esa voz de narrador nocturno, la que nos convence de que todo esto podría estar pasando realmente, a la vuelta de la esquina, en la casa al final de la calle.

Porque en el fondo, Stephen King no escribe sobre el miedo. Escribe sobre lo que nos hace humanos. Sobre la infancia que dejamos atrás pero que nunca nos deja del todo. Sobre la culpa, la pérdida, la redención. Sus personajes son personas normales, atrapadas en circunstancias aterradoras, como si el destino les hubiera dado un billete de ida sin avisarles del destino final.

Y cuando susurra el final de cada historia, cuando la última página se cierra con un golpe seco, solo queda el eco de su advertencia: A veces, los muertos son mejores. A veces, lo que creemos haber vencido solo duerme. Y a veces, lo que más tememos no está en la oscuridad… sino en nosotros mismos.

Sergio Calle Llorens