SECRETOS DE DEFENSA

Caminaba despacio por las viejas calles del barrio de las letras de Madrid. Un lugar al que siempre me gusta volver cuando estoy en la capital del Reino. Tengo la sensación de reencontrarme con los fantasmas de Quevedo o Góngora cuando deambulo por los rincones de aquel mágico lugar. Me gusta escuchar el sonido de mis zapatos bien lustrados en el pavimento, y sin más compañía que mis pensamientos. Confieso que adentrarme en esas calles equivale tanto como a hacerlo en un viejo cementerio, que en mi caso, es algo habitual. Dos de mis camposantos favoritos son el de Glasnevin en Dublin, y el cementerio inglés de Málaga. Lugares dotados de un encanto especial donde los muertos parecen disfrutar de una paz merecida. Sin embargo, aquel día de junio del presente año, no había ido al barrio de mis amores a hablar de muertos, sino de vivos. Y más concretamente de un informe del Ministerio de Defensa denominado “Estrategia Española de Seguridad- ESS-“ que amablemente me iba a presentar un ex agente de los servicios de inteligencia con el que he vivido algunas correrías. Como había arribado con tiempo para la cita, caminé junto a la casa de Lope de Vega y la calle donde vivió mi admirado Francisco de Quevedo, pudiendo ver, al fondo, el muro de ladrillo del convento de las Trinitarias, lugar en el que está enterrado Miguel de Cervantes. Pasajes donde se paseaban el Capitán Contreras, al que Alatriste debe mucho, y el joven Calderón de la Barca. No lejos de allí, me recreé en la iglesia de San Sebastián, monumento nacional, donde se bautizó Ramón de la Cruz y se casaron Larra, Bécquer y Zorrilla. Sorprendentemente, una fuerza extraña me empuja a hacer siempre el mismo recorrido, pasando por la calle Huertas y la Plaza Matutes donde tenía la sede el periódico El Imparcial. Entonces me dí cuenta de que el tiempo se me resbalaba entre las manos de forma acelerada. Era hora de acudir a mi cita en el Restaurante Quevedo.



El viejo león me tendió el informe y yo comencé a beberme las palabras escritas en él, con casi tanta devoción que el caldo Ánima Negra natural de Mallorca. El documento dedica casi más espacio a la descripción de los escenarios exteriores de España que a su seguridad. Pronto, mi fuente comenzó a disfrutar al verme moverme inquieto en mi silla. Y es que me llamó la atención que se mencionen nuestras relaciones con Iberoamérica, la UE y los EEUU, pero que no se cite a Marruecos, sino a “la vecindad del sur”. Lo comentó en voz alta, justo en el momento en el que llegaron los pinchos. El ex agente, me replicó señalando al ex Ministro Moratinos y a su sucesora, personajes que nunca serían invitados a un congreso de Mentes Brillantes. Seguí leyendo para comprobar que se hace hincapié en el hecho de que las dos guerras están relacionadas con la escasez de organizaciones internacionales a principios del siglo XX frente a la red tejida después de 1945. España, apunta la memoria de defensa, es miembro de organizaciones poderosas como la OTAN o la UE, pero si la amenaza viene del vecino del sur, nadie combatirá a nuestro lado. Tal y como ocurre en el tema de la inmigración o en la lucha contra la delincuencia organizada que trafica con drogas, armas y seres humanos. Una advertencia que está de actualidad estos días en ciudades como Ceuta, adonde arriban cientos de inmigrantes ante la pasividad de Marruecos. Continué mi lectura del documento oficial que el cambio climático o el envejecimiento de la población no se consideren un riesgo, usando en todo momento un lenguaje pueril más propio de una ONG que de expertos en la defensa nacional. Todo son alusiones a la red de compromisos multilaterales como factor clave para la seguridad internacional, pero deja atrás nuestra respuesta al enemigo del sur, y a las mafias criminales. En definitiva, el informe sobre la defensa nacional pasa de puntillas por la situación del Sahara occidental en la que además omite la culpabilidad de España en el sufrimiento que padecen sus nacionales. Se apuesta por una “solución negociada, justa y definitiva a la cuestión de ese territorio”. Leía a sotto voce , y el ex agente de los servicios de inteligencia me miraba divertido mientras yo ponía cara de póker. Me apuntó a que es ciertamente patética la postura española en el contencioso. Le recordé entonces la contundencia con la que España pide “una solución justa y duradera entre Israel y un Estado Palestino”, que contrasta con la posición patria relacionada con nuestra ex colonia. En definitiva, los lumbreras que dirigen la seguridad nacional se muestran contundentes en Oriente Medio y en Afganistán, pero olvidan señalar si quiera al Sahara estando tan cerca de nuestras Canarias. El informe es un despropósito, un insulto a la inteligencia de los españoles. A fin de cuentas el dossier debía profundizar, y no lo hace, en la creación de un verdadero Consejo de Seguridad Nacional. Un consejo que deberá ser puesto en marcha por aquellos que ganen las próximas elecciones y que supere los conocidos gabinetes de crisis. Pero para llevar a cabo ese cambio, hemos de esperar a que el gobierno agonizante de Zapatero salga para siempre de nuestras vidas, para adentrarse en el peligroso desfiladero de la crítica histórica. Sí, pensaba en ello mientras mi fuente me bombardeaba con datos y opiniones sobre el peligro que acecha a España. Recuerdo que salí de aquel coqueto restaurante sabiendo que de producirse un escenario real de conflicto armado con el impresentable vecino del sur, estaremos completamente solos. Con esa desazón, mis pasos se adentraron en el viejo barrio. Allí, detenido junto a la casa del genio, a mi mente llegaron sus versos:


Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.


Había llegado el crepúsculo y las sombras se alargaban en aquellas calles. En ese momento, supe que España era como fuegos de artificio que, luego, de estallar en la bóveda celestial, se apagan y se callan para siempre. Pero yo seguiré denunciando a estos impostores que nos llevan al desastre hasta que mis huesos den con los fríos muros del Convento de San Marcos.


Sergio Calle Llorens




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