jueves, 15 de octubre de 2026

¡MI GRUPO DE DOO WOP!


 

Mi pequeño grupo de doo-wop duró lo que duran ciertas felicidades de juventud: lo suficiente para recordarlo toda la vida. Nos reuníamos para cantar, imitando con la boca el bajo, la batería y los demás instrumentos de una orquesta que no podíamos permitirnos. Aquellos muchachos de los barrios estadounidenses habían hecho exactamente eso antes que nosotros. Bastaban unas voces, una farola y la convicción de que, durante unos minutos, la calle podía ser nuestra.

El doo-wop nació de la tradición vocal del góspel, del rhythm and blues y de los antiguos cuartetos de armonías. Pero su historia también tiene un capítulo singular en los barrios italoamericanos de Nueva York, donde muchos jóvenes incorporaron a aquella música su propia sensibilidad melódica. En sus casas se escuchaban canciones italianas, y la tradición napolitana —con sus melodías expansivas, sus amores desgraciados y su gusto por el dramatismo vocal— formaba parte del paisaje familiar. No fue el origen del doo-wop, como a veces se sugiere, pero sí un posible punto de encuentro sentimental entre dos culturas. Dion and the Belmonts encarnaron especialmente bien aquella confluencia.

Lo curioso es que muchos de aquellos conjuntos parecían haber elegido sus nombres mirando al cielo. The Ravens, The Orioles, The Penguins, The Flamingos, The Crows. La moda tenía antecedentes concretos. The Ravens, formados en 1945, ayudaron a definir el sonido de los grupos vocales urbanos, con un bajo profundo y un falsete que parecía surgir de otra habitación. The Orioles popularizaron en 1948 It's Too Soon to Know, una balada que contribuyó a establecer el tono romántico del género. Años después, The Penguins alcanzarían la inmortalidad con Earth Angel, mientras The Flamingos llevarían la sofisticación vocal a otro nivel con I Only Have Eyes for You.

¿Por qué tantos pájaros? No existe una explicación única, pero resulta difícil no encontrar cierta ironía poética en aquellos nombres. Sus propietarios eran adolescentes de barrios modestos, a menudo sin dinero para comprar instrumentos, que escogían símbolos de vuelo y libertad. Algunos llegaron a los escenarios y a las listas de éxitos; muchísimos otros jamás abandonaron su esquina. La historia discográfica conserva los nombres de los primeros. De los segundos apenas queda el eco.

Y ese eco es precisamente lo que más me interesa. El doo-wop no fue solo una colección de canciones inolvidables, sino también una actividad clandestinamente cotidiana: muchachos ensayando en portales, bajo las farolas o en las escaleras de sus edificios, repitiendo una armonía hasta que las voces encajaban. No necesitaban saber música en el sentido académico. Aprendían escuchándose, corrigiéndose y volviendo a empezar. El bajo sostenía al solista; los demás lo arropaban con sílabas inventadas. Doo-wop, shoo-bop: palabras sin significado que, juntas, producían algo parecido a la felicidad.

Con los años, uno comprende que aquellas reuniones tenían una importancia que entonces no sospechábamos. No se trataba de triunfar ni de hacerse famoso. Se trataba de pertenecer a un grupo, de descubrir que la voz propia encontraba su lugar entre las voces de los demás. Después llegaba la vida adulta, los trabajos, las mudanzas y las obligaciones. Los conjuntos se disolvían sin despedidas, y muchas canciones desaparecían con ellos, sin que nadie las hubiera grabado.

Cuando vuelvo a recordar aquellos ensayos, no escucho solamente música. Recuerdo la despreocupación de quienes todavía creen que todas las noches se repetirán y que siempre habrá tiempo para cantar otra vez. Quizá por eso el doo-wop conserva esa melancolía tan particular: detrás de sus armonías luminosas se adivina la fugacidad de quienes las inventaron.

Los discos sobrevivieron. Las esquinas cambiaron. Los pájaros siguieron cantando en las etiquetas de los viejos vinilos. Pero en algún lugar de la memoria permanecen aquellos muchachos que, sin instrumentos ni dinero, consiguieron construir una orquesta con sus propias voces. Entre ellos, modestamente, también estuvimos nosotros.

Y a veces basta escuchar los primeros compases de una vieja canción para regresar a aquella farola, ocupar de nuevo nuestro sitio y recordar que, durante un instante, fuimos capaces de hacer música con casi nada.

Sergio Calle Llorens

domingo, 11 de octubre de 2026

BLUE LIGHTS: BELFAST TAMBIÉN SABE HACER POLICÍAS!

 


En Estados Unidos un policía escucha un disparo, saca la pistola, pone cara de Clint Eastwood con estreñimiento y en menos de treinta segundos ha detenido a tres delincuentes, desactivado una bomba, salvado a un niño y pedido una hamburguesa con queso. En Belfast las cosas funcionan de otra manera. Aquí un agente puede tardar bastante más en decidir qué demonios está pasando, porque antes de sacar el arma tiene que pensar, hablar, medir el peligro y, si es posible, regresar vivo a la comisaría.

Bienvenidos a Blue Lights, una de esas series que demuestran que para hacer una magnífica ficción policial no hace falta trasladar Manhattan a cualquier parte del mundo ni llenar la pantalla de tipos con mandíbula de granito, músculos de gimnasio y una pistola del tamaño de un lanzagranadas.

La serie de los guionistas Declan Lawn y Adam Patterson nos lleva a Belfast y sigue a tres policías novatos durante su periodo de aprendizaje en una comisaría de la ciudad: Grace, una antigua trabajadora social; Tommy, un joven tímido al que le cuesta imponer autoridad, y Annie, una muchacha rebelde que parece haber interpretado el reglamento como una sugerencia.

Y ahí está uno de los grandes aciertos de Blue Lights: sus protagonistas no llegan a la policía sabiendo hacerlo todo. Aprenden.

Parece una obviedad, pero no lo es.

En demasiadas series policiales el protagonista aparece en pantalla como si hubiera nacido con una placa debajo de la almohada. Sabe disparar, conducir, interrogar, perseguir, investigar, pelear, hackear el Pentágono y probablemente preparar un buen arroz con bogavante. Aquí no. Aquí los policías se equivocan, sienten miedo, dudan, se bloquean, se enfadan y descubren que llevar un uniforme no convierte a nadie en Superman.

Y eso hace que resulten humanos.

Especialmente Grace, interpretada por una magnífica Siân Brooke, que consigue transmitir algo muy complicado: la tensión entre la persona que quiere ayudar a los demás y la policía que tiene que aprender a poner límites. Su pasado como trabajadora social no es un adorno del personaje, sino una parte fundamental de su manera de enfrentarse al mundo.

Y después está Katherine Devlin, que interpreta a Annie Conlon.

Esta mujer llena la pantalla.

No necesita montar una escena para hacerse notar. Tiene esa presencia que poseen algunos actores capaces de convertir una conversación aparentemente insignificante en algo que merece la pena mirar. Annie es impulsiva, desafiante, imperfecta y bastante incapaz de comportarse como se supone que debe hacerlo una policía recién llegada. Es decir, exactamente el tipo de personaje que uno quiere seguir viendo.

Luego está Tommy, interpretado por Nathan Braniff, cuya evolución resulta especialmente interesante porque parte desde el extremo contrario: no le sobra confianza, precisamente.

Los tres forman un grupo que funciona porque no son tres versiones del mismo policía.

Y alrededor de ellos aparece una colección de veteranos que aporta otra de las virtudes de la serie: experiencia, cansancio, humor, desencanto y una humanidad que pocas veces aparece en los policiales de cartón piedra.

Entre ellos está Richard Dormer, que interpreta a Gerry Cliff.

Dormer está magnífico.

Tiene esa capacidad para transmitir autoridad sin necesidad de levantar la voz. Su personaje pertenece a una generación de policías que ha vivido otra Belfast y que entiende perfectamente que el uniforme que lleva encima tiene una historia que pesa. Una historia que no desaparece porque alguien haya decidido que ahora estamos en una época distinta.

Porque Belfast es otro personaje de la serie.

Y menudo personaje.

La ciudad no aparece como una postal turística ni como un decorado intercambiable. Sus calles, sus barrios y sus heridas forman parte de la historia. Belfast tiene memoria. Y la policía también.

Por eso resulta tan interesante que Blue Lights se desarrolle en Irlanda del Norte sin convertir los Troubles en una excusa para hacer otra serie sobre los Troubles.

El conflicto está ahí.

Se nota.

Pesa.

Aparece en la relación entre determinados sectores de la comunidad y la policía, en las desconfianzas heredadas, en los paramilitares y en esa sensación de que algunas heridas históricas no desaparecen porque hayan dejado de ocupar las portadas de los periódicos.

Pero la serie no necesita convertir cada episodio en una clase de Historia Contemporánea de Irlanda del Norte.

Hace algo bastante más inteligente: nos enseña cómo viven esa realidad quienes tienen que ponerse el uniforme todas las mañanas.

Y ahí aparece otra de sus grandes diferencias.

En Blue Lights la policía no es omnipotente.

No llega un coche patrulla, baja un tipo con gafas de sol y se acaba el problema.

A veces el problema empieza precisamente cuando llega la policía.

Hay vecinos que no quieren hablar. Hay delincuentes que conocen el terreno mejor que los agentes. Hay situaciones en las que la autoridad tiene que medirse con cuidado porque una mala decisión puede convertir un problema pequeño en uno enorme.

Y eso genera una tensión mucho más interesante que la simple persecución de un delincuente.

También hay humor.

Mucho.

Pero es un humor seco, británico, en ocasiones negrísimo, que aparece en los lugares más inesperados. No rompe la tensión; forma parte de ella. Porque incluso en una comisaría de Belfast hay momentos en los que alguien tiene que decir una barbaridad para soportar el día.

La serie tampoco necesita convertir cada intervención policial en una exhibición de violencia.

Aquí una pistola es una pistola, no un complemento de moda.

Los agentes tienen que valorar cuándo intervenir, cómo hacerlo y cuáles pueden ser las consecuencias. La violencia tiene un peso que no siempre tiene en el policial norteamericano.

Y eso me gusta.

Me gusta porque Blue Lights entiende que un policía no es una máquina de detener delincuentes.

Es una persona que vuelve a casa después del turno.

Y esa diferencia cambia completamente la manera de contar una historia.

La primera temporada ya dejaba claro que detrás de los tres novatos había una trama criminal de mayor alcance, con bandas locales y organizaciones paramilitares. En la segunda, los personajes han crecido y la serie amplía el mundo criminal que rodea a la comisaría.

Pero lo que me interesa de Blue Lights no es solamente descubrir quién delinque.

Me interesa descubrir qué le ocurre a la gente que tiene que enfrentarse todos los días a quienes delinquen.

Ahí está la diferencia.

Porque una serie policial puede preguntarte quién es el asesino.

Esta quiere preguntarte qué significa ser policía.

Y lo hace sin ponerse trascendente, sin repartir sermones y sin convertir a sus protagonistas en santos.

Por eso me ha gustado tanto.

Porque mientras buena parte de la televisión mundial sigue empeñada en demostrarnos que Estados Unidos puede resolver cualquier problema con una persecución, tres helicópteros y ocho cargadores de munición, Blue Lights nos recuerda que Europa también sabe contar historias policiales.

Y no necesita copiar a nadie.

Tiene Belfast.

Tiene unos actores extraordinarios.

Tiene personajes con defectos.

Tiene humor.

Tiene tensión.

Tiene una ciudad con memoria.

Y tiene algo todavía más importante: tiene gente dentro de los uniformes.

Después de ver las dos primeras temporadas, entiendo perfectamente que se haya convertido en un fenómeno en Reino Unido. La propia Movistar Plus+ la describe como un éxito de público y crítica, y la serie recibió el BAFTA TV a mejor drama en 2025.

Yo solo puedo decir una cosa.

Si todas las policías fueran como las de las series americanas, probablemente habría que emigrar.

Menos mal que existe Belfast.

Sergio Calle Llorens


martes, 6 de octubre de 2026

¡PEDRO, EL MADRID Y LA VERDAD!

 

Cuando el Real Madrid compró la plaza del C. D. Tacón, Marca nos regaló una portada para la historia: «¡El fútbol femenino entra en otra dimensión!». Desde entonces, el F. C. Barcelona se ha enfrentado en 26 ocasiones al club de Florentino Pérez, con los siguientes resultados: 25 victorias para las azulgranas y una para las blancas —este único triunfo blanco, con escándalo arbitral incluido—, y 99 goles a favor para las culés y 12 para las capitalinas. A eso le llamo yo hacer un ridículo espantoso.

El último clásico, disputado en el Camp Nou, se ha saldado con un bochornoso 7 a 0 que ha provocado un boicot informativo al clásico femenino en Real Madrid TV. Por un día, los protestones blancos se han tenido que meter la lengua por el culete.

Y si en el fútbol las cifras terminan poniendo a cada uno en su sitio, en la política ocurre exactamente lo mismo: basta con echar un vistazo a la hemeroteca para comprobar que entre lo que Pedro Sánchez dice y lo que finalmente hace suele haber más distancia que entre el Real Madrid y el Barcelona.

Y es que Pedro ha tenido que convocar elecciones porque le tiraron abajo los decretos de vivienda y vio una oportunidad de que los suyos se manifestaran contra… la oposición. Unos decretos que ahora quiere colar por la puerta de atrás, a pesar de la ilegalidad señalada hasta por los letrados del Congreso.

El resumen, grosso modo, es este:

Pedro dijo que no pactaría con Bildu y pactó.

Pedro afirmó que no gobernaría con Podemos y gobernó con el chepas.

Pedro prometió que presentaría presupuestos para cumplir con la Constitución y la incumplió.

Pedro aseguró que lo de Ceuta estaba arreglado y se marchó de vacaciones, pero nada estaba solucionado.

Pedro dijo que su hermano era inocente, pero ha sido condenado.

Pedro puso la mano en el fuego por Ábalos y compañía, y están todos en la cárcel.

Pedro se tomó varios días de reflexión tras la imputación de su mujer —qué manía con los días de descanso— y la va a juzgar un jurado por delitos gravísimos.

Pedro confió en Zapatero y ya nadie duda de que va a ser el primer presidente español que entre en prisión. Al tiempo.

Pedro juró que toda la corrupción de su partido tenía su origen en una campaña de desinformación de la máquina del fango ultraderechista y, tras las elecciones de noviembre, su partido va a ser imputado por financiación ilegal.

Pedro miente más que habla y nos trata como si todos fuésemos Pablo Bujalance.

En conclusión: Pedro Sánchez no le dice una verdad ni al médico, y la historia le juzgará tan duramente como al idiota que crea las portadas del diario Marca. Al menos, el fútbol tiene el consuelo de que los resultados quedan escritos en el marcador.

Sergio Calle Llorens

lunes, 5 de octubre de 2026

¡LA ZANGOLOTINA DE ZADACHENKOVA!

 


Yulia Zadachenkova es una ucraniana que llegó a España con muchas ganas de triunfar y poco cerebro. Una tipeja que nunca habría saltado a los medios de comunicación patrios sin la inestimable comparación de un plumilla del ABC en prácticas que, dicho sea de paso, no tenía otra cosa que hacer. Por eso decidió escribir un artículo en el que la mujer del Este criticaba la sanidad española.

¿Qué será lo próximo? ¿Crear un premio de periodismo en homenaje a Gonzalo Miró y a Carlos Jesús, llamado Raticulín?

En fin, que me lo he tomado como algo personal porque yo, durante muchos años, fui una máquina de escribir y ella siempre ha sido una máquina de decir sandeces.

Resulta, cuando menos, pintoresco escuchar determinadas cátedras improvisadas sobre la decadencia de la sanidad española cuando se mira el mapa y se consultan las cifras, que suelen tener la desagradable costumbre de no dejarse intimidar por las opiniones. Antes de la guerra, Ucrania no era precisamente la Suiza sanitaria de Europa: en 2019, su esperanza de vida rondaba los 73,3 años, frente a unos 83 años en España; el gasto sanitario por habitante era muy inferior y los pagos directos de los ciudadanos representaban aproximadamente la mitad del gasto sanitario. En España, en cambio, alrededor del 72 % del gasto sanitario procedía de fuentes públicas, frente a poco más de la mitad en Ucrania. Son datos anteriores a la invasión de 2022, por lo que atribuir esas diferencias a la guerra sería, además de cómodo, cronológicamente imposible.

Así que criticar defectos de la sanidad española —que los tiene, como cualquier sistema— es perfectamente legítimo; convertirlos, sin embargo, en prueba de que España disfruta de una sanidad desastrosa mientras se omite deliberadamente la situación de la que uno procede ya pertenece a ese género tan español de la comedia involuntaria. España tenía, antes de la guerra, unos diez años más de esperanza de vida, un sistema sanitario mucho más financiado públicamente y una carga de gasto directo para los pacientes muy inferior. La crítica es saludable; la memoria selectiva, bastante menos. Y cuando uno pretende dar lecciones de medicina comparada, conviene llevar algo más en el maletín que indignación, porque las estadísticas, esas antipáticas aguafiestas, tienen la costumbre de pedir el carné antes de entrar. Especialmente en un país como Ucrania, en el que, como pasa en la nación putinesca, los pacientes se saltan las listas de espera para ser operados sobornando a los galenos con regalos. ¿Pero cómo te atreves a criticar a España, hija del averno?

En verdad, me toca muy mucho la moral que una ucraniana a la que, como al resto de sus compatriotas, hemos dado refugio en hoteles de cuatro y cinco estrellas, comida, educación y servicios sanitarios gratuitos, escupa sobre la sagrada piel de toro que es nuestro país. Es una lástima que la señorita Zadachenkova —cuyo apellido, traducido al español, significa «lagarta de cuidado»— no conozca la lección que Sancho aprendió de don Quijote cuando este le dijo que el peor pecado que puede cometer un hombre es la ingratitud.

A la zangolotina de la Zadachenkova ni siquiera le ha pasado por la cabeza pensar que los millones de ucranianos a los que hemos acogido con los brazos abiertos han colapsado nuestro sistema sanitario. Un poco más tonta y nace con instrucciones de uso.

Hay opiniones que merecen ser escuchadas y otras que, por simple decoro, deberían marcharse por donde vinieron.

Sergio Calle Llorens

sábado, 3 de octubre de 2026

¡UN DIABLO EN LA FARMACIA!

 


La farmacia está abarrotada de clientes. Cada uno se toma su tiempo en contar su achaque y el diligente personal no puede hacer nada para evitarlo. A mi siniestra hay una pareja de jovenzuelos con un bebé en el carrito. A mi diestra se encuentra una bellísima mujer morena, de ojos negros, delgada y con unos pechos nutricios que desafían la ley de la gravedad. Junto a ella, un niño con la palabra «peligro» dibujada en el rostro. El chico no para quieto ni un instante. Desconozco la razón por la que no está en el colegio a esas horas. Tal vez ha entrado en una iglesia por error y el contacto con lo sagrado le ha provocado sarpullidos y llagas. Sea lo que sea, no parece muy grave, porque no para de moverse a una velocidad que ya quisiera para sí el mismísimo Spiderman.

De pronto, una anciana se dirige a la pareja que acaba de sacar al bebé de la cuna para exclamar una frase laudatoria.

—¡Qué cosa más bonita!

Por unos momentos, mis ojos abandonan la contemplación de la morena y mi atención se concentra en un bebé arrugado y horripilante que su mami sostiene en brazos. Confieso que ni siquiera Falete en bañador me produce más rechazo.

—Gracias —responde la madre con tono de agradecimiento.

El hijo del Diablo pone cara de póker al escuchar el piropo de la mujer y suelta una frase impagable que suena como el cañonazo de un barco.

—Pero si es muy feo.

La morenaza le echa una mirada asesina que me recuerda a mi madre en el preciso instante en el que fijaba su vista en nosotros para tirarnos la zapatilla. Ese calzado que ella dominaba como un bumerán y que siempre impactaba en algún punto de nuestras cabezas. Y es que, donde ponía el ojo, ponía la mala leche cuando se enfadaba por alguna de nuestras travesuras.

—¿Qué es un recién nacido? —pregunta la pizpireta anciana.

La madre, que, como buena rusa, tiene la misma simpatía que un cactus en el desierto, se limita a sonreír, pero no responde, porque para esto tenemos al niño de la morena.

—Con lo feo que es, en vez de recién nacido parece un recién fallecido.

La madre le da un pescozón, pero yo no puedo evitarlo y suelto una carcajada.

—Sí, tú anímalo y verás adónde termina la cosa —me dice entre risas la lozana andaluza.

Pero ya es tarde. El niño ha contactado visualmente conmigo. Ha encontrado un aliado. Los dos nos reconocemos. Los dos catalogamos al bebé como ser horripilante. Los dos no paramos de reír. No importan los años. No importa que seamos de generaciones diferentes. Solo somos dos individuos que han conectado. De haber nacido en mi año, ese hijo de Satanás habría sido uno de mis mejores amigos.

—¿A que es muy feo? —susurra para no enfadar más a su madre.

—Más feo que toser con diarrea.

En ese momento, uno de los ancianos que es atendido por una de las farmacéuticas tiene un ataque de tos y Andresito, que así se llama el hijo puta, comienza a reír como un loco. Es una risa contagiosa. De esas que encienden faroles en el alma de los demás. Y lo digo porque todos los presentes en la farmacia, menos el anciano, cuya tos parece el cantar de una foca, estallan en carcajadas al escucharlo, mientras Andresito repite mi frase sin parar de reír.

—Más feo que toser con diarrea.

Y el bebé llora, y la pareja rusa no se entera de nada, y el anciano está a punto de morir por la tos, y nosotros, de la risa.

Cuando finalmente me llega el turno, compro la medicación para la tensión. Las risas se han apagado un poco y el niño me espera para chocarme la mano, mientras su madre, mujer que lleva la primavera escrita en la mirada y el sol en la piel, me guiña un ojo.

A veces basta encontrarse con una bella mujer y con un diablillo para volver a sacar al niño que todos llevamos dentro.

Sergio Calle Llorens