sábado, 6 de junio de 2026

¡P.S!

 


Contemplar el rostro de Leire Díaz, la famosa fontanera del PSOE y periodista en un universo paralelo, me produce una profunda inquietud. Esos gestos. Esa mirada perturbada. Esa manera de andar. Esa agenda que deja meridianamente claro que montó una red de acoso y derribo para proteger al ONE de los casos de corrupción que afectan personalmente a Pedro Sánchez. Perdonen la reiteración. 

A veces me pregunto en qué sección del averno estructural hace la secta del capullo el casting para reclutar a estos demonios.

A veces tengo miedo de conocer más detalles. Otras, en cambio, salto de alegría al ver cómo la UCO, responsable de la investigación, está llevando a medio Gobierno hacia la cárcel y al otro medio a las puertas de la imputación. De ahí las cloacas. De ahí la operación para acabar con jueces, periodistas y guardias civiles. De ahí los insultos de la sincronizada.

Leire se reunía con P.S., con la directora de la Benemérita, con ZP, pero el hijo de Gepetto no sabía nada de sus andanzas. Para Anticorrupción no hay duda: la operación estaba destinada a proteger a la familia del presidente. El caso Sánchez deja al Watergate en peccata minuta.

Una historia así no sería aceptada ni por Sherlock Holmes, que, al comprobar la identidad secreta tras la que se esconde P.S., concluiría que el personaje ni siquiera merece levantar la pipa.

Sin embargo, para la sincronizada que siempre defiende al Gobierno, todo tiene una explicación alternativa. O es un montaje. O, peor aún, el resultado del odio de la fachosfera. Para esta gente, P.S. puede ser cualquiera.

Paca Saltarina para Javier Ruiz.

Patricio Sentado para Sarah Santaolalla.

Porfirio Salchicha para Gonzalo Miró.

En verdad, estamos a un paso de que alguien diga en Televisión Española que las reuniones de la descacharrante Leire con P.S. corresponden a las siglas de «Picha Submarina». Total, esta gente es así.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 3 de junio de 2026

¡EL PAPA, SÁNCHEZ Y LAS CLOACAS!

 


Recientemente se reunieron en el Vaticano Su Santidad, el papa Minino XIV, y Su Sanchidad de España, Pedro II el Cruel. El primero sigue sin abrir la boca ante las matanzas de cristianos en África. El segundo continúa sin felicitar las fiestas a los católicos mientras no se cansa de hacerlo por Ramadán con los musulmanes.

Como ven, ninguno pone la otra mejilla, aunque ambos tienen más cara que espalda. A tenor de los escándalos de corrupción que cercan a miembros de su partido, no sería de extrañar que el Vaticano terminase organizando una segunda ruta de escape para socialistas atribulados, como ya hizo con los nazis tras la Segunda Guerra Mundial.

Que el premier español, según la UCO, aparezca señalado como el vértice de una estructura política que hostigó a los guardias civiles encargados de investigar la supuesta corrupción de su entorno familiar no parece motivo suficiente para visitar España. Había ganas de verlo después del desprecio mostrado por el Paco Paco hacia nuestro país. Un cuervo de plumaje tan negro como el horizonte que se dibuja para los de la Rosa Nostra.

Pero la verdadera imagen de estos días no está en Roma. Está en las cloacas.

Porque si todo era producto de la máquina del fango, si todo era una conspiración de la fachosfera y de la derecha mediática, ¿por qué hubo necesidad de descender al alcantarillado? ¿Por qué mover tapas, remover aguas negras y organizar operaciones destinadas a desacreditar a quienes investigaban los casos que afectan al entorno presidencial?

La reunión con el pontífice romano duró apenas unos minutos. La de Leire Díez, tras la imputación de la hija del proxeneta, se prolongó durante días. Y esa diferencia de tiempo resulta mucho más reveladora que cualquier fotografía protocolaria.

Cinco días de reflexión. Ciento veinte horas. Siete mil doscientos minutos.

Mientras artistas, músicos, comunicadores y demás fieles del sanchismo suplicaban entre lágrimas un «Pedro, no te vayas», el silencio de los despachos parecía estar ocupado en tareas mucho menos sentimentales. Hoy sabemos que aquellas jornadas tuvieron bastante menos de meditación y bastante más de estrategia.

Y, sin embargo, quienes entonces inundaban las redes y los platós con muestras de apoyo incondicional permanecen mudos. Ni una canción protesta. Ni un manifiesto. Ni un tuit indignado. Nada.

Silencio.

El mismo silencio que suele escucharse cuando alguien levanta la tapa de una cloaca.

Mientras tanto, las causas judiciales siguen avanzando y los nombres se acumulan alrededor del poder como barcos atraídos por un remolino. Unos ya están sentados en el banquillo. Otros esperan sentencia. Algunos siguen declarando. Y todos parecen navegar en la misma dirección.

Demasiadas corrientes para creer que se trata de simples coincidencias.

Ya solo falta que Víctor Manuel le componga una nueva oda a Su Sanchidad, como hizo en 1966 con Francisco Franco en la canción «Un gran hombre».

Así, queridos niños, se entiende mucho mejor por qué el dictador murió en la cama y la España de la transición en manos de un psicópata.

Sergio Calle Llorens

¡SPIDER-NOIR!

 


Hay series que entretienen, series que sorprenden y series que intentan parecer inteligentes. Spider-Noir pertenece a una categoría mucho más rara: la de las obras que poseen una personalidad propia desde el primer fotograma. La adaptación televisiva del personaje de Marvel no se limita a trasladar los cómics a la pantalla; los utiliza como punto de partida para construir una declaración de amor al cine negro clásico, a las novelas pulp y a esa Nueva York imaginaria donde la lluvia parece caer incluso cuando no llueve. La decisión de permitir al espectador elegir entre la versión en color y la versión en blanco y negro es una genialidad. Sí, ambas funcionan, pero no resulta extraño que muchos espectadores prefieran la experiencia monocromática. Vista así, la serie parece escapada de una película perdida entre los fantasmas de El tercer hombre y las novelas de Raymond Chandler. Las sombras adquieren peso físico, el humo de los cigarrillos se convierte en parte de la escenografía y cada callejón parece esconder una traición.

Nicolas Cage ofrece probablemente una de las interpretaciones más inspiradas de toda su carrera reciente. No interpreta simplemente a un superhéroe envejecido; interpreta a un hombre derrotado por el tiempo, por los errores y por los recuerdos. Su Ben Reilly camina por la ciudad como uno de aquellos detectives privados de la literatura hard boiled que sabían que el caso estaba perdido antes incluso de comenzarlo. Cage entiende perfectamente que Spider-Noir no trata tanto sobre lanzar telarañas como sobre cargar con cicatrices. A su alrededor encontramos un reparto extraordinario. Lamorne Morris, en el papel del periodista Robbie Robertson, está sencillamente magnífico; aporta humanidad, inteligencia y una presencia que roba escenas sin esfuerzo. Li Jun Li convierte a su cantante de club nocturno en una figura magnética, una de esas mujeres que parecen haber salido directamente de una novela de los cincuenta, donde cada sonrisa oculta un secreto y cada mirada contiene una amenaza. Abraham Popoola, Brendan Gleeson y el resto del reparto construyen una galería de villanos, mafiosos y supervivientes que enriquecen constantemente el universo de la serie. No hay personajes de relleno. Todos parecen tener una historia detrás.

Lo más interesante para los lectores del cómic original es comprobar cómo la serie se atreve a separarse del material de partida. El Spider-Man Noir de Marvel era esencialmente Peter Parker trasladado a una realidad alternativa de los años treinta. Aquí, en cambio, los creadores toman riesgos y transforman la propuesta en algo más adulto y melancólico. La serie se acerca más a una novela detectivesca con ecos superheroicos que a una adaptación convencional de Marvel. Esa libertad creativa podría haber sido un desastre, pero termina siendo precisamente su mayor virtud. Spider-Noir no pretende copiar las viñetas; pretende capturar su alma. El resultado es una de las aproximaciones más elegantes y atmosféricas que se han hecho jamás al universo arácnido. Como habría escrito Chandler, las calles están llenas de sombras, los hombres llevan demasiados secretos encima y nadie es exactamente quien dice ser. En medio de toda esa oscuridad camina Nicolas Cage con sombrero, gabardina y una máscara que parece esconder mucho más que una identidad. Y durante ocho episodios uno tiene la sensación de estar contemplando no una serie de superhéroes, sino un sueño febril en blanco y negro del que no quiere despertar.

Sergio Calle Llorens